Crónicas urbanas

Redada contra libreros... piratas

Agentes de la PGR irrumpen en busca de ejemplares apócrifos —este año han incautado 19.2 toneladas, con pérdidas de un millón 152 mil pesos—, pero también interrogan y retratan a viandantes. ¡“Fíjalo, fíjalo!, ordenan al fotógrafo.

El piquete de policías,  indumentaria oscura y logotipo de la Procuraduría General de la República, se mueve en el estrecho pasillo, a un costado del Centro de la Imagen, sobre la avenida Balderas, y esculca puestos de libros, bajo la guía de un hombre trajeado, quien señala títulos con el dedo índice, al mismo tiempo que sopesa entre sus manos algunos tomos. Después se sabrá que es el denunciante.

Dos fotógrafos, hombre y mujer, se mueven como remolinos alrededor de los agentes y clavan y enfocan sus cámaras  en rostros de vendedores de libros y viandantes que se abren paso entre apreturas y algunos osan detenerse un instante, sin pensar que sea un operativo, sino de ver que hay policías comprando, además de que el pasaje es angosto y no queda más que caminar así, de ladito, sin más alternativas.

—¿Me dices cuáles son piratas? —pregunta un policía.

El trajeado lo señala.

—Esos traen precios, los tengo hasta facturados —se defiende el vendedor, mientras un agente lo increpa.

—¿Pues, cuáles son?

—Esos…

—Te digo: mejor di cuáles son —refuta el federal ministerial, rodeado de otros, uno de ellos con metralleta, mientras los fotógrafos oprimen los obturadores como si fueran gatillos.

—Te estoy hablando lo que es —replica el vendedor.

—Ábrelo —ordena el policía. 

Y lo abre.

—Háblame derecho.

—Te estoy hablando derecho.

Son las 16:30.

Lunes 25 de noviembre.

Los fotógrafos  no dejan de accionar las cámaras; y más que enfocar,  parecen encañonar, azuzados por  agentes.

El querellante —Gerardo Rodríguez Martínez, representante legal del Centro Mexicano de Protección y Fomento de los Derechos de Autor—, de quien más tarde se sabrá su nombre, informará al reportero, a través de correo electrónico:

—El peso de los libros apócrifos incautados de abril a la fecha ascienden a 19.2 toneladas, siendo para el editor una pérdida de un millón 152 mil  pesos, tomando como precio promedio de 150 pesos por libro.

—¿Qué tan recurrentes son los operativos?

—Se realizan una vez que se tiene una denuncia, ya sea por una editorial, autor, o por denuncia anónima, encontrándose este tipo de publicaciones en las diversas calles del centro de la ciudad, estaciones del Metro…     

Y nada que ver con abusos.

 ***

Por un momento el reportero, acompañado de un amigo, piensa que en el operativo hay otros colegas de medios informativos, pero luego duda de que los fotógrafos sean de prensa, ya que no traen las usuales mochilas, además de que su comportamiento es  raro, excesivo, pues más que fotografiar, parecen usar sus aparatos como armas.

Y en eso están las cosas cuando el chaparrito apunta y dispara varias veces su cámara contra el que arrastra y arrastra la pluma en su libreta.

—¿Por qué me tomas…?

Y al reportero, quien saca su teléfono celular, no logra terminar su frase, pues cuatro agentes lo rodean, mientras el más joven abre las piernas, alza las cejas y lo empuja.

—¡De a huevos, fíjalo! —responde, luego de que se le reclama, y enseguida mira  en forma retadora y ordena al fotógrafo enfocar otra vez a quien garabatea en su libreta.

—¿Pero, por qué?

—¡De güevos, fíjalo, fíjalo, fíjalo!

—¡Sacó el celular; iba a tomar fotos, mira! —miente el que porta la metralleta, un sujeto fornido, mientras señala al que acosan sin tregua.

—¡¿Y tú quién eres?!

—Reportero.

—¡Tu identificación!

Y el aludido saca su credencial, misma que uno de los agentes se la arrebata, la escudriña y se la muestra al fotógrafo:

—¡Fíjala, fíjala, fíjala…!

Y los cuatro que rodean al ahora presunto culpable, de quién sabe qué, hablan al mismo tiempo, por lo que el amigo del reportero, sugiere:

—Que hable uno.

Y lo inquieren:

—¿Y usted quién es?

Y, sereno, responde: 

—Soy amigo del señor.

Un presunto agente, el de menor estatura, se jacta de que ese tipo de credenciales —de reportero— él las puede “hacer en  minutos” e induce a que le exijan mostrar la de elector, misma que aquél se apresura a sacar; su amigo, entre tanto, se dirige al policía que acaba de hacer el comentario e ironiza:

—Ah, es usted falsificador, oficial.

Y como respuesta ordena:

— ¡También fíjalo, fíjalo!    

Y  señala con el índice.

Y el fotógrafo dispara y dispara.

Después de “fijar” las credenciales, éstas son devueltas al reportero, quien, la bilis derramada, indaga más sobre el asunto y busca  al que por un momento pensó que era un agente del Ministerio Público Federal que dirigía el operativo —resultó ser el “querellante”—; pero antes se detiene a charlar con vendedores, uno de los cuales dice que en esta ocasión los policías llegaron “tranquilos, porque otras veces encañonan”.

—¿Encañonan?

—Sí, y la otra vez golpearon a una persona porque les reclamó; yo, ahora, les dije: “vienes por piratería y ya te estás llevando los originales”. Hace dos años se llevaron a un vendedor y tuvo que pagar 30 mil pesos para que lo soltaran.

***

En uno de los puestos, ya fuera del foco de atención, está el hombre que miraba los libros mientras los agentes ministeriales interrogaban. Es el mismo al que se le había confundido con agente del Ministerio Público Federal. Entonces se le comenta sobre el incidente y la violencia innecesaria de los policías. Y sin que los justifique recuerda que ha habido ocasiones en que llegan a un lugar y son agredidos.

Es el abogado Gerardo Rodríguez Martínez, “representante legal del Centro Mexicano de Protección y Fomento  de los Derechos de Autor Sociedad de Gestión Colectiva”, quien, luego de pedir que el reportero se identifique, deletrea  su dirección de correo electrónico para enviar los datos que sean solicitados.    

 El operativo de Balderas —respondería horas después— forma parte de los tres realizados del 25 al 28 de noviembre en la vía pública, por la Unidad Especializada en Delitos de Derechos de Autor y Propiedad Industrial de la PGR, encabezados por agentes ministeriales, quienes fueron apoyados por peritos y policía ministerial.

Los riesgos que se corren durante los operativos, escribe Rodríguez Martínez, son agresiones verbales y físicas por parte de los comerciantes, como sucedió el pasado lunes en un mercado sobre ruedas en la delegación Venustiano Carranza, “sin poder realizar el aseguramiento de todos los productos piratas”.

—¿Qué les dicen los vendedores de libros apócrifos cuando hacen un operativo?

“Se excusan diciendo que los compran en librerías y que cuentan con las facturas correspondientes”, responde Rodríguez Martínez, “pero la autoridad no tiene la certeza de que esas facturas correspondan a los libros que se aseguran, por lo que llevan peritos que verifican que los libros sean apócrifos para realizar el aseguramiento respectivo”.

Sin contar los abusos.

Como los del lunes pasado.