Crónicas urbanas

Misterios del panteón San Fernando

Tiene 80 tumbas y 800 nichos, además del mausoleo con los restos de la familia de Benito Juárez. Hay un lugar para una bailarina, que nunca estuvo en México, pero fue amor platónico de un Presidente.

El panteón está en la Plaza de San Fernando, a pocos pasos de la estación Hidalgo del Metro; en 1775 esta zona formaba parte de las orillas de la Ciudad de México. Los últimos restos depositados aquí fueron de Benito Juárez, escenario que obligó a la viuda de Miguel Miramón a exhumar los de su marido, enemigo del Benemérito de las Américas, en cuyo mausoleo también descansan los de su esposa y cinco de sus 12 hijos.

Éste y otros secretos guarda el cementerio de San Fernando, de 4 mil 150 metros cuadrados, sin incluir la plaza y el templo del mismo nombre, desunidos físicamente después de que se diera la separación Iglesia-Estado. Toda esa zona, que formó parte de un convento de franciscanos, está entre la plaza y el Eje de Guerrero, área en la que cohabitan indigentes y prostitutas.

Desde la entrada pueden leerse inscripciones de la época, tanto en viejas placas y monolitos deteriorados, como en piedras informes de bases macizas y letras rizadas. Poco después de la entrada, del lado izquierdo, en una estancia, se alza el busto níveo de Juárez, iluminado, junto a la biografía sintetizada de este hombre nacido en San Pablo Guelatao, Oaxaca, el 21 de marzo de 1806.

Y en el fondo, entre varias placas, antes de seguir el pasillo, está, quizá, el mayor de los misterios: la desteñida foto de Isadora Duncan (1878-1927), que es parte de 800 nichos, y un letrero: “Nació en San Francisco, EU. Fue una bailarina muy talentosa, que desarrolló exitosamente su carrera en Europa”.

Luego: “Se le considera creadora de la danza contemporánea, al haber sido pionera en el uso de vestuarios distintos, bailar sin calado y con movimientos ‘contorsionistas’, escandalosos en aquella época”.

Murió trágicamente en Niza —puede leerse, a pesar del desgaste— “cuando al subir a un automóvil convertible, la mascada de seda que llevaba anudada en su cuello, se atoró en las ruedas del carro, causándole la muerte de forma instantánea. Fue sepultada en París, en el cementerio de Père Lachaise”.

Hasta ahí está claro que no fue ni mexicana ni murió en este país, ni mucho menos que sus restos hayan sido trasladados del cementerio francés a éste, situado en la colonia Guerrero, por lo que en el párrafo final se revela parte de la respuesta pero sin despejar la incógnita:

“La placa que se haya en San Fernando fue pintada por un grupo de admiradores, sin que se sepa hasta el momento quiénes fueron. Es notable, ya que Isadora Duncan jamás estuvo involucrada con nuestro país ni con el panteón, aunque se especula que el general Plutarco Elías Calles, presidente de México en la época de su muerte, estaba enamorado de ella”.

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Y habrá que caminar entre algunas de las 80 tumbas y observar parte de los letreros en 800 nichos pegados en muros de este panteón, declarado “museo de sitio” en 2006, con lo que inician una serie de actividades.

Por ejemplo:

“Al coronel Santiago F. Xicoténcatl, héroe de la Batalla de Chapultepec, el 13 de septiembre de 1847, muerto gloriosamente salvando la bandera de su abnegado ‘Batallón de San Blas’. La Asociación del Colegio Militar…”

En otro pedestal: “El General de División Anastasio Parodi, valiente en el campo de honor, generoso en el triunfo, justo en el Gobierno, ecselente (sic) esposo. Murió el 9 de enero de 1867”. Uno más: “Joaquín Ramírez, artista insigne y malogrado, dejó este mundo para ir a su verdadera patria”.

Reza en otro muro: “Carolina Zires y Pignattelli falleció el día 22 de mayo de 1865. De edad de quince años. Sus padres y hermanos le dedican esta. Risueña flor de mi vida/ensueño de mi esperanza/ Mira de mi alma la herida/Que se ha avierto (sic) a tu partida/Para el mundo del señor…”

Junto a una foto ovalada de mujer, las primeras líneas de una de las placas que rodean al principal mausoleo:

“Nació el 28 de marzo en la Ciudad de Oaxaca. Hija de Antonio Maza y Petra Parada. El 31 de julio de 1843, se unió en matrimonio con el licenciado Benito Juárez. Tuvo 12 hijos. En 1853, Santana destierra a Juárez y Margarita se va con sus hijos a la sierra, estableciendo un tendejón en el poblado de Etla, para sostener a sus hijos. Después de tres años de separación, al triunfar la Revolución de Ayutla, la familia vuelve a reunirse en Oaxaca, a donde regresa Juárez, nuevamente como gobernador”.

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El panteón fue construido para enterrar a los frailes Fernandinos, que es una rama de los Franciscanos, quienes vivían en el convento, el cual abarcaba la mayor parte de la colonia Guerrero; después se abrió a la población civil, dice Virginia Ortega, directora del Museo Panteón de San Fernando, quien informa que aquí están los restos de hombres y mujeres que fueron parte de “la dinámica social y política del siglo XIX, sobre todo del periodo de la Reforma, de la lucha entre liberales y conservadores”.

Con los restos de Benito Juárez, en 1872, terminan los entierros en San Fernando, aclara Ortega. Más tarde hubo exhumaciones, y entre los personajes que fueron cambiados, en este caso a la columna de la Independencia, está Vicente Guerrero; Ignacio Zaragoza, en cambio, fue trasladado a Puebla.

—¿Quiénes son los principales héroes que están aquí?

—Pues el más visitado, el más reconocido, es el licenciado Benito Juárez; él está enterrado en un mausoleo familiar, junto a su esposa Margarita Maza y cinco de sus 12 hijos; en el panteón también están Ignacio Comonfort y José María Lafragua, con su eterna novia Dolores Escalante; Tomás Mejía, el conservador que murió al lado del emperador Maximiliano; y durante un tiempo estuvo Miguel Miramón, hasta que su esposa, Concepción Lombardo, decide sacar sus restos cuando se entera que en el mismo lugar va a ser enterrado Benito Juárez…

—También hay gente común.

—Así es, también hay gente de la vida cultural del México del siglo XIX; por ejemplo, el actor más importante de esa época, Antonio Castro; Joaquín Ramírez, que fue un pintor muy prominente...

—¿Qué pasó en el caso particular de Isadora Duncan?

—Pues su nicho es uno de los misterios del panteón; esta bailarina estadunidense, madre de la danza contemporánea, no nació en México, nunca estuvo en México; murió en Niza, está enterrada en el cementerio Perla Chase, en París, pero se cuenta que un día, a mediados del siglo XX, admiradores suyos entraron al panteón y colocaron este nicho dedicado a su obra.