Crónicas urbanas

Pixza azul, de Nueva York al DF

la idea surgió en un bar de EU, cuando estudiaba en la Universidad de Columbia, pero Alejandro fue más allá de concebir una pizza de maíz azul con ingredientes mexicanos: dio trabajo a jóvenes en situación de calle.

Desde la Zona Rosa, en la calle de Liverpool, donde está Pixza, Alejandro Souza recuerda que una noche de hace tres años, cuando estaba en un bar de Nueva York, imaginó una pizza que solo llevara ingredientes mexicanos, pues en aquel momento se le había antojado un sope de maíz azul.

La idea del joven, que estudiaba en la Universidad de Columbia una maestría en Administración Pública y Prácticas de Desarrollo, se consolidaría hace tres meses, aunque el proyecto lo desarrollaría mientras viajaba como consultor en varios países. Fue algo que siempre tuvo en la mente.

"El empoderamiento social —recuerda— es la esencia de todo el proyecto, y aquello no solo fue un momento de eureka, sino un sinfín de experiencias que he ido meditando a lo largo de mi vida".

Alejandro, de 29 años, que estudió desde muy joven en Estados Unidos, venía de Brasil, donde fue asesor político y consultor en el Banco Interamericano de Desarrollo. Llegaba a poner en práctica lo que había estudiado: programas de desarrollo en comunidades cuyos habitantes vivían con menos de un dólar al día.

En México, mientras tanto, el proyecto denominado La Ruta del Cambio estaba enfocado a emplear jóvenes en situación de calle, quienes debían pasar por una serie de pruebas. Primero les colocan un brazalete de plástico azul, donde se folian las ventas.

Por cada cinco rebanadas compradas en el restaurante, ellos regalan una. Tienen una especie de contador que lleva el número de rebanadas entregadas y las que faltan, y así, de esa forma, se contabilizan en el pulsera.

—Hablas de empoderamiento social...

—Sí —explica Alejandro Souza—, que significa crear modelos y ambientes, crear sistemas que permiten que las personas se identifiquen y usen las herramientas que necesitan para lograr un cambio en su vida.

Las pixzas de este expendio, en la calle de Liverpool, van, entre una variedad de 23 sabores, desde barbacoa, flor de calabaza, hasta chapulines.

—¿Por qué Pixza y no pizza?

—Porque Pixza es como los mexicanos llamamos a la pizza.

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Alejandro Souza explica:

—Lo que hacemos es vender cinco rebanadas y se genera una sexta de forma automática y gratuita para jóvenes en situación de calle o vulnerable, con carencia alimentaria, en situación de pobreza extrema, con historial de intoxicación, de dependencia a drogas, abandono familiar, en fin, todo el coctel de problemas que tienen jóvenes desafortunadamente con este perfil. Lo que hacemos es que les brindamos una segunda oportunidad.

—¿Y en qué consiste el examen?

—Se les da una pulsera a los beneficiarios, que es muy importante porque nos permite llevar un registro de quién está participando en el programa y también de que ellos y ellas vean cómo avanzan. Es el primer examen, digamos, o filtro de información, para hacer un swich entre un programa de asistencialismo, que genera dependencia, y uno de empoderamiento, que es el que manejamos. El mensaje ya no es: "Eres una víctima y te ayudo porque no puedes, sino tú tienes validez, das de ti para el programa, y si das de ti, avanzas".

—¿Y después?

—Les damos un curso de habilidades de vida, un corte de pelo, un diagnóstico médico, un baño y una camiseta. Son dos semanas de capacitación, sin pagos, solamente con propinas. Si esa persona llega al final de las dos semanas, con la actitud, la disposición y la capacidad correcta, entonces se queda con su trabajo.

—¿Cuántos tienes ahorita?

—El 50 por ciento de la fuerza laboral de la empresa ya son jóvenes graduados del programa. En situación de calle, tres.

—Dices que también otros los emplean.

—Tenemos un programa en el que fondeamos a diferentes organizaciones. Yo les doy dinero. O sea, las organizaciones utilizan a Pixza como una fondeadora y a cambio ellos me prometen que van a generar una oportunidad de empleo para un joven graduado de mi programa; así es que vamos creciendo la red de impacto.

—¿Por qué haces esto?

—Porque puedo, y porque hacer un cambio simplemente es reconocer la capacidad que uno tiene para hacerlo.

—¿Así nada más te nació?

—Sí, me nace, viene del conocimiento, del deber, de darte cuenta que siempre puedes ser un agente de cambio, con lo que digas, con lo que hables, con lo que pienses, y entonces cambias el switch y en vez de decir: "Bueno, pues me voy a dar a mí primero", y después volteas a ver a alguien más. Reconocí la posibilidad de darle a alguien más desde el principio, y entonces se hace de forma armoniosa, donde todos dan, todos reciben. Y esas es la mejor forma de hacer un cambio.

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James Alvarado llegó de Tabasco hace tres años. Tenía 15 y venía acompañado de su hermano, con quien llegó a casa de una tía, pero después se separaron.

Estuvo detenido en el Centro Tutelar para Menores y desde hace un tiempo vive en el Centro de Asistencia Social de Coruña, que pronto abandonará para rentar un departamento.

El joven, de baja estatura, pelo corto, siempre sonríe. Llegó y se cambió la camisa por una playera; luego inició su labor. Tiene dos meses en Pixza. "Soy graduado de La Ruta del Cambio", dice.

—¿Pasaste limpiecito todos los exámenes?

—Ajá, sí, soy un poco avanzado. En lugar de mis rebanadas de lo que da la pulsera aquí fueron mis 15 días de prueba; entonces, gracias a Dios, pasé.

—¿Estuvo dura la prueba?

—No, fue muy divertida.

—¿Qué significa Pixza para ti?

— Me he superado demasiado y Pixza es —dice con voz pausada, sin dejar de sonreír— muy afuera de que sea un restaurante, es como una mano: te ayuda, te sabe guiar por el camino bueno.

—Sí se puede.

—Claro que se puede. Véanme a mí, ¿no?, o sea, soy un chavo que me drogué, estuve detenido en un tutelar para menores, en una correccional, entonces salgo con una idea mejor y llego a Coruña y ahí me dicen: "Oye, ¿sabes qué?, mira, hay un chavo que apenas abrió una pizzería y requiere de gente". Si me llegó esta oportunidad, pues no la voy a dejar pasar. Entonces llego aquí a Pixza, que es algo esencial, algo bonito, como platicar con la gente, echar relajo, y muy aparte de que sea mi trabajo, me gusta porque es como una familia.

—¿Y qué le dirías a los que se quedan a medio camino?

—Psst, que le echen ganas, ¿no?

Y James sonríe.

—¿Y cómo eras antes?

—Era un chavo que quería todo sin dar nada a cambio; ahora me dan y tengo que dar una parte de mí.

—¿Y cuál es la pixza que vende más? —se le pregunta a una empleada que se apura en el acomodo de mercancía.

—La de chapulines.

—¿Por qué crees?

—Por exótica.