Crónicas urbanas

Perros sin estrés

En la ciudad de México ha crecido el afecto por los animales domésticos, al grado de que algunas familias llaman “perrhijos” a sus canes; también los llevan a estéticas para consentirlos...

El respeto a los animales ha crecido en la Ciudad de México, donde fue aprobada una ley para su protección; sin embargo, todavía se comercia con mascotas, como en el mercado de La Lagunilla y otros tianguis, que exhiben cachorros recién paridos, a veces amontonados en cajas de cartón, aunque algunos vendedores se mantienen alertas, un ojo al gato y otro al garabato, pues hay activistas que denuncian esas prácticas en las redes sociales.

—Ay, mira…

—¿Cuánto?

Y los padres del niño, al escuchar el precio, jalan a sus chilpayates, pues los costos no están a la altura de sus bolsillos; por eso mismo es la reacción, la mayoría de las veces, y no por lo que recomiendan protectores de animales, que insisten en inculcar la idea de que es mejor adoptar que comprar, pues abundan los que fueron recogidos de las calles, muchos de ellos maltratados.

Un rastreo por internet nos muestra puñados de asociaciones que protegen animales, como la popular Mundo Patitas, cuya pretensión, según se anuncia, “es ser la voz de los que no la tienen y con el invaluable apoyo de voluntarios y benefactores, luchamos por cambiar el destino de aquellos animales que sufren de maltrato, indiferencia y explotación, dedicando nuestro tiempo, experiencia, esfuerzo y recursos a lograr la dignificación de todas las especies”.

Y también hay personas que, solitarias, se dedican a recoger perros y gatos de las calles e intentan rescatar a los maltratados por sus presuntos dueños.

El aprecio ha crecido tanto, sobre todo por perros y gatos, que entre algunas familias ya no los ven como simples mascotas, sino como “animales de compañía” o como un miembro más, a tal grado que ya se acuñó un nuevo término: perrhijos.

Las asociaciones protectoras, mientras tanto, surgen por todas partes, y se han extendido incluso a Iztapalapa y Gustavo A. Madero, las delegaciones más pobladas, en las que se han detectado muchos animales abandonados.

En esta última demarcación, por ejemplo, surgió Protección del Perro Callejero, Properro, cuyo domicilio está en Cuautepec Barrio Bajo.

Una de sus misiones es “promover la práctica de la esterilización de perros y gatos como único medio efectivo para controlar de manera humanitaria el creciente problema de la sobrepoblación canina y felina”, así como “cirugías casi gratuitas en su módulo de esterilizaciones”. En esas delegaciones también hay amores caninos y felinos.

“Los cambios han sido verdaderamente vertiginosos hasta llegar a ver en calles camionetas adaptadas como ‘estéticas caninas’, grandes, pequeñas, muy bien equipadas y regularmente adaptadas”, comenta Antemio Maya, fundador de Properro. “Y este fenómeno lo mismo se da en zonas de alto nivel económico, como de nivel no tan alto, indicándonos que la concientización de tantas personas en el cuidado de los perros ha dado frutos y que seguirá creciendo día a día, dando empleos bien remunerados y sobre todo combatiendo la violencia contra perros y gatos”.

Y en forma paralela ha surgido el crecimiento de estéticas, que antes solo había en zonas exclusivas; una muestra de que los dueños no solo invierten en la salud de sus animales, sino que se preocupan por embellecerlos, por lo que la industria para el cuidado de mascotas ha crecido de manera acelerada.

Y hay para todos.

Es el caso de la estética canina Guau & Guau, situada en la calle Tonantzin número 13, en el barrio de Santa Julia, cuya peculiaridad es que no tienen jaulas —o sí pero no las ocupan para encierros— y han impuesto una nueva tendencia que sus dueños, los hermanos Gómez, denominaron… antiestrés.

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Las ventas en el negocio —único sostén familiar durante décadas— habían caído 80 por ciento, de modo que surgió la idea de sustituirlo por una estética canina; el dilema era ser diferenciarse de las demás.

Y observaron que en muchas tratan a los animales de manera fría, como describe Lydia Gómez, “ni les interesa hacer interacción; a nosotros, en cambio, sí, desde que llegan, porque aquí no los amarramos, pues el servicio es totalmente sin estrés. El perro anda suelto”.

—Pero pensaron enjaularlos.

—Cuando empezamos a ver que queríamos poner una estética mi hermano Michel y yo, pues te vas al manual, ¿no?, y dices: “Necesito tijeras, necesito máquinas, necesito… jaulas”, pero ya que teníamos las jaulas se nos ocurrió lo del corral y de ahí en adelante… Jamás hemos usado las jaulas.

—¿Solo como decoración?

—Pues son muy útiles como casilleros: tenemos la secadora, los paliacates, transportadoras.

—¿La gente cuida más sus animales?

—Sí, ya se está haciendo una cultura; no importa el nivel económico, el cariño al perro es lo que los mueve a traerlos a estos lugares; sí, a lo mejor es gente de escasos recursos, pero saca. Una vez trajeron un dálmata enorme y dijeron: “Es que si no es ahorita, pues nos vamos a gastar el dinero”, y ya dejaron a su perrito. Hay más cariño al perro, que ya dejó de ser una mascota y ahora es como un hijo.

—¿Perrhijos?

—Perrhijos, los perrhijos.

—¿Así los ven realmente?

—Sí, sí, sí, desde que te lo entregan, te dicen, “te dejo a mi bebé, te dejo a mi hijo, te dejo a mi chiquito”; ya no es toma al perro, no, ya trae una carga de cariño con su familia muy arraigada, o sea, el perro dejó de ser una mascota de patio para entrar a la casa, y se sienta en el sillón con el dueño, y muchas veces se duerme con el dueño, lo tratan como a un miembro más, un miembro muy importante de la familia.

—¿Ustedes ofrecen un servicio…?

—Sin estrés, así le decimos, porque se le habla al perro desde que llega, y no se va a una jaula, sino al piso; y si hay más perritos, nada más se le pregunta a los dueños si conviven, y andan todo el tiempo aquí, jugando, o en el corral.

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También hay reglas que tienen que ver con la ética del negocio, aclara Lydia, como “no raparlos, no, no, porque el caso del perro es que tenga una personalidad; si lo rapas, le quitas todo, o sea, ellos son pelo, porque mucha gente viene y dice “es que es época de calor, rápalo”, y salen como jamones, no sé, así, gordos, se ven rosas; en cambio aquí les sugerimos, les decimos, “sabes qué, no te lo voy a rapar; en primera, porque le vas a dar en la torre, porque el sol le va a quemar la piel”.

El caso “es darle la personalidad al perro”, insiste Lydia, “y que no salga como rata, así, rapada; de hecho, cuando llegan y te dicen, por ejemplo, ‘vengo por Buster’, y Buster está sentado en la mesa y ellos ni lo reconocen, y les digo ‘es ése’, ‘ah, sí, ay, qué bonito Buster’, porque no están acostumbrados a recibir ese tipo de cortes”.

La popularidad de la estética canina “antiestrés”, como la llaman, va más allá de una ciudad donde algunos llaman perrhijos a sus perros.