Crónicas urbanas

Prostitución en peligro

Hay zonas del país donde las trabajadoras sexuales quedan atenazadas por la actuación del crimen y por disposiciones de autoridades. Estefanía y otras son algunas.

Están en el último piso de un inmueble de la Ciudad de México, espacio donde las convocó la organización civil Brigada Callejera de Apoyo a la Mujer, que cumple 20 años, con el lema “Trabajo sexual no es trata de personas”.

Y exponen sus problemas.

Vienen de zonas fronterizas de norte y sur, pasando por el Distrito Federal y el Estado de México, donde son acosadas por autoridades y el crimen organizado. Una tenaza que las asusta. Son trabajadoras sexuales.

Habla Raquel, nicaragüense avecindada en Tapachula, Chiapas, donde las autoridades han emprendido una campaña moralista. Habla Estefanía, quien narra que en algunas partes del país han cerrado negocios, sobre todo en municipios mexiquenses, donde hay limitaciones para realizar su oficio.

“Estamos en medio del fuego cruzado y no se nos hace caso”, dice Estefanía, de 31 años, que ejerce el oficio desde hace una década, lapso durante el que ha olfateado el peligro en Michoacán,  Hidalgo, Veracruz, Morelos, así como  el Estado de México, cuyos municipios próximos al Distrito Federal son escenarios de restricciones oficiales y el acoso del crimen, que va de la mano policiaca.

Hablan dos sexoservidoras, una que frisa los 50 años y otra de sesenta y tantos, quienes enviaron a la cárcel a una madama, que salió libre después de cuatro años, debido a su avanzada edad, y ahora trata de cobrar venganza en el corazón de La Merced, donde, en complicidad de parientes, ha explotado mujeres.

Y Estefanía.

El caso de Estefanía es un reflejo de lo que sucede en varias partes, de manera especial en los municipios lindantes con el Distrito Federal.

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Estefanía empezó a trabajar de mesera en 2005 en la colonia Agrícola Oriental, “pero como no me alcanzaba lo que ganaba, me animé a bailar”, dice, y recaló en un table dance de Eje Central Lázaro Cárdenas, donde trabajó ocho meses.

—¿Y por qué tan poco tiempo?

—Porque esto es así; de hecho pienso que es uno de los lugares donde más tiempo he estado —cuenta esta mujer de tez blanca y baja estatura.

De ahí se fue a Tláhuac y también a otras entidades, donde, comenta, trabajó con representantes que ofrecen servicios de edecanes, espectáculos que incluyen payasos, cómicos, imitadores.

Es gente que empieza como mesero, explica, que a veces se le confunde con “tratas, pero no”, aclara en respuesta a una pregunta.

Poco a poco salió a otras partes del país y observó la forma en que se infiltraba la delincuencia y entonces quedaban atrapadas, pues también hubo restricciones, con normas y leyes que limitan al extremo el oficio.

“Desde hace unos años, cuando se intensifica la violencia en el país, también se hace notar en nuestros sitios de trabajo, en los centros nocturnos, donde hay balaceras, extorsiones y perjudica a los dueños de estos lugares, pues les piden cantidades muy fuertes de dinero para dejarlos trabajar”, recuerda Estefanía.

—¿Qué viste en cada uno de esos lugares?

—De pronto los dueños empezaron a cerrar porque les habían pedido mucho dinero para dejarlos trabajar y, pues, no se podían cubrir esas cantidades; además, había desaparecido una chica, luego otra...

—¿Hay casos de feminicidios en el gremio?

—Que se asesine mujeres impunemente, sí.

—¿Tuviste algunas conocidas?

—Sí, un par de conocidas; desgraciadamente supe la noticia de otras que no conocí, tanto por parte de la delincuencia organizada como porque entra en el problema de género, de que hay muchísima impunidad para cualquier tipo de vejación de la que podemos ser objeto.

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—¿Y se puede ligar con el cierre de centros de trabajo?

—Sí, claro, la gente que por miedo comienza a cerrar, no solamente centros nocturnos; antes, por ejemplo,  podíamos tener trabajo porque enfrente había una zona comercial, pero ahora ya no la hay porque la gente no quiere salir.

—¿Y cómo está el pago?

—Hay lugares que deciden dejarlos abiertos, por ejemplo, porque les piden cierta cantidad; ah, bueno, dicen los dueños, pues ahora vamos a reducir los sueldos y aumentar los costos de las copas, de los servicios, de las botanas, de todo, y pues obviamente la gente deja de ir, porque con la situación económica en la que está el país y estos grupos extorsionando y los dueños subiendo precios…

—¿De qué forma se ha inmiscuido la delincuencia?

—Digamos que en una comunidad pequeña llega cierto tipo de gente y tú sabes que ellos son parte de ese grupo, ¿verdad?, entonces hay que atenderlos bien y a veces nos pedían, de favor, “la que quiera ir, no se les va a cobrar a ellos”, entonces había que ir por la subsistencia del mismo negocio.

—¿Y qué ha pasado con las restricciones en el Estado de México?

—Pues ha pasado que si antes teníamos diez opciones, ahora tenemos tres. Porque con guerra la violencia se incrementa y se cierran muchos negocios, muchos, más de los que pasan en las noticias, muchísimos; entonces, en los pocos que nos quedan para laborar, se empiezan a hacer las restricciones, y muchos cierran, y los que no, pues hay muy poca gente o no nos dejan trabajar, y todo el tiempo hay operativos, bueno, protección civil, antidrogas, antiarmas, y ya cuando cubren todo esto… de pronto se vuelve ilegal el baile erótico.

—¿También está restringido?

—Mira, yo trabajo en centros nocturnos y ofrezco variedad de table dance; al finalizar mi show hago compañía a los clientes, y cuando se restringe este baile erótico, cuando se prohíbe, ¿entonces ya qué negocio queda, no?, porque para presentar shows se hace con lencería, con vestidos pequeños.

—¿Y ahora?

—Ahora se nos pide andar de pantalón de mezclilla, de blusa no escotada, incluso es bastante ridículo el código de vestimenta para esos lugares, porque uno puede vestir más atrevidamente para la calle que para laborar.

Ella es Estefanía, de 31 años, que a los 21 empezó como trabajadora sexual, como pide que se diga, después de haber terminado sus estudios en el Colegio de Ciencias y Humanidades.