Crónicas urbanas

Luto y cenotafios en el asfalto

Nadie sabe cuántos son, pero están sembrados en varias partes de la ciudad, sobre todo en extensas vías, algunos con flores frescas y otros abandonados. Es una señal de que allí falleció alguien

Proliferan sobre el asfalto de una ciudad donde la principal causa de muerte es por "hechos de tránsito", como está clasificada por autoridades, aunque esos símbolos fúnebres, en menor medida, también han sido erigidos en recuerdo de personas que fallecieron en forma violenta o porque ahí mismo palmó un indigente, cuyos amigos adornaron un par de maderos para honrar su memoria.

Uno de esos casos es el de Agustín Morales, Burrito, en cuyo fallecimiento se conjugaron indigencia, alcoholismo y arbitrariedad policiaca, es posible resumir a partir del testimonio de un amigo, Javier Morúa Martínez, un lavador de autos que desde hace años labora muy cerca de las agencias del Ministerio Público ubicadas atrás del edificio central de la delegación Cuauhtémoc.

—¿Qué le pasó a Burrito?

—Al señor Burrito le pasó una mala jugada en la vida. Vivía aquí en la calle —recuerda Morúa, mientras señala una parte del jardincito—, pero en una ocasión se le hizo fácil meterse en un carro, aquí a la vuelta, un carro sucio y abandonado; se metió a dormir, pero luego salieron los judiciales y, según ellos, el carro esta reportado como robado y se lo llevaron.

Burrito fue trasladado al Reclusorio Norte, del que salió un mes después, añade Morúa, oriundo de Atizapán de Zaragoza, Estado de México, quien es acompañado de un travesti que a veces interviene en la plática.

—Y salió...

—Sí —repasa Morúa—, salió todo golpeado del reclusorio. Llegó conmigo y me dijo que tenía hambre y le invité un tamal y un atole, luego me pidió para un trago y le di para su trago; después, como a las 12:00 horas, me dijo que se sentía mal y que se iba con su familia, me pidió para el taxi, le di para su taxi, y llegando a su casa, como 15 minutos después, como a la una y media, nos hablaron de que había fallecido.

—¿Y colocaron una cruz?

—Sí, Gema, que viene a trabajar aquí.

—Eran grandes amigos.

—Pues sí, porque aquí somos conocidos y aquí trabajamos.

Y ahí, en un rinconcito del jardín, con el césped bien cuidado, están dos pedazos de madera y rosas que recuerdan a Burrito.

Y están otros, que a todas horas arriesgan su vida en la calle, pues sortean el paso de autos mientras lanzan chorros de agua en parabrisas.

Ese mismo escenario y otras circunstancias se mezclaron en el cruce de Buenavista y Puente de Alvarado, la medianoche del 4 de julio de 2010, cuando murió Mauricio de Jesús, de 32 años, no muy lejos de donde comenzó la agonía de Burrito.

***

En el vértice del camellón de Puente de Alvarado y Buenavista, a pocos centímetros de donde ruedan las llantas del Metrobús, está una pequeña cruz negra, un payasito de peluche, una botella de plástico enfundada y una cuchara de plástico.

Enfrente, sobre el camellón, un hombre de baja estatura y sonrisa fácil, coloca a sus dos perritos al pie de un poste y ofrece su servicio de limpiaparabrisas. Es Leonel Castillo, hermano de Mauricio de Jesús, que también se dedicaba al mismo trabajo.

—¿Qué pasó ese día, Leonel?

—Mi hermano tuvo una riña con un amigo. El amigo lo aventó a la avenida y lo atropellaron. Se lo llevaron a un hospital y falleció. Mi esposa, su cuñada, y los amigos le ponen los muñequitos.

—¿Cómo era su hermano?

—Buena onda, chido, jajajá.

—¿También se dedicaba...?

—También era limpiaparabrisas.

—¿Y agarraron al que lo atropelló?

—No, se fue el méndigo, jajajá, se fue el hijo de su p... m... Jajajá. Más bien yo no estaba. Ni la familia estaba. Cuando lo atropellaron, al otro día lo encontramos en el hospital, ya había muerto. Sí, a mi hermano lo aventó un amigo...

Pero hay grandes vías sobre las que el riesgo es continuo y el número de muertos parece ser una cuota fija para las estadísticas.

***

Un ejemplo de una vía peligrosa es Aquiles Serdán, también conocida como Parque Vía, donde han muerto atropelladas varias personas, entre ellas, hace tres años, Samanta, estudiante del Colegio de Ciencias y Humanidades Azcapotzalco.

Samanta tenía 16 años.

La arrolló un camión sobre la avenida Hacienda de Sotelo y Parque Vía, un cruce de intenso tránsