Crónicas urbanas

La avenida Juárez se viste de música

Pasó mucho tiempo, después de los sismos de 1985, para que una de las vías más importantes de México volviera a relucir: ahora lo hace con ritmos como blues, rock, jazz, pop y voces operísticas.


En el fondo,  del otro lado del Eje Central Lázaro Cárdenas, antes San Juan de Letrán, todavía se percibe la Torre Latinoamericana, antigua centinela, pero casi nada de lo que había antes de los sismos del 19 de septiembre de 1985; la vista, desde Juárez y Balderas, donde relució el devastado edificio H. Steel y su relojote, que marcó la hora de la tragedia, y la tienda Salinas y Rocha; y en la esquina contraria, estaba El Capri, ícono de aquella vida nocturna, donde presentaron su show  vedettes de la época, como las argentinas Thelma Tixou, Wanda Seux y Zulma Faiad, y Nora Escudero, a quien anunciaban en la XEW, la emisora, como “las piernas del millón”.

En esa zona, que sería de desastre, también se alzaba el Hotel del Prado, en cuyo vestíbulo todo el que entraba podía ver el mural “Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central”, de Diego Rivera, que después sería trasladado a un edificio cercano, construido para ese propósito; y también estaba el cine de arte Regis, con el hotel del mismo nombre; y más allá la librería El Sótano, en un subterráneo, que lograría renacer metros adelante, cerca de la Hermanos Porrúa, también clásica.

Y aunque traqueteados, de lo poquísimo que sobreviviría de aquel ruinoso escenario, producto de dos sismos y sus réplicas, serían la Alameda Central, concluida su remodelación total en los últimos días de la administración de Marcelo Ebrard; igual, se salvarían el establecimiento Foto Regis y el Hotel Bámer, ahora mismo con nueva forma y matiz níveo, y solo quedaron cascarones de los cines Variedades y Alameda, cuyos escombros tardaron años en ser removidos.

La recuperación ha sido pausada,  a tal grado que falta por reconstruir el inmueble marcado con el número 56, que parece un monumento al abandono. La estructura es de un edificio antiguo, vecino de la Librería Porrúa.

Quedan en la memoria los años de inercia, con imágenes de penumbras y claroscuros, que se extendían hacia el resto del centro.

Hubo proyectos de inversionistas que recularon. Bajo los escombros quedaba una época, en especial un estilo de vida nocturna, en la que relucieron bailarinas de exuberantes cuerpos, algunas de ellas caídas en desgracia.

Y de aquellos tiempos también quedó la canción “San Juan de Letrán”, de Sergio Esquivel, dedicada a esa otra representativa arteria, que pasa a los pies de la Torre Latinoamericana, en el horizonte de avenida Juárez, misma a la que Efraín Huerta dedicó un poema, que tituló con el mismo nombre.

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Y de pronto, en los últimos años, hubo un lapso en que se aceleró el brillo de avenida Juárez —sin faltar la presencia de menesterosos que deambulan y pernoctan en sus banquetas— con edificios gubernamentales, como el de la cancillería, hoteles, restaurantes y el aumento del barullo cotidiano de empleados, paseantes, saltimbanquis, merolicos y músicos, como nunca músicos profesionales que escogieron este escaparate donde viandantes aplauden, premian y felicitan.

—¿Y por qué aquí?

—Yo salí a las calles del Centro Histórico de la Ciudad de México —dice Rodolfo Cruz Villanueva— principalmente a tocar aquel verdadero blues, el blues estilo Chicago.

—¿Por qué  en la calle?

—Porque es la mejor escuela —explica, emocionada, efusiva,  risueña, Flora Amargo, cantante de pop—, porque es donde estás en contacto con la gente. Donde tienes al público cerca de ti. Porque te llenas de energía. Porque te llenas de vida. Porque siento que me unifico.

—¿Por qué la calle y no otro foro propicio para ustedes? —se pregunta a las mezzosopranos Laura y Érika.

—Básicamente por necesidad económica. No contamos con otro empleo —dice Laura— y es la forma para mantenernos económicamente.

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Y por aquí anda Street’s Blues, con su líder Rodolfo Cruz Villanueva en la armónica, quien tiene 25 años en el blues callejero.

—¿Desde cuándo están por acá?

—Ya tenemos trabajando en la calle un año. Un año seis meses.

—Puro blues.

—Sí, porque es lamentable que por ahí hay muchas bandas que confunden a la gente: tocan rock urbano y dicen que es blues. Entonces es uno de los propósitos: salir a la calle y tocar el blues estilo Chicago.

—No tienen nada de ustedes

—De momento no, porque no quiero privar a la gente de los extraordinarios covers clásicos que hay en el blues, clásicos, maravillosos.

—Y cómo los tratan aquí.

—En sus inicios había problemas con los botargueros; pero son problemas aislados. Con las autoridades, yo no puedo hablar mal. Se han portado estupendamente bien. Con los que tenemos problemas son, no sé de qué corporación sean, unos que traen una cachucha azul, que andan recogiendo a los vendedores ambulantes.

—Ustedes, finalmente, le dan brillo a la avenida.

—Definitivamente. Si tú te has dado cuenta, aquí en este corredor, aquí sobre la avenida Juárez, hay extraordinarios y talentosos músicos de todos los géneros, y es gente nada improvisada, gente muy profesional. Nosotros somos profesionales en esto. Yo tengo 60 años de edad, con 25 años en el blues y de promotor cultural.

Y ese profesionalismo es manifestado por Flor Amargo, egresada del Conservatorio Nacional de Música, quien canta y toca la guitarra acústica, acompañada de bongoes. Ha cantado con Julieta Venegas y Panteón Rococó, entre otros, y ahora deleita a viandantes, quienes aplauden y algunos se acercan a felicitarla.

—Te emociona que el público te aplauda.

—Me siento feliz, realmente agradecida, sobre todo con Dios y con la gente que se para y puede sentir lo que expreso en cada canción.

***

Y entre los cantantes que se desplazan sobre esta avenida, contrasta la presencia de las mezzosopranos Laura Carrasco y Érika Domínguez, estudiantes de historia y computación, quienes, discretas, practican el bel canto frente a un público que disfruta absorto. Tienen cinco meses de cantar en la calle.

—¿Y profesionalmente?

—A mí me gustaría —dice Laura— y creo que a ella también. Esa es la idea.

—¿Cómo las tratan?

—En realidad estamos muy agradecidas porque nos han tratado muy bien, han sido muy respetuosos. Nos han echado porras, nos han dado muchos ánimos  para seguir. Pensamos que no tendríamos mucha aceptación porque son cosas muy diferentes, pero siempre nos han tratado muy bien.

—¿Y económicamente?

—Realmente no nos podemos quejar.

—Nos va bien.

La nostalgia seguirá su curso y nos marchamos con la cadencia del saxofón alto de Jared Reséndiz —estudiante de la Escuela de Iniciación Artística de Bellas Artes, que tiene preferencias por el soul, el jazz y el funk—, quien saca a relucir su última improvisación de la noche.