Crónicas urbanas

Prisioneras del tatuaje

El investigador Víctor A. Payá y colaboradores realizaron un estudio en dos penales femeniles del DF, donde analizaron 700 dibujos y entrevistaron a 77 mujeres con la piel grabada.

Es la reproducción de tatuajes en cuerpos de mujeres encarceladas. Figuras como actos de trasgresión. La Santa Muerte, en primer lugar. Le siguen San Judas Tadeo y otras que demuestran miedo, terror, amistad, amor, rebeldía, venganza, reincidencias. Es una visión antropológica y social, más que criminológica.

El maestro Víctor Alejandro Payá y sus colaboradores, de la Facultad de Estudios Superiores Acatlán-UNAM, duraron casi dos años en realizar una exploración en penales de Tepepan y Santa Martha Acatitla,  que visitaron durante seis meses. En ese lapso entrevistaron a 77 internas de pieles grabadas.

Como producto de la investigación, que incluye 700 figuras en cuerpos,  se publicó el libro Mujeres en prisión, un estudio socioantropológico de historias de vida y tatuaje —FES Acatlán y Juan Pablos—, donde Payá señala:

“Son marcas que intentan exorcizar el caos y el dolor, vividos como fuerzas que someten y aplastan a los sujetos, y que se manifiestan en las fantasías incestuosas y de engullimiento, las cuales no hacen sino mostrar esta cara omnipotente de la transgresión. Relatos de mujeres transgresoras…”

En su cubículo de la UNAM, Payá, también autor, entre otros libros, de Vida y muerte en la cárcel. Estudio sobre la situación institucional de los prisioneros, habla del propósito que lo condujo a realizar la investigación:

—Había que recuperar el testimonio del sujeto para saber qué significaba, no solo en la técnica ni la forma del tatuaje, sino en sus angustias y fantasías. Hay cosas que no saben, pero que se repite en muchos de ellos: los tatuajes con fauces abiertas, los tatuajes devoradores de almas, que tienen que ver con una fantasía muy canibálica, propias de los sujetos que se están confrontando directamente en violencias muy descarnadas.

Payá y su equipo, formado por Grissel López, Jovani Rivera y Quetzalli Rojas, entraban y salían de los mencionados penales de mujeres.

Los académicos tenían la suficiente confianza de los directivos, pues buscaban enfocar su trabajo con una visión socioantropológica, y descubrieron que la mayoría de las prisioneras entrevistadas se colocaron el primer tatuaje entre los 12 y 20 años, “una vez que habían salido de su hogar, por problemas de violencia”.

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—¿Qué tipo de tatuajes son más recurrentes entre presidiarios?

—Los que tienen que ver con cuestiones religiosas y los amorosos entre las parejas. En el tatuaje religioso, sobre todo de algunos santos, aparece la guadalupana, como elemento general, o los divinos rostros. El caso de San Judas Tadeo, que es un santo de los casos difíciles, aparece en muchos de los internos reincidentes, y ahora mucho más, la presencia de la Santa Muerte.

El investigador amplía su explicación sobre la Santa Muerte, “un santo peculiar”, pues mientras los demás “prohíben” lo malo, esa imagen, en cambio, “empuja a la transgresión, pues se le pide  salir bien un asalto, un robo, salir  airoso de los momentos más difíciles”.

—¿Cómo se aproximó a toda esta gente?

—La idea es mirar al prisionero, no como un sujeto que hay que  estigmatizar en el sentido de que antológicamente aparece el mal, sino como un sujeto de la historia que lo ha conducido a ciertos escenarios de violencia. Las historias de todas estas mujeres que aparecen en el estudio, por ejemplo, son realmente violentas y su capital social, cultural y político es muy pobre; vamos a decirlo así: proceden de familias donde la violencia paterna o del padrastro, la violencia sexual, la violencia física son muy fuertes y pasan al barrio donde se ponen un tatuaje como si fuera un rito de iniciación a su nueva familia, al nuevo grupo; pero vuelven a vivir, curiosamente, otros elementos de violencia, que son plasmados en el cuerpo.

Los tatuajes que más lo impresionaron, comenta Payá, son los que representan a diversas figuras de la Santa Muerte, “que hablan de un ritual mucho más complejo, pues a la Santa Muerte hay que complacerla,  muchas veces con alcohol, dándole puros, mariguana, o incluso la propia sangre del sujeto”.

También llamaron su atención los tatuajes que revelan la importancia del barrio, el tamaño de la culpa, las casualidades, los mitos. “Por ejemplo, una persona puede tatuarse en el pecho: ‘madrecita santa, perdóname por mi vida local’. Ahí aparece, efectivamente, la ligadura con una madre, que además es una madre que empuja a esta mujer constantemente a la transgresión”.

El investigador relata el caso de una mujer a quien los médicos le decían que era infértil. “Ella comenta que le hace un ritual a la Santa Muerte; le dice que se la va a tatuar, si ella logra embarazarse, y se embaraza, e incluso llega a comentar que su hijo nace el 2 de noviembre y añade: ‘este hijo es hijo de la Santa Muerte’. Esto lo tenemos que tipificar los sociólogos y los antropólogos, para no decir —recalca el ‘no’— que la Santa Muerte cumple los milagros”.

—¡Por supuesto!

—Los tatuajes de la Santa Muerte son muy impresionantes porque hay una historia de la que el sujeto está convencido. Hay que considerar que la magia en general tiene un funcionamiento diferente al de la ciencia; la magia, cuando fracasa, vamos a decir, ‘cuando algo no me cumple el santo’, en realidad, se fortalece. ¿Por qué? Porque si el santo ‘no me permitió cumplir que yo pudiera ir a robar o salí accidentado, en realidad fue porque no le puse una veladora más grande, porque no le recé con el fervor suficiente, o porque de alguna manera en el ritual algo falló’.

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Y esas heridas en las muñecas de algunas mujeres, producto de la zozobra que se acumula cuando les informan que serán apandadas. Esa idea les produce terror.

“La angustia es tal, el caos es tal, que el cuerpo puede servir como un elemento de aterrizaje —explica el investigador—, directo de una realidad, a través del corte, sentir el cuerpo. El corte también puede ser contra la institución: al sujeto se le encierra y el sujeto se corta para ser llevado a la enfermería; tan es así, que muchas mujeres son curadas o cosidas al interior de las propias celdas. O sea, el corte es una forma de decirle a la institución: esta es tu readaptación social”.

Son los tatuajes de quienes usan el cuerpo como lienzo en las cárceles, donde los estudiosos se propusieron desentrañaron símbolos.

“Las marcas corporales de estas mujeres encarceladas —señala Payá en el libro— son metáforas que insisten en trazar esos límites y coordenadas simbólicas en su cuerpo, aunque muchas veces la eficacia de estas magias fracasa, al quedar atrapada en la propia imaginación”.