Crónicas urbanas

La bañista de la Diana

Su primera actuación fue en teatros de Guadalajara; viajó a la Ciudad de México y se convirtió en bailarina, una de las últimas "vedettes" en una urbe donde agonizaba la vida nocturna.

Era el último año de los 70. La jovencita Sonia Villa Chaparro decidió salir de Zaragoza, Chihuahua, su pueblo natal, y enfiló hacia Guadalajara, Jalisco, con la idea de ser “artista”, ilusión que tenía desde los seis años; entonces recaló en un teatro de revista y de ahí se extendió hacia la Ciudad de México, donde formaría parte de la última generación de bailarinas que le dio lustre a la noche.

Tenía 16 años.

Ahí nació Doris Pavel.

Ese fue el nombre artístico que le asignaron en un teatro de la capital jalisciense, donde supo que el productor Tito Mena, ya fallecido, necesitaba una bailarina; era obvio que ella carecía de experiencia, a pesar de su aspiración, y estuvo a punto de ser rechazada, pero el comediante José Natera necesitaba una ayudante, recuerda, y entonces la adolescente se quedó de sketchista.

Y logró que su nombre relumbrara en las marquesinas cuando alternó con el Enano Tuntún, Chabelo y Vitola, entre otros cómicos, y así daría sus primeros pasos en lo que siempre quiso desde niña y la obsesionó el la adolescencia.

De ahí brincó al Distrito Federal, directa a la Carpa México, con la obra de teatro Chin chin el teporocho, dirigida por Gabriel Retes y producida por Salvador Varela, con actuaciones de Roberto Flaco Guzmán y Tina Romero; años más tarde actuó en la obra La Pulquería, con los comediantes Rafael Inclán y Chóforo, para después actuar con Luis de Alba.

Casi 20 años estuvo en teatros de revista, que incluyó actuaciones con Irma Serrano, La Tigresa, en el Fru Fru, sobre la calle de Donceles, de donde brincó al Vizcaínas, no muy lejos de ahí, donde actuó en la obra Éxtasis, ya por última vez.

Y saltó al vedetismo.

Uno de los primeros lugares donde empieza como vedette se llamaba La Ronda, en la calle de Hamburgo, Zona Rosa; cantaba y danzaba con bailarines. En sus presentaciones la anunciaban como La bañista de la Diana cazadora.

Sobre el origen de ese alias contará la historia, misma que se tejió al pie del monumento que se alza en Paseo de la Reforma, entre Misisipi y Sevilla.

***

Doris Pavel vive con su hija y una nieta en el municipio mexiquense de Tecámac, aunque tiene un departamento en la colonia Guerrero, Ciudad de México, ahora prestado a un pariente. Viaja mucho a la capital, ya que es afiliada de la Asociación Nacional de Actores (Anda), y tiene que asistir a las asambleas.

Es amable y risueña.

Pregunta si la entrevista —también para televisión— puede ser así como está vestida, de mezclilla, o con un vestido de la época; se le sugiere que sea esta última opción, de modo que sube a cambiarse; después de un rato, algo así como 20 minutos, baja las escaleras con tiento, ya que las zapatillas son de tacón delgado y alto, mientras que el vestido, corto, es pegado al cuerpo y escotado.

Toma asiento.

Cruza las piernas.

Deslumbra.

—¿Por qué La bañista…?

—Bueno, sucede que en una ocasión, verano del 84, me dio mucho calor —yo vivía en Río Rhin y Nazas, colonia Cuauhtémoc, fueron muchos años— y andaba yo en mi bicicleta, haciendo ejercicio, pues me gustaba estar delgada, y de repente vi la fuente y dije, “ay, qué bonita, un chapuzón aquí sería maravilloso” y me empecé a quitar un poco mi blusa, y cuando me di cuenta —sonríe— ya estaba rodeada de periodistas, no sé por qué.

—¿Pero no los convocó?

—No. Llegaron solitos, alguien les avisó.

—Y la gente…

—Se empezó a amontonar, los carros se pararon, y ya cuando me di cuenta estaba rodeada de muchísima gente, carros en pleno Reforma y Misisipi; el policía nomás se me quedaba mirando, creo que también aplaudía; por cierto, creo que al día siguiente ya no trabajaba ahí.

—¿Y luego qué pasó?

—Cuando venían las sirenas, la policía y todo eso, me perdí rápidamente, me perdí en la colonia Cuauhtémoc y me fui a mi casa, pues vivía cerca de ahí, y al día siguiente salió la publicidad, y a raíz de eso me empezaron a contratar en centros nocturnos, ya como vedette, claro, y tuve que tomar clases de canto…

***

—¿Cuál es el primer centro nocturno donde trabaja?

—Me llaman del Cordial, un lugar muy bonito que estaba  en la calle de Madrid; después fui a La Ronda y Las Fabulosas, Tramonto, a muchos lugares,  y viajé en toda la República.

—¿Desaparecieron los centros nocturnos?

—Totalmente.

—¿Cuántos había?

—En los 80 había como 270 lugares de variedad.

—¿Cómo era la vida nocturna?

—Pues muy respetuosa; además, la gente te iba a ver con mucha, cómo te diría, con mucha admiración, o sea, iban a ver tu espectáculo, en parejas, la gente entraba muy elegante, bien vestida, todos, hombres y mujeres.

—¿En El Azteca terminó el vedetismo? —se le pregunta en referencia al antro que estaba sobre el Eje Central Lázaro Cárdenas, mismo que se convertiría en table dance y que hace pocos años fue clausurado como tal.

—Para mí, sí, no sé si alguien siga trabajando; el Azteca fue una empresa maravillosa, pero se acabó.

—¿Los sustituye el table dance?

—Sí, totalmente, poco a poco fue desapareciendo lo que es la música en vivo, por un… pues, por un sonido, un disco; ya no tenías a 10, 12 músicos acompañándote con los instrumentos, no, ya tenías que ir a cantar con una pista y que te la pusiera el diyei; obviamente las chicas de table bailaban con música grabada.

—Se acabó el glamour.

—Terminó, sí, porque ya era otro tipo de cosas lo que ofrecían ellas, y, pues…, no se le puede llamar espectáculo, con todo respeto, porque el espectáculo es donde entran bailarines, música en vivo, vestuario, producción; ellas hacen otro tipo de show.

—¿Añora aquellos tiempos?

—Pues todo pasa y la verdad fue muy bonito, pero creo que hay que saber retirarse a tiempo.

Todavía recuerda Doris Pavel cuando en el Azteca, en la transición de centros nocturnos al table dance, mientras salía una noche a la pista, un joven parroquiano se refirió a su atuendo como “rebozo con plumas de gallina”.

Eran los estertores.

Y aquí está Sonia Villa Chaparro, conocida como Doris Pavel, ya retirada del ambiente artístico, que también participó en el auge de las fotonovelas —hacía dos por día— labor que tuvo un final parecido al vedetismo.