Crónicas urbanas

Una abuela que busca desaparecidos

Le robaron a su nieta y la recuperó. Ahora dirige una asociación que ayuda a enfrentar ese problema. Ha hallado a más de mil 500 personas; pero, por cada caso que resuelve, llegan tres o cuatro más a pedir ayuda.


Hace 17 años le arrebataron a su nieta y se propuso hallarla, por lo que emprendió una afanosa búsqueda y días después, con ayuda oficial, logró quitársela a una mujer.

Desde entonces María Elena Solís dirige la Asociación Mexicana de Niños Robados y Desaparecidos, a través de la cual ha recuperado más de mil 500 niños y adultos; por cada caso resuelto, sin embargo, llegan tres o cuatro en busca de ayuda, lo que parece un cuento de nunca acabar, pero su ánimo no decae; al contrario, tiene suficiente energía y transmite regocijo.

—¿Y así surge la organización?

—Sí, a raíz del robo de mi nieta, y la asociación civil tiene que unirse con las autoridades y los medios de comunicación para obtener resultados positivos.

—Es como  la encuentran.

—Y no solo a mi nieta, sino a otros niños: a una de ocho meses y a otra de dos años que también se robaron.

— ¿Hasta cuándo va a estar al frente de la organización?

—Hasta que Dios me lo permita —añade sin titubear, tranquila—, tengo mi vida dedicada a esto.

Y sin embargo…

—En 2013 se encontraron varias jovencitas muertas —informa Elenita, como la llama  gente que deposita su esperanza en ella— y es algo que duele mucho, porque para nosotros es un caso de derrota, no un caso de triunfo.

Tal reconocimiento no demerita el trabajo de esta mujer, quien es consciente de que en su labor hay sinsabores y satisfacciones, y esto último se refleja en muros del inmueble que los alberga, donde muestran fotografías de personas halladas con vida, entre las que sobresalen niños y jóvenes.

Y a seguir la búsqueda.

***

En el domicilio de su organización, ubicada en División del Norte, número 2315, delegación Benito Juárez, transcurren los primeros días de diciembre y poco a poco comienzan a llegar familiares que esperan la recuperación de sus parientes.

Las colaboradoras de Elena, entre ellas  la nieta, que lleva su nombre, parecen no descansar, pues los casos se acumulan. Llegan uno tras otros. Varios son del Estado de México o de los límites con el Distrito Federal.

María Elena se llena de gusto  cuando sabe que ha llegado una abogada que acaba de terminar sus estudios y está dispuesta a darles asesoría. Pronto atiende un caso. Se lo plantea un matrimonio maduro y una joven, cuyo marido desapareció con la hija de esos señores que la acompañan.

El hombre y la mujer trabajaban en el ayuntamiento de Ecatepec, Estado de México. Ella era novia de un regidor. Pronto se iban a casar.

En los últimos días de diciembre los ausentes, compañeros de oficina, salieron a comprar implementos para los festejos  de Año Nuevo. Se dirigieron a pocas cuadras de ahí, pero ya no regresaron. En sus escritorios dejaron sus pertenencias.

Un caso más, entre otros, es el de un familiar de una mujer de tez morena, baja estatura, a quien no deja de temblarle el párpado derecho. Su hija era bailarina en un centro nocturno;  sospechan que pudo ser asesinada.

La compungida señora vive en el municipio de  Chimalhuacán, Estado de México, de donde también es  Eusebia Santiago Martínez y su hijo, José Pedro, de 24 años, que desapareció a finales de 2012.

—Él sale a trabajar a las cinco de la mañana —recuerda Eusebia—, yo misma me despido de él; él trabajaba en la Gustavo A. Madero, en seguridad privada, pero hasta la fecha no sé nada de él. Que si saben algo de él. O el que lo haya visto que me lo haga saber, que lo andamos buscando…

Y otros tantos casos aún no resueltos, provenientes de diferentes partes del país, son descritos en carteles, como el de la niña Diana Guadalupe Hernández Rosales, de 3 años, originaria de San Sebastián El Grande, Jalisco, quien, según la ficha, desapareció el 16 de julio de 2010, mientras su madre estaba en la sala de su casa, “peinando y maquillando a una chica para unas fotos de 15 años…”

Describe la siguiente línea:

“Mi niña estaba jugando ahí mismo y me pide un vaso con agua, se lo doy, se sienta a espaldas mías, en un sillón que se encontraba ahí. Fue la última vez que la vi…”

Llegan más mujeres. Una de ellas  llora. La consuela un funcionario de la Secretaría de Seguridad Pública del Distrito Federal, que visita y ayuda a su amiga María Elena.

En la parte final de los avisos de la Amnrdac, siglas de la asociación, siempre hay un letrero: “El peor dolor que pueda sufrir un ser humano es perder un hijo, tú puedes contribuir a regresar la sonrisa. Ayúdanos”.

***

Es el momento en que, finalmente, María Elena y algunos familiares de desaparecidos se dirijan a Ciudad Nezahualcóyotl, Estado de México, donde tienen una cita con un funcionario para revisar archivos fotográficos.

Y abordan una camioneta.

“Qué bonito es trabajar, y más cuando tienes resultados positivos”, comenta María Elena, mientras escucha música romántica y atraviesa zonas populares.

Elena va al volante.

Del sur de la Ciudad de México se dirige a la zona oriente. Llega por el lado de la delegación Iztapalapa, cerca de la Cabeza de Juárez,  y entra a Neza, por la avenida del mismo nombre, luego de cruzar avenida Texcoco, que es la frontera con el Distrito Federal.

Después gira el volante a la derecha, sobre avenida Chimalhuacán,  y llega a la colonia La Perla. Entra a una oficina cuyas puertas de cristal están cubiertas de carteles con fotos y datos de personas desaparecidas. María Elena  es conocida en varias dependencias oficiales, que incluyen servicios médicos forenses, hospitales y oficinas.

Entra al Módulo Odisea, así llamado  el programa para coadyuvar en la localización de personas extraviadas, y un funcionario le muestra álbumes fotográficos, mismos que son revisados por personas que la acompañan, entre las que está Juana Zavala, a quien por un momento su ansiedad la leva al llanto. Busca a hija Itzel.

 —Mi hija —relata— desapareció el 21 de agosto del 2013. La dejamos en la casa a las 3:30 de la tarde. Salimos su papá y yo a una junta. Regresamos a las 10:30 de la noche y ya no está. Empezamos a marcar al celular y nos manda directo a buzón. Ya no supimos nada de ella. Cuando salimos le preguntamos que adónde iba a ir, porque ya la dejamos maquillada, y ella dijo que se iba a ver con su novio,  Antonio, que nosotros no conocíamos, ahora ya lo conocemos, y él lo niega todo, niega haberse visto con ella.

Por este día, tarde ya, termina la búsqueda en archivos fotográficos en Neza, sin encontrar nada,  y se van con la esperanza de vislumbrar algún indicio en otra parte. Hoy no alcanzó el tiempo para visitar el Servicio Médico Forense de Ecatepec. Lo dejan para mañana.

Es cuando partirán hacia ese municipio, el más inseguro  del Estado de México y de los más peligrosos del país, donde el año pasado fue secuestrado un anciano, cuyos hijos, después de 30 días consecutivos de negociación,  dejaron de recibir más llamadas telefónicas de los delincuentes, quienes pedían una cantidad imposible para  poder dejar libre al padre, del que todavía no  saben nada.