Crónicas urbanas

La Santa Muerte ya es adolescente

Es el altar más conocido de la “niña”. Fue erigido en 2001 por Enriqueta Romero, en su casa ubicada en Alfarería, entre Mineros y Panaderos, colonia Morelos, a la que concurren creyentes de todo el mundo.

Enriqueta Romero Romero, quien se acerca los 70 años, tiene la piel cobriza, el cabello negro y un mechón blanco que le adorna la frente; siempre está en guardia, pues a la menor provocación brota en ella su recio carácter; de pronto, sin embargo, su voz se torna suave, incluso hasta las lágrimas, pero es solo un instante.

Doña Queta, Quetita o Queta, como le dicen, tiene su altar a la Santa Muerte, “mi niña”, en el número 12 de la calle de Alfarería, entre Mineros y Panaderos, colonia Morelos, por donde, desde 2001, han desfilado ríos de creyentes, en especial los días primeros de cada mes, desde temprano hasta el amanecer.

La mujer une las manos contra su tórax y enseguida se besa los dedos de la derecha, para después frotar el cristal del nicho donde está una imagen de la Santa Muerte —ahora con un gorro azul de azafata—, colmada de flores y regalos, entre éstos unos avioncitos depositados a sus pies.

Enriqueta susurra:

—Mi niña.

Han pasado los años.

Y ya es adolescente.

***

—Vienen miles.

—Pensé que no había tanto devoto, pero mira cuánto hay, bendito sea Dios, y hay 4 mil, 5 mil altares, ¿le gusta?, alrededor hay muchísimos.

—¿Por qué la gente prefiere aquí?

—No, nadie prefiere aquí, la gente viene los días primero con los altares de su casa, porque dentro de su mente tienen idea que ellos, llegando aquí, agarran muchas bendiciones para sus imágenes; se van a sus casas y el día 2 hacen un rosario. Toda la gente que viene hace rosarios, misas en sus casas…

—Pero es la más famosa.

—Bueno, no es tanto que sea famosa…

—Popular…

—Tampoco, la gente tiene mucha fe, y cuando se para en este altar, se siente feliz, nada más; por qué, quién sabe, no sé qué sienten, sienten bonito ver a la madrecita; pero jamás te brinques a Dios, eh, jamás, Dios es todo en este mundo.

—¿Usted cree en Dios, primero?

—Escúchame lo que te digo: para mi es primero Dios; después, la corte celestial, mi niña hermosa, todo… Salgo y veo a mi flaca y le digo, “flaquita, ay, qué hermosa amaneciste, mi vieja linda, ira, ya te trajeron tamalitos, ya tiene un atole, o ya tiene un sope”; y le digo, “ira, tú ya estás desayunando, vieja, y yo apenas voy a desayunar”. Entonces todo eso es muy bonito.

—¿Cuál es la ofrenda más bonita que ha visto?

—Todas son bonitas, no hay nada mejor ni peor, todo es bonito: un dulce, un chicle, un chocolate, todo es bonito, porque es agradecimiento.

—Y viene gente de varias partes del mundo…

—Vienen a filmar, vienen a verla; hay veces que se para una camioneta blanca con un avioncito amarillo, viene del aeropuerto, y se baja una persona y dice: “Vengo de tal parte, qué cree, señora, la conozco por medio de la televisión”; y compra su veladora, la prende y dice: “Ahorita me voy rápido porque sale mi avión, nada más vine a dar gracias y me regreso”.

—A propósito, vemos que tiene ahí un vestuario...

—No, no, tiene su vestido azul, que se lo trajo una niña que trabaja en el aeropuerto y,  bueno, dije, “sí, es del aeropuerto y la niña es aeromoza”, le compré unos avioncitos porque la madre también anda en los aviones.

—Es interesante que venga todo tipo de gente.

—No, no es interesante, es fe, señor; el interés, el morbo y todo, es una cosa, pero la fe es otra, y aquí la gente viene por fe, no porque sea interesante.

—¿Cómo nace la idea de que cada mes se le hace una celebración?

