Crónicas urbanas

Una banda de policías

De enero a octubre el número de robo a transporte de mercancía ascendió a 221, según estadísticas, sin mencionar las pérdidas económicas ocasionadas. Los asaltantes se identificaban como agentes federales.

Las autoridades percibieron que el número de robo a transportista, así clasificado oficialmente, se había incrementado en la delegación Cuajimalpa, donde a partir de julio hubo ocho denuncias seguidas. Este fenómeno los inquietó.

Dicha cifra, agregada a ese tipo de infracciones en el Distrito Federal, ascendía a 221 casos, todos  ocurridos durante los primeros diez meses de este año, sin incluir el monto económico. Esta vez el golpe fue contra el sector abarrotero.  

La diferencia con el resto de los atracos, sin embargo, es que éstos los realizaba una banda cuyo líder y cómplices se presentaban como policías federales, pues mostraban supuestas credenciales y usaban un lenguaje típico de ciertos integrantes de corporaciones policiacas. Pero sus similares se pusieron en guardia.

—Qué pasó, parejita… — dijeron aquéllos.

 Y éstos desoyeron la familiaridad.

Y aquéllos untaron más cebo:

—Hágannos el paro. 

Eran demasiados asaltos, según la acumulación de averiguaciones previas, como para que policías preventivos y agentes de Investigación dejaran pasar la oportunidad de colgarse las medallas de una aprehensión múltiple.

Por eso la complicidad —además de que se decretaría un operativo— no tendría cabida con un delito del que muchos comercios, en especial tianguis, se alimentan, pues compran y venden diversos artículos que fueron obtenidos de manera ilícita.

Los delincuentes tienen como modus operandi —así lo precisaba un informe de la Procuraduría General de Justicia del DF— “interceptar  vehículos de transportistas con vehículos donde sus ocupantes se identifican con insignias de policía y solicitan a los conductores que se detengan en la carretera para una revisión y al detener la marcha son amagados y pasados a los vehículos de los probables responsables para posteriormente dejarlos en la delegación Coyoacán…”.

La operación tenía que ser coordinada entre policías de Investigación  y de la Secretaría de Seguridad Pública, por lo que integrantes de ambas corporaciones acordaron emprender un operativo desde la madrugada hasta el mediodía.

La estrategia incluía realizar recorridos por la carretera México-Toluca, así como  algunos puntos fijos, donde  se había detectado el aumento de ese delito.   

***

Ese  17 de octubre, a las 10:30,  mientras el convoy policiaco circulaba por la carretera federal México-Toluca, a la altura del kilómetro 20, mejor conocido como Puente Ancona, el chofer de una camioneta blanca les hizo señas y gritó que atrás venía un vehículo cuyos ocupantes pretendían robarlos.    

Los policías observaron que se trataba de un Lincoln, también color blanco, escoltado por una camioneta tipo Durango, gris,  cuyos conductores metieron el acelerador y enfilaron hacia Toluca en el momento que percibieron la presencia policiaca.

Los policías también aceleraron y pudieron alcanzar al primer vehículo entre las avenidas Veracruz y Coahuila, colonia Cuajimalpa Centro.

Una voz salió de la ventanilla:

—¿Qué pasó, parejita?           

El policía preventivo no hizo caso y sometió al conductor, mientras los agentes de Investigación aceleraban tras la Durango, misma que fue atajada en Manzana 25 Bis, de la calle Mayas, colonia Ajusco, delegación Coyoacán.

Los tres investigadores escudriñaban el vehículo cuando notaron que del mismo saltaban dos individuos, quienes se metieron a un domicilio, hasta donde quisieron llegar, pero toparon con un grupo mujeres que les exigió “largarse”.

Y en eso estaban cuando el comandante observó que un individuo de tez blanca, complexión robusta, saltaba de una azotea a otra. Entre sus manos llevaba una bolsa negra de plástico.

Los agentes realizaron un rondín en las inmediaciones, en busca del presunto,  y un poco más tarde observaron que en la calle Rey Ixtlixochitl, casi esquina con Mayas, caminaba el mismo individuo, quien al verlos comenzó  a correr, pero uno de los investigadores lo alcanzó.

—Soy policía —dijo.

Y mostró una insignia de Policía Federal, la 00R03532, que había sacado de la bolsa negra que llevaba en la mano izquierda.

Y agregó: 

—Háganme el paro.

Enseguida le confiscaron la bolsa, pues vieron asomarse el cañón de una pistola con las leyendas Crosman Arms Co. Tarjeg Mark I, Target, calibre .22 PELHUN, con cachas de madera, así como 20 teléfonos celulares, dos cartuchos útiles, calibre .45, un cargador para calibre .45, abastecido con seis cartuchos y otros de calibre .380.

—Háganme el paro —insistió. 

Pero no le hicieron caso y desembuchó: la bolsa se la había entregado una pariente, según el reporte policiaco, “para desafanar del pedo a su tío, que se dedica a robar vehículos de carga, ostentándose como policía, y que en ese domicilio, del que había salido, guardan mercancía robada, y que los teléfonos los iba a tirar, ya que son de algunos choferes de los que han robado…”.

Más tarde también serían atrapados Amalio, Manuel, Eufemio y Cristian, de 45, 37, 54 y 24 años, los tres primeros con domicilio en Iztapalapa y este último en Tlalpan. Pero faltaban otros más de la banda.

Eran los mismos que habían atracado a un chofer y su ayudante —que también fueron despojados de una camioneta con mercancía—, procedentes de Tabasco, aquella madrugada, casi al amanecer, después de que les bloquearan el paso y escucharan:

—¡No se quieran pasar de listos y no se muevan, porque esto ya valió madres; agáchense y no levanten la cara, cabrones!

***

Los tabasqueños viajaban en una camioneta, sobre la carretera México-Toluca, con dirección a la zona industrial de la capital mexiquense.

Recuerdan que había muchos edificios. De pronto vieron cómo se les aproximaba una camioneta grande, color blanco, cuyo conductor ordenó que frenaran, ya que eran policías, dijo,  y tenían que hacer una revisión de rutina.

Dos de ellos bajaron de la camioneta blanca, mientras de la gris descendían otros dos, todos con pistolas al cinto, al mismo tiempo que mostraban supuestas credenciales de policías federales y preguntaban sobre el tipo de mercancía que traían.

El chofer respondió que no sabía. Esto molestó a los de la camioneta gris y los subieron a empujones. Les ordenaron no levantar la cara. El vehículo de los tabasqueños fue abordado por otro de los delincuentes.

Y aceleraron. 

Los trajeron a bordo, siempre bocabajo, más o menos dos horas. Robaron sus carteras, donde traían 500 pesos, y a uno de ellos también le sacaron su credencia de elector y licencia
de manejo.

De repente frenaron.

“No levanten la cara”, ordenó uno de los delincuentes, mientras un cómplice pidió que bajaran y avanzaran en sentido contrario, sin voltear.

Caminaron  unos cinco minutos en una zona desconocida para ellos y  preguntaron a una persona sobre su ubicación. Les dijo que estaban cerca del estadio Azteca. La misma persona les regaló unas monedas para que hablaran por teléfono. El chofer se comunicó con el patrón, quien les depositó dinero en el banco.

Y regresaron a casa.

Con miedo.