Crónicas urbanas

Viaje a la fosa común

Los cadáveres no reclamados 72 horas después del deceso se consideran desconocidos en el DF. Ricardo Balderas se encarga de transportarlos al panteón. En los últimos siete años van más de 2 mil.

Es temprano. Los técnicos del Instituto de Ciencias Forenses del DF, sobre avenida Niños Héroes,  afinan detalles para el traslado de 31 cuerpos a la fosa común. Los cadáveres están en bolsas elaboradas con material biodegradable. Oscuro, tirándole a negro, es el matiz de los sacos, mismos que dentro de poco serán desplazados en camillas de acero hacia la rampa. En la  húmeda sala cunde un olor a carne fresca. Un leve hedorcillo golpea las fosas nasales. Los técnicos, embutidos en overoles blancos, están acostumbrados. Ni siquiera fruncen el ceño.

La infraestructura de frigoríficos está en la parte de atrás. Tres técnicos, con la ayuda de otros especialistas del Tribunal Superior de Justicia del DF, acomodan los sacos sobre planchas rodantes. Es una labor minuciosa. Aséptica.

Ricardo Balderas García, de 46 años, con siete como encargado de trasladar cadáveres no reclamados, tiempo durante el cual ha llevado cerca de 2 mil cuerpos, entra a la zona de refrigeración y recibe una lista con detalles; más tarde se dirigirá hacia el estacionamiento y abordará una Van blanca de carga.

El técnico en necropsias, que es el cargo de Balderas García, se pone al volante, prende las torretas de luces fluorescentes; avanza lentamente y sale a la calle, una cuchilla de la colonia Doctores, y conduce sobre avenida Niños Héroes; se abre el portón y entra, realiza maniobras en el patio y hace recular el vehículo, cuya cajuela queda al nivel de la rampa; desciende, abre las puertas y cruza palabras con dos compañeros.

—Ya están necropsiados —dice y revisa y lee las descripciones en una de las hojas que están encima de una tabla.

—¿Es la lista?

—Sí —explica—, entre cadáveres de adultos y fetitos, miembros pélvicos y torácicos. Son dos listas… Llevamos un total de 31 cuerpos que están en calidad de desconocidos…

—¿Y cómo llegan?

—Nos los manda la procuraduría y nosotros aquí los resguardamos hasta que aparece un familiar y hacemos el proceso de identificación.

—¿Y si no?

—Pues están en calidad de desconocidos; si no hubo ninguna persona que los viniera a reclamar, nos los llevamos a la fosa común. La liberación de los cadáveres las tiene que autorizar el Registro Civil y la Secretaría de Salud.

—Ninguna otra autoridad.

—No. Ellos dicen cuántos certificados de defunción van a liberar para ir descargando las cámaras de refrigeración. Y aquí están en sus bolsas individuales. De aquí nos vamos en el traslado de la ambulancia al panteón.

—¿Cuánto tiempo tardaron en las cámaras de refrigeración?

—Un lapso de alrededor de 20, 25 días.

—¿Ese es el límite?

—Pues sí, ahorita sí.

—¿Cuál es el perfil de los cadáveres desconocidos, cómo los traen?

—Pues unos en estado de putrefacción, otros vienen atropellados, otros ahorcados, asfixiados, con heridas punzocortantes, baleados.

—¿Cada cuándo hacen un viaje de este tipo?

—Pues nosotros lo hacemos casi cada ocho días; descansamos, por decir así, un sábado, y otra vez, agarramos cuatro sábados seguidos y luego tres; varía.

—¿Y cuántos se llevan, más o menos?

—Aquí los cadáveres son traídos diario. Los de la procu son los que los traen. Nosotros hemos llevado de uno a 26 cadáveres, máximo; ahorita van un total de 31, porque necesitaban liberarlos.

***

Y comienzan a embutir los sacos.

Es necesario que dos técnicos ingresen a la camioneta por la parte de atrás, mientras Ricardo mete medio cuerpo por la cabina y jala algunas bolsas, de modo que la parte posterior quede más o menos despejada.

Termina la operación, después de varios minutos, Balderas García se coloca tras el volante y sale despacio, cruza la calle, gira, siempre parsimonioso, y enfila sobre avenida Chapultepec, con las torretas encendidas.

Lo más posible es que ningún automovilista sospeche que adentro de esa camioneta lleven un flete de cadáveres, excepto porque de vez en cuando expele un olorcillo que pronto se disipa en el aire.

Ricardo endereza el vehículo sobre avenida Constituyentes y kilómetros adelante gira hacia la derecha, en la entrada del Panteón Civil de Dolores,  donde empleados de la delegación Miguel Hidalgo solicitan documentos oficiales;  cruzan palabras y siguen la ruta por la orilla del predio, hasta llegar a una franja que contrasta con el resto del cementerio, pues inicia un terreno casi baldío, sin criptas adornadas, sino simples tumbas con sencillas cruces; y ya casi al final, cerca de una barranca, Ricardo frena, estaciona la camioneta cerca de un terreno plano, que antecede a esa parte donde enterraron los cadáveres de las personas masacradas en San Fernando, Tamaulipas.

Los técnicos inician su labor. Es decir, bajan los sacos y los depositan, uno a uno,  en una extensa fosa rectangular.

***

“Aquí llegamos a la etapa final, la fosa común; aquí es donde vienen a descansar los que llegan en calidad de desconocidos”, explica Ricardo Balderas García, un hombre que muestra respeto mientras realiza su labor. “Aquí es la etapa final. Es lo último que nos corresponde a nosotros, en lo que se refiere al Instituto de Ciencias Forenses”.

—Durante siete años cuántos cadáveres ha trasladado.

—Pues qué será… alrededor de unos 2 mil; la mayoría, adultos; menores, uno o dos; los fetitos, de cuatro, de tres, de dos, y lo que vienen siendo miembros pélvicos, torácicos y lo que mandan de los hospitales…

—Aquí trajeron a los de San Fernando.

—Habían traído a  82 de San Fernando, Tamaulipas, y en el Semefo sí reconocieron bastantitos; nos quedaron como 16, y a esos los trasladé a los Servicios Periciales del Estado de México, donde reconocieron a unos y mandaron otros para acá.

—¿Qué sentimiento le causa trasladar cadáveres?

—Pues… mire: agraciada y desgraciadamente es un trabajo que alguien tiene que hacer, y somos humanos, sentimos por las personas que se van en calidad de desconocidas, porque quién no quisiera tener una santa sepultura individual, ¿verdad?, pero desgraciadamente las circunstancias así lo exigen y pues tenemos que hacer nuestra labor como trabajadores y como seres humanos: venirles a dar una santa sepultura, pero no como ellos hubieran querido.