Crónicas urbanas

Tepito, la cura de los organillos

Uno de sus promotores, Gilberto Lázaro Gaona, dejó el oficio en manos de su familia, principalmente de Silvia Hernández, quien los administra y arregla en una vecindad de la calle Bartolomé de las Casas.

En una vecindad de la calle Bartolomé de las Casas, situada en el corazón de Tepito, todavía se oyen las notas de antiguas pianolas que llegaron a la ciudad hace más de 70 años, cuando el dueño, Gilberto Lázaro Gaona, estableció su negocio y un taller de reparación, cedido por Julia Loredo.

Y aunque el arribo de los primeros cilindros, procedentes de Alemania, tuvo su apogeo a partir de 1884, también padeció altibajos años después, ya que la importación fue suspendida debido al inicio de la Primera Guerra Mundial; más tarde se reiniciaría el lento retorno.

En el primer nivel del domicilio, cuyas escaleras se bifurcan como dos brazos hacia el horizonte, vive la señora Silvia Hernández Cortés, quien desde hace tres décadas administra y repara los organillos que heredó de su esposo, hijo de Lázaro Gaona.

La sala de su vivienda tiene el piso original y antiguos muebles bien pulidos; en un cuarto anexo está el taller y la bodega donde repara los órganos. Aquí es un remanso; afuera, la bulla del habitual comercio.

Entrar aquí es como retroceder en el tiempo: antiguas pianolas remiten a la época de oro del cine mexicano, por ejemplo; y más hacia atrás, imágenes de una ciudad que describieron escritores como Ángel de Campo, quien hablaba de las plazuelas y sus cilindreros.

La mujer pone y repone con pericia las partes que construye para los organillos, pocos, que conoce como las palmas de sus manos, cuyos dedos rebuscan en las entrañas de esos viejos aparatos de los que parece emanar nostalgia.

Sobre una mesa coloca una hilera de teclas, por cuyos orificios, clavija por clavija, encajará un extenso alambre y engarza lo que parece un costillar. A veces tarda hasta una hora en realizar esa labor.

“Un organillo se compone de 40 piezas”, explica, “entre silbatos, violines, bajos, flautines, clarines, cornetas, puntillas, teclas, teclado, rastrillera, cuchilla”.

Enseguida escruta la superficie de un rollo de madera, cuerpo del cilindro, sembrado de minúsculos picos de latón que, con pinzas de punta sobre una fresa, lima y sustituye de manera ágil.

Desvela y sonríe:

—Al cilindro de madera le dicen chayote porque está lleno de púas, que son las notas musicales.

Detalla, sin despegar la vista:

—En un extremo lleva las bielas, el sinfín, el engrane, la chumacera; en el exterior, la rastrilla, que sirve para levantar el teclado y cambiar la melodía.

Y para poder cambiar la melodía, doña Silvia Hernández —delgada, baja estatura—, introduce la mano derecha y levanta la cuchilla y la flecha.

***

Los organillos alemanes tienen ocho melodías, explica; en cambio otros, como los guatemaltecos, 10; los primeros, que en un inicio llegaron a México, ya son piezas de museo. Tiene cuatro en total. Pesan de 40 a 60 kilos.

Las pianolas germanas están relucientes, bien guardadas; incluso sobre los carritos originales. Pero pesan demasiado.

“Tienen cerca de un siglo”, explica la generosa mujer, quien permite husmear en su taller, al que todos los días llegan organilleros, pocos, a rentar los aparatos.

—¿Desde cuándo dejaron de funcionar?

—Desde hace 13 años; ya nadie los carga —responde, mientras gira la manivela de un antiguo organillo.

—No es solo cargar…

—No —revela mientras sostiene un aparato–, no es solo cargar, tienen que saber tocar; llevar el ritmo de la manivela.

—¿Reciben capacitación?

—Nada más se les enseña cómo lo deben tratar: no zangolotearlo y saberlos cargar; por eso tiene una guarnición, que es la correa y el zanco de madera. Si lo zangolotean, sacan de regla el teclado y separan el cilindro.

—¿Y usted cómo aprendió…?

—Viendo a mi esposo; a él no le gustaba que yo lo hiciera; pero cuando se enfermó, la necesidad me obligó.

La mujer adhiere un delgadísimo papel sobre el rollo y quedan marcadas las notas musicales. En el dibujo calcado incrusta puntillas.

—¿Cuántas canciones son?

—Las notas musicales, que se convierten en ocho canciones, suman entre 4 mil y 5 mil puntillas.

—¿Qué es lo que produce la música?

—Primero, el fuelle de madera, que tiene dos pulmones; luego, la caja secreta: los dos bajos se producen con dos mangueritas que van hacia la caja de viento —dice mientras zambulle sus dedos entre pliegues, costillares y tripas.

—Y surge la música.

—Sin aire no hay música —dice y da vuelta a la manivela mientras las teclas oprimen las barras que producen la melodía—. Yo a veces me siento a trabajar y cuando me doy cuenta ya son las dos o tres de la mañana.

***

—¿Todo empieza aquí en Tepito?

—Sí, aquí llegaron, los empezó a traer por medio de la casa Wagner.

—¿Y con cuántos organillos empezó el señor?

—El señor Gilberto empezó, tengo entendido, con 10, 15 y ya después como 200.

—¿Han disminuido?

—Un poquito, porque, en primera, ellos —dice de los organilleros— ya no quieren cargar, en segunda, porque la gente a veces los insulta y pues… yo les doy el trabajo a gente inclusive de la tercera edad.

—¿Qué se siente ser heredera de
una tradición?

—Pues lo único que siento es que se van a terminar y, después, ya, adiós tradición. Yo se los doy a la gente que ya no tiene trabajo en ningún lado.

—¿Y la competencia?

—Mucha, bastante; hay otros dueños y fabricantes. Sí, aquí en México, hay una persona que fabrica como dulces.

—Pero ustedes son los pioneros.

—Nosotros somos aquí los pioneros, desde que llegó este señor a Tepito; aquí y dentro de la República mexicana, don Gilberto Lázaro Gaona; ojalá y que valoren lo que es una tradición y que no traten mal a la gente…

En la mesa hay un disco grabado con organillo por Alberto Lázaro Gaona, el suegro de Silvia Hernández con algunos títulos de canciones como “Cielito lindo”, “Jesusita en Chihuahua”, “Club verde”, “La rielera”, “Cuatro milpas”, “Las golondrinas”.

Y aquí está Pedro, de 83 años,
uno de los organilleros más viejos, quien se echa al hombro 40 kilos, apalancados con un zanco, y camina hacia el Centro Histórico, donde empezó desde que frisaba los 25, aunque aclara que “ya no es lo mismo”.

—¿Por qué?

—La gente ya no nos protege como antes, pero la tradición sobrevive porque la señora trata de mantenerla —dice este hombre, mientras mira a través de sus lentes con fondo de botella y se echa encima la caja musical, que ha cargado durante 58 años.