Crónicas urbanas

El Príncipe rupestre

Todo el rock es urbano, asegura Rafael Catana, intérprete,  compositor y poeta —autor de "La rabia de los locos", "Un gato de corazón púrpura" y  "El talón"—, cuya imagen forma parte de un mural en el Metro

El rock chilango y el llamado rock nacional, el urbano y el que tocan en la periferia, este último herencia de los hoyos funkys, están representados en un mural de la estación Chabacano del Metro, donde aparece la figura de Rafael Catana, iniciador del rock rupestre, que expende y brinda con tarro de pulque, al lado de contemporáneos como Jaime López y El Haragán, aunque otros más grandes, como Javier Bátiz y Álex Lora, mientras que acá, en la parte inferior, no muy lejos, sobre la estancia donde confluyen bajadas, subidas y transbordos, el autor de El Talón rememora tiempos idos y relata un reciente suceso: le prestó a un músico amigo su lira, pero le fue arrebatada en el oriente de la ciudad, y con ella hurtaron las huellas de Rockdrigo, Jaime López y El Haragán, entre otros, quienes en cabinas de grabaciones la llegaron a pulsar.

Era, es, una guitarra Ovation Celebrity,  “mágica”, comprada en California, 29 años atrás, y restaurada hace unos días, en el DF; estaba, por lo tanto, “en perfectas condiciones”, cuando se la prestó a Christian Íñiguez, músico de una nueva banda, Incendios, quien “tuvo la mala suerte” de ser asaltado, dice El Príncipe del rock rupestre, sin pizca de rencor, pues considera como normal ese delito en la Ciudad de México, donde, según estadísticas oficiales, está entre los principales hechos delictivos.

El músico y poeta, sin alterarse ni despotricar, dice que es un “accidente que te roben cosas” en esta urbe, como sucede en otras latitudes, y ejemplifica que algo similar ocurre en Los Ángeles, California, y en Europa.

—Una guitarra con historia.

—Es una guitarra que cuando nadie tenía para grabar, o así,  yo la prestaba; Gerardo Enciso, por ejemplo, hizo su primer disco con esa guitarra; también la tocó Rockdrigo; palomeaba con ella Jaime López, el gran maestro de la generación, el Bob Dylan mexicano, el Leonard Cohen; también Armando Palomas y El Haragán…

—De los 80.

—Ochenta, noventa; sí, ya tengo otras, pero el patín de esa guitarra es que sí es mágica; entonces, ojalá que la gente que la tenga la sepa apreciar y si se entera de su historia, pues ojalá vaya y yo se las compro.

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Después de la aparición de Caballo 2012, su quinto disco, producido por Federico Schmucler, se formó el grupo Rafael Catana y los Bandidos, con Liliana Rodríguez, en la batería, de Les Estuches, y René Ortiz, en el bajo,  para hacer una gira nacional.

Rafael Catana, con una trayectoria de más de 20 años, define su show: “eléctrico, con una ráfaga de rock contemporáneo, donde las historias de amor y del país se hacen presentes; es una banda de rock y folk que tiene amplia presencia escénica, que le ha dado la vuelta al país”.

Fragmento de El Talón:

Te digo que no pido dinero afuera  de la ciudad/ Te digo que este sombrero me lo dio una tempestad/ Una luz entre los callejones mi forma de amar/Te digo que no pido dinero afuera de San Cosme/ Te digo que los Halcones no son aves que retocen.

Te digo debajo del puente donde hay tanto calor/Te digo que tu piel es de ángel y se enreda en el amor/ Todos estamos perdidos aquí en el talón/ Te digo que me quedo a dormir en esta calle/ Tal vez nomás los fantasmas de ese ruco en agandalle/ El mismo talón de San Cosme tocando en esta calle/ Te digo en esta calle los sueños moribundos /Tocando afuera del Metro taloneando a todo el mundo/ Una luz en los callejones mi forma de amar.

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—¿Y el rock rupestre que tú representas?

—El rock rupestre está más cerca del folk rock de los sesenta, setenta, ochenta, donde se usaba la guitarra eléctrica; lo inventamos en los ochenta, como una etiqueta,  para tener un poco más de trabajo, pero de pronto nos rebasó y el rock urbano está ahí; el colectivo rupestre ya no existe pero el rock rupestre ahí anda.

—¿Cuál es la división entre el rock rupestre y el urbano?

—Cuando el rock rupestre nació estábamos más cerca de las guitarras acústicas; lo seguimos estando, pero evolucionó, no se quedó en esa historia romántica de los ochenta; de los compositores que están en este mural —alza la mirada—, algunos siguen con guitarras acústicas y eléctricas, que tienen que ver con el rock que se hace en las ciudades; de hecho el rock rupestre puede ser padre del rock urbano, un rock contestatario, un rock que propone, que tiene ideas.

—¿Hay foros para el rock urbano?

—El rock urbano sigue siendo autogestivo: encuentras una bodega, la habilitas, la limpias, pones buenos baños… El último hoyo funky fue el foro Tlalpan, porque los reales, que eran el Salón Chicago, el Salón Maya, el Siempre lo Mismo, eran grandes salones.  El Salón Maya tenía unos 2 mil metros. Esa fue una historia muy negra y muy triste, cuando Luis Echeverría desapareció el rock en México.

—¿Y cuáles serían los más representativos en la Ciudad de México?

—Veamos el mural —responde, mientras invita a mirar con esmero— y descubrirás a Arturo Meza, que es uno de los poetas músicos más importantes de este país, un cuate que tiene treinta y tantos discos y que de pronto aparece como una leyenda urbana, pues habla del amor, del desamor, de los ángeles, de la muerte, del deseo, del viaje; está Gerardo Enciso, que habla mucho de la sangre y de la muerte,  un gran poeta, de Guadalajara. Está el guitarrista de la mejor banda de rock que hay en México, según yo, que es La Barranca, una súper banda de rock, con excelentes letras, con una orquestación maravillosa.

Ladea la cabeza y sigue:

—Si vamos de este lado, vemos, por ejemplo, a El Haragán y Compañía, el rey del rock urbano, porque tiene una maravillosa presencia en la juventud: hace 20 ciudades en Estados Unidos, con el público mexicano de allá. Pocas bandas podemos hacer eso. Y de pronto está por ahí el único Jaime López, ¡por favor, el mejor compositor que ha dado este país desde hace 40 años!

—¿Y tú?

—No hablo de mí, sino del señor al que le estoy vendiendo pulque, Armando Palomas, el panzoncito ese, compositor maravilloso, de Aguascalientes; Charlie Montana, de Neza, la esencia del rock urbano; Lalo Tex; y, bueno, La Maldita Vecindad y otras bandas, y Guillermo Briseño. Lo que sí creo importante —acota, mientras fija la mirada y endereza el índice— es que la cultura mexicana prefiere a los muertos, no a los que están vivos, y los que están vivos, aquí están. Todos son compositores. Tienen una obra. Tenemos una obra.

Es el autor de grabaciones como Un gato de corazón púrpura, Polvo de ángel y La rabia de los locos. Es el poeta, además de rockero, que en pocos días verá publicado su poemario Los pájaros de la cervecería,  donde evoca a mujeres que viajan a la frontera norte, así como el desamor y el deseo de quien asegura ser un outsider.