Crónicas urbanas

Blake, el maquillista del horror

El primer día que Franco Vázquez Blake y sus compañeros llegaron al curso de maquillaje, en el Centro Universitario de Estudios Cinematográficos, una de las profesoras les informó que sus referencias bibliográficas iban a ser la revista Alarma y las fotos de nota roja de los periódicos.

Y allá iban, con manojos de diarios bajo el brazo o en sus bolsas, y poco faltaba para que escurriera sangre —es un decir— de tan particular material didáctico. Entonces supieron que todo tenía que ver con lo que les gustaba, pues era necesario darle veracidad al oficio al que se dedicarían.

Blake era consciente de que quienes se dedican a esa labor son un poco morbosos y tienen cierto aguante —“estómago”—, pues si alguien llega y le pide el maquillaje de un muerto, o que incluya sangre, debe ser minucioso y preguntar al cliente el tiempo que lleva fallecido el personaje.

Y para eso deben tener nociones de cómo murió, de qué falleció, pues es diferente si una persona perece asfixiada con una almohada o con una cuerda o con algo que comió, pues pudo haberse atragantado. Por lo tanto el maquillista y caracterizador también deben tener conocimientos de anatomía y algo de química.

Es un oficio en el cual a veces  deben actuar como forenses, ya que es necesario conocer cómo se coagula la sangre, por ejemplo, cuyo proceso depende del clima y el lugar del cuerpo, además de la posición y el tiempo.

“Sin duda”, comenta Blake,  “hay que hacerle al forense un poco,  y más si te gusta el cine de terror o sus subgéneros”.

Y el aprendizaje continúa.

“En otro curso, el de GoFx”, recuerda Blake,  de 32 años, “aprendí que las proporciones, las texturas y la atención a los detalles dan más realismo a lo que realizas. Con ello tu trabajo es más profesional y cada vez más creíble”.

No cabe duda que el proceso de maquillaje y la caracterización en el cine, especifica, “van de la mano desde que se concibe una idea y hasta la realización de la misma, pues un buen maquillaje depende de una buena planeación”.

Franco Vázquez Blake —“no hay un error tan grande como el de no seguir adelante”— dice que su apodo se debe a su admiración por William Blake, poeta y pintor inglés, “quien afirmaba que las artes y la poesía no se pueden separar porque son un esfuerzo espiritual unificado”.

Y parafrasea a su tocayo Blake: “Creo que hacer lo que nos apasiona nos vuelve sabios”. Él se entusiasma con los detalles. 

Lo demuestra mientras diseña una máscara sobre el rostro de Maximiliano, Max, nuestro compañero cámara, quien soporta con serenidad la caracterización.  

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Desde la preparatoria le llamaron la atención las caracterizaciones y el maquillaje cinematográficos; incluso, antes de salieran películas de George Romero; admiraba los efectos especiales de La tiendita de los horrores, dice, y quería entender cómo los hacían. Entonces estudió comunicación en la UNAM, y ahí tuvo la oportunidad de tomar un curso, “que eran muy divertidos”.

La película que más le gustaba era Hellraiser y lo que hacía Clive Barker; y el personaje de Freddy Krueger, por supuesto, ha sido uno de los maquillajes que más le ha impresionado. El primer lugar de la lista está Frankestein. 

—Y te invitan a hacer cortos.

—Hemos trabajado para seis cortometrajes; uno, ya fue exhibido;  otro que está festivaleando, y  tenemos uno más en posproducción, donde hice desde diseño del personaje, hasta la caracterización o maquillajes sin caracterización; la diferencia es que cuando caracterizamos utilizamos prótesis; cuando maquillamos, no necesariamente.

Blake prefiere usar componentes orgánicos, dice, para no causar daño a los actores, “y tenemos técnicas de sellado para que el maquillaje dure más tiempo, ya que cuando hacemos cine es complicado el rodaje por la iluminación”.

Entre las películas realizadas están 3AM, sobre un matemático que se vuelve loco; Tradición familiar, que trata de canibalismo. “La grabamos en la Roma y fue una experiencia impresionante”, comenta. “Tenemos uno en posproducción: La mano del diablo, que habla de cómo la gente, a lo largo de la historia, ha pensado que la mano izquierda la maneja el diablo. Uno más, Oportuna, es sobre nahuales”.

—¿Y cuál es tu intervención?

—En Tradición familiar, el diseño del personaje: una persona a la que teníamos que dejarle la mitad de la cara desollada; a otra chica que le extraen un riñón le hicimos el diseño de la herida. Etcétera. El terror siempre es lo que me ha llamado la atención.  

—Y cuáles han sido tus caracterizaciones favoritas.

—La lista es bastante larga. Me gusta mucho el trabajo que hicieron con Fredy Kruger, el original; eran horas en andar maquillando, capa sobre capa sobre capa; muchos decían que Robert Englund, el actor, cuando acaba el rodaje, se arrancaba el maquillaje porque ya no aguantaba el calor que se generaba. Me gusta mucho el trabajo que hicieron con El despertar del diablo.

—¿Y cuál es tu máxima aspiración?

—Trabajar para Guillermo del Toro. Creo que es impresionante todo lo que ha hecho desde dirección, producción, efectos especiales, todo, porque él sí ha hecho prácticamente todas las labores del cine.

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Blake dice que cuando tiene definido el personaje que va a realizar, “lo siguiente es hacer un life cast del actor o actriz”, como lo llama, que consiste en sacar un molde del rostro o de alguna parte específica, según se requiera.

El siguiente paso es modelar con arcilla o plastilina de escultor para dar forma a lo que se requiera: quitar o poner rasgos o hacer las prótesis a la medida, y cuando termina el modelado, hace un nuevo molde de lo que esculpió.

Con ese segundo molde, explica, sigue un proceso de vaciado; aquí usas distintos materiales, dependiendo las texturas o el presupuesto.

Tras realizar el vaciado, saca la pieza, se coloca en el actor y comienza la fase de pintado. En seguida detalla, iguala colores, da efectos de luz.

Y antes del llamado a escena —describe— se hacen los últimos retoques del maquillaje, como sangre, sudor, pus, retoques de vestuario, etcétera, y concluye el proceso de maquillaje y caracterización.

Es laborioso el trabajo que realiza con Max, compañero cámara, quien facilita su rostro, mientras Austin Tres Dieciséis, realizador excepcional, escruta desde diferentes ángulos: Blake limpia el rostro del actor, en este caso Max, pues “nuestro cuerpo segrega sustancias que limitan la funcionalidad de los adhesivos”.

Protege la piel y luego coloca la prótesis; tras ajustarla, realiza el maquillaje, que consiste en poner una base similar al tono de la piel.

Con un pincel, después de igualar el pigmento, empieza la aplicación del maquillaje en forma minuciosa, ya que debe llegar hasta los pliegues más profundos, teñir los tonos, las sombras y demás rasgos en ojeras, pómulos, mandíbulas.

“Ya con la base y las sombras, se da luz al maquillaje”, explica Blake. “Después vienen lo detalles: se le maquillan los dientes, las heridas, se aplica la sangre, ponemos la peluca, empolvamos el cabello y traemos al muerto a la vida”.

Es lo que hace.

Y listo.

En su taller, El maquillista del horror ha puesto en práctica las técnicas aprendidas, para convertir a Max en un muerto viviente.

Es una mutación cuyas lóbregas ojeras nos recuerdan al gran Michael Jackson en su clásico video de “Triller”.