Crónicas urbanas

Máscara vs. "Bullying"

Era la década de los noventa. El estudiante de secundaria llegaba a casa y se encerraba para solo escuchar al grupo Café Tacvba, sus ídolos de siempre, y  lloraba. Las canciones de esa banda eran su desahogo. Las letras interpretadas por el cantante lo hacían olvidar la pesadilla.

Y otra vez al día siguiente por la mañana. La mochila le pesaba más de la cuenta. Pero tenía que ir a la escuela y de nueva cuenta escuchar el rosario de burlas. Los apodos le llovían. Eran como una metralla de ofensas. Flaco era el que más le restregaban, debido a su estructura ósea.

En el segundo grado le cargaron más la mano. Seis meses seguidos. En su mente ya comenzaba a geminar la idea de aprender y practicar la lucha libre. No necesitaba inflar sus músculos, sino estar en forma y aprender a defenderse en el cuadrilátero, como si anduviera en el patio de la escuela.

—¿Cuál fue el momento más duro de acoso escolar?

—Haberme desmayado de una pamba en el salón de clases. Perdí el conocimiento. Esa fue una de las veces que más recuerdo una agresión desmedida.

De pronto, mientras narra, es posible observar sus ojos acuosos por los ojales de la máscara de color verde, azul y morado, de la que se alza una pequeña cresta de gallo, y confiesa que se le acaban de agolpar aquellas imágenes de soledad y burla de sus compañeros. “Hubo tardes muy grises en mi vida”, evoca.

Nadie se había preocupado por él. Pero un día que lloraba en las escaleras de la escuela, recuerda, se aproximó un profesor y le preguntó el motivo de esas lágrimas que mojaban la manzana que mordisqueaba.

—En ese tiempo —recuerda— yo tuve un profesor, muy buen maestro, todavía da clases, que me vio llorando en las escaleras y me formuló la pregunta mágica: “¿qué te pasa?”, “¿te puedo ayudar en algo?” Y a partir de ahí fue como yo pude empezar a ver un poco más la luz, para resolver ese problema de acoso escolar, y con su ayuda mi vida cambió, porque comencé a perder el miedo, yo tenía muchísimo miedo de poder decir en mi casa que yo estaba siendo objeto de agresiones.

—¿Y en qué consistió ese cambió?

—De entrada avisarle a mis padres, cosa que yo no quería hacer, y de citarlos para que fueran a la escuela, a ver qué tipo de cosas estaban sucediendo conmigo y con mis compañeros; digo, en aquel tiempo no le llamaban bullying, pero era una situación muy violenta. Con decirte que yo no toleraba ver la mochila en tiempos difíciles.

 

***

Su padre, enfermo alcohólico, que después comenzó un tratamiento; su madre, con 5 hijos, le sugería defenderse. Y él se armó de valor y enfrentó el problema.

Tenía 14 años cuando comenzó a entrenar, inspirado en Café Tacvba, incluida su máscara de luchador. Y recorrería varias arenas del país.

Una vez más se remonta al momento en que confirmó que era una persona con la autoestima muy baja. “Yo recuerdo que siempre fui un chico delgado, bajito de estatura, pero con la lucha libre comencé a reafirmar que a pesar de no tener la corpulencia de un luchador, pues podía entrenar perfectamente”.

Era el año 2005.

Y nació El Tacubo Luchador, como “la necesidad de que hubiera un nombre que me moviera desde el espíritu, desde las entrañas, para comenzar la lucha contra el acoso escolar y continuar siendo un luchador, deportivamente hablando. La máscara está inspirada en distintivos de Café Tacvba, de todos aquellos símbolos y de todas aquellas cosas que ellos sacan en sus discos”.

—¿Y por qué ellos?

—Hubo tardes muy grises en mi vida de estudiante en donde era tanta la presión sobre las agresiones que una de mis válvulas de escape era encerrarme todas las tardes a escuchar música de Café Tacvba, y llorar y cantar, yo solo en mi cuarto, y decir que ellos eran los únicos que me entendían. ¿Sabes cuántas veces en el salón de clases voló mi mochila por los aires? 

— ¿Entonces te acercas al cantante?

—Cuando tuve la oportunidad de conocer personalmente a Rubén Albarrán, en 2009, pues me muestro con máscara, enmascarado, y le cuento muy ilusionado la idea de pedirle un permiso, vamos a decirle así, moral, de que quería llamarme Tacubo luchador, y para mi sorpresa, la idea le encantó, y ellos me dieron su consentimiento para hacer un homenaje a la banda, desde mi trinchera, desde mi actividad deportiva. Imagínate poder llegar a cumplir ese sueño. Porque yo de morrito sí decía: “Cuando yo sea grande, ellos van a ser mis amigos, porque son los únicos que están conmigo en los momentos difíciles”, y pues… sí se cumplió.

 

***

—¿Y en qué momento propones a las autoridades ir a las escuelas a dar espectáculos contra el bullying?

—Las actividades que hago de prevención de acoso escolar comenzaron como parte de un proyecto personal desde que me puse esta máscara, y empecé a ejercerlo como parte de mi servicio social de mi carrera, ya que estudie Comunicación en la UNAM, y fui a las escuelas para sensibilizar sobre el tema. He tenido la oportunidad no solo de trabajar con chavos y niños, sino de hacer un trabajo más integral con profesores, con padres de familia, con autoridades escolares.

El Tacubo Luchador es entrevistado en un parque de Iztapapala, muy cerca de una escuela secundaria donde acaba de impartir un taller-espectáculo, frente a unos 600  alumnos, algunos de los cuales interactuaron como parte de un programa de la Secretaría de Seguridad Pública. En la escuela, les dice ya al final, “la única forma de rifártela es con el deporte”.

—¿Qué podrías decirle a los chavos que sufrieron como tu?

—A cualquiera chico, chica, persona que esté pasando por una situación de acoso o de violencia escolar, lo primero que tiene que hacer es controlar su miedo, porque se siente mucho miedo, la gente muy fácil dice dilo, háblalo; hay que acercarse a alguien de confianza para poder externar lo que en ese momento pasa.

— ¿Y qué has notado entre jóvenes?

—Los chavos están pasando por situaciones traumáticas. Los suicidios están aumentando. He visto a niños cortarse los brazos. De que otros les dicen: “si no te los cortas, te los cortamos”.  

Por eso, El Tacubo Luchador —que recibió la medalla Dr. Gustavo Baz Prada 2013, otorgada por la UNAM— ofrece conferencias y talleres que denomina “Convivencia sin límite de tiempo”; y ahí va, en busca de acosadores para poderlos pacificar.