Crónicas urbanas

Luchador, grafitero y restaurador

Struendo, personaje que nació el 8 de enero de 2000, es autor de una frase que lleva tatuada en su piel y que la difunde por todas partes en adhesivos: “No es buena suerte, es aferrarte”.

Practica la lucha libre, es grafitero y restaurador de bicicletas, medio de transporte que usa para llevar a su niña, además de conducir por la ciudad y observar los muros pasar, mientras medita en su próxima intervención y, si es posible, colocar alguna frase, de manera especial una que grabó en su memoria, y luego en su piel, después de llevarse las palmas del respetable una tarde.

Fue hace algunos años, cuando regresaba de una gira, que él recuerda como "gira grande", con un grupo de luchadores. Uno de ellos le comentó:

—Corriste con mucha suerte.

Struendo sonrió, sin conceder, y se llevó a casa el comentario, que no dejaba de revolotearle, pues no terminaba por aceptar el significado, y reflexionó: no, no corrí con mucha suerte, me aferré para hacer esa gira; no es buena suerte, es aferrarse.

Y a partir de entonces, recuerda, se convirtió en un clásico de sus letreros en la calle, que también dibuja en sus diseños de luchadores.

Incluso hay gente que le pide colocar stickers en su bicicleta, dice mientras muestra la parte izquierda de su tronco, donde le fue tatuada la frase en letra estilo palmer.

—Es ser realista.

—Sí, y ahora más.

—Y capacitarse.

—Sí, y hoy te puedo decir que justo en este momento, que mi hija de año y medio está conmigo, entiendo más esa frase: hay que ser constantes, estar vigente, a la vanguardia, porque si te quedas, te quedaste atrás.

Vivió su infancia y adolescencia en las colonias Romero Rubio y Moctezuma, que son vecinas, y otras cercanas a la terminal aérea; ahora radica en la Obrera, con su esposa y Frida, su hija, a la que transporta en una canastilla especial que ajusta en el cuadro de su bici.

Este luchador independiente, hiperactivo y alegre, trabaja en Rueda Libre, un taller de bicicletas situado en el número 138 de la calle Coahuila, una cuadra antes de Monterrey, colonia Roma, donde usa una colección de tubos de aerosol para colorear bicicletas.

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Struendo el luchador nació el 8 de enero de 2000, cuando tuvo su primera batalla en el Torneo Novato de Oro. En la lista había unos 30 participantes. Él, con 14 años, quedó en el lugar número 29, pero al año siguiente, en enero de 2001, fue "la revelación".

Fue en un torneo realizado por la Asociación Nacional de Luchadores, como era tradición, que apoyaba a jóvenes que entrenaban en gimnasios de esta capital, y se hacía en el Palacio de los Deportes durante la Feria de la Ciudad de México.

El joven vivía con su familia en las colonias Moctezuma y Romero Rubio, por lo que el citado lugar estaba próximo; el gimnasio Nuevo Jordán, donde entrenaba, también le quedaba a tiro de piedra de la estación Salto del Agua del Metro.

Su entereza, empujada por aquel triunfo, le abrió paso y saltó sobre cuadriláteros para alternar con figuras independientes y las del Consejo Mundial de Lucha Libre, del tamaño de Shu El Guerrero, Súper Muñeco, Virus y Villano IV, entre otras, que de por sí admiraba.

De ahí brincó a la Arena México, que le sirvió de plataforma, con el llamado grupo cibernético, dirigido por Guillermo Díaz y el Negro Casas, y a partir de ese momento cambió el rumbo, pues comenzó a presentarse ante multitudes, siempre de la mano del profe Díaz.

Había, sin embargo, un obstáculo: tenía 17 años, edad que limitaba sus aspiraciones, y por lo mismo carecía de licencia para trabajar; el nivel de entrenamiento, en cambio, era suficiente para liarse en la lona incluso contra sus ídolos, que había admirado de niño.

Fue un rápido ascenso del joven, en cuyo camino, cual ángel guardián, apareció el profe Guillermo Díaz, quien tenía bases sólidas de lucha olímpica y un estilo innovador, como lo calificara el propio Struendo, quien también se codearía con Ricky Marvin y Sangre Azteca, entre otros señores del pancracio.

Y si en la adolescencia su llave favorita era La Tapatía, ahora, como parte de lo que considera "una evolución", a los 30, es La Guillotina, que se planea desde la tercera cuerda.

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—Y también eras grafitero, ¿o lo dejaste?

—Fueron muchos años en los que llevé a cabo mi gusto por el grafiti, separado de la lucha libre; tenía esta pasión, muy aparte del ring; porque si no me tocaba luchar un sábado, pues salía a pintar mi nombre o a poner unos stickers. Eran dos personas diferentes. Hasta que en un momento el personaje tomó forma, incluso a caminar solo, ¿no?, y fue cuando se fusiona la pintura con las llaves.

—¿Y cómo fue eso?

—Pues hoy en día todos mis stickers, incluso las letras que hago, dicen Struendo. Hace muchos años me decían: "¿Ya viste que hay un cuate que pinta tu nombre en el grafiti?" Y, pues, soy yo —sonríe—, yo mismo, ¿no? O en el grafiti: "Oye, ¿ya viste que hay un luchador que se llama Struendo?" Pues sí, soy ese... Entonces fue como se modificaron ambas cosas.

—Y tu sueño se hizo realidad.

—Tengo momentos muy presentes: el hecho de estar en una arena con dos personas en especial, con dos luchadores, que son el Negro Casas y Shu el Guerrero; que después de verlos de niño y admirarlos, en un parpadear estaba con ellos en una esquina, eso... no tiene precio.

—¿De cuántos años es la diferencia de edad?

—La edad, por ejemplo, de mi padrino el Negro Casas, la neta, es... una diferencia grande; incluso el domingo luché con él y verlo trabajar, o sea, para mí es un orgullo ver a mi padrino luchar como si tuviera 25 años, ¿no?, o sea, él, su calidad de lucha...

—Mantiene el vigor.

—Él es un ejemplo para la lucha libre en México.

—Y de ahí brincas al oficio de restaurador...

—El grafiti empieza a evolucionar y comenzamos con el proyecto Rueda Libre, aquí en la colonia Roma, y me enfoco en la parte que sé hacer, que es la pintura, y es padre también que la gente te diga: "Me gustaría que mi bici fuera... de tal forma".

—¿Cómo ves esa tendencia del uso de la bici?

—Llevo cinco años de que la bicicleta es mi medio de transporte; primero te hace ser una persona saludable, te disminuye tiempo, no digo que el transporte público sea malo, pero es tardado, con una afluencia de gente enorme; a mí la bici me ha servido mucho, porque hasta en los trayectos que hago vas ideando, o incluso voy a un lugar y "ah, aquí vengo a pintar mañana"... La bicicleta te abre mucho la mente.

Y allá va en su bici, sobre la calle de Coahuila, rumbo a una estancia infantil de la Obrera, donde recogerá a su niña cuya imagen tiene tatuada en su brazo, igual que otras en diferentes partes del cuerpo, aunque la de ella, que bautizó como Frida, es la consentida.

Es el mismo que de niño admiró a grandes figuras de la lucha libre y que años después confrontó en cuadriláteros. Por eso, como reflexiona y difunde, "no es buena suerte, es aferrarte".