—Porque haces con tu altar lo que tú quieras, hay gente que lo hace cada mes, cada seis meses, cada año, eso es personal, hay altares donde tres veces al mes dan rosarios, o sea, con tu altar haces lo que tú quieres y con el mío hago lo que yo quiera.

—¿Hay miles de altares…?

—Sí, en todas partes… En Dinamarca, si tú eres una persona que sabe, has de saber dónde es Dinamarca, verdad, y sabes dónde es Pensilvania… Pues de allá también me habla por teléfono la gente, que es tan devota de la Santa Muerte, y me dicen: “Quetita, ahorita está pasando en la televisión”. Digo: “Ay, Pensilvania, pues quién sabe dónde será”, y está mi madre vestida con un vestido blanco y de rojo; sí, mi niña, ese vestido lo tuvo en noviembre… ¿tú te imaginas qué es eso?

***

Los devotos que arriban se santifican, se hincan, rezan y compran veladoras, ya sea para prenderlas ahí mismo o para llevar.

Saludan a doña Enriqueta, quien corresponde con una reverencia o un beso o un abrazo, o todo al mismo tiempo, según la cercanía.

Por la calle pasa una señora.

—Quetita, adiós.

Ella responde:

—Adiós.

Un saludo que se repite.

Un día antes de cada mes, doña Queta sale a caminar en busca de tela para confeccionar el siguiente vestido que deberá estrenar “la niña”, como la llama, por lo que se interna en tiendas del Centro Histórico o se desplaza hacia La Merced.

—¿Cómo debe ser la tela?

—Debe tener una buena caída.

Doña Queta quiere dejar bien claro que en este santuario —donde está “mi señora hermosa”, “mi flaquita”, “mi niña”— se respetan las creencias religiosas, mismas  que confluyen en el mismo Dios.

—Perfecto —se apresura a ratificar—, esa es la palabra correcta, solo hay un Dios y una sola muerte, como tú me la pintes, nada más, una muerte, la que te va a llevar a ti y me va a llevar a mí,  porque tú naciste con la muerte, tú eres puro esqueleto, yo soy puro esqueleto, a mi quítame el pellejo y quedo un esqueletito, lo que es mi madre. Nada más que desgraciadamente estamos muy, muy...

—¿Prejuiciados?

—Ay, no, es la gente que juzga a lo tarugo; quién soy yo para juzgarte; si crees en esto, tú eres libre; cuando tú te mueras, todos tus pecados te los vas a chingar tú solito, porque yo no quiero la mitad… Lo que dicen de que soy satánica, que soy adoradora del diablo, que soy bruja, con eso me voy a morir, pero muy feliz.

—¿Usted le diría a esa gente que se ocupe de lo suyo?

—No, no, que diosito me las bendiga, porque su boca es su medida, tiempo al tiempo, solitas con su veneno se van a envenenar, pa’ qué me meto en lo que no me importa. Hay dos caminos en la vida: el bueno y el malo. Síguete metiéndote en todo. Pero qué crees: cuando te das cuenta tu casa se acabó, ahí tienes putas, rateros, vendedrogas, y dices: “Dios mío, qué hice, si yo tenía que estar bien en esta casa, pero por estar cuidando a todo el mundo, mi gente se me fue de las manos”.

Y aquí seguirá Enriqueta Romero, quien tiene como guardiana a “su niña”, la Santa Muerte, que ya es una adolescente.

La misma en la que cree Diego Isaac Correa Caballero, de 20 años, quien se mueve con muletas, pues tiene nueve cirugías en el cuerpo. “Tengo espasticidad”, dice este joven, siempre de buen humor, que dice estudiar psicología en el IPN.

“Tengo parálisis cerebral infantil de leve a moderada; nací a los seis meses”, añade, mientras su madre, Marcela Caballero Flores, dice que si no hubiese sido por el Teletón, su hijo seguiría enfermo. “Él se arrastraba en el suelo”, recuerda.

—¿Desde qué edad crees en la Santa Muerte?

—Desde los 10 años, pero fue a los 14 cuando lo saqué a flote —responde Diego, quien no deja de bromear, ya en la calle, desde la que se puede leer un letrero que corona la entrada al altar: “No temas: donde vayas has de morir donde debes”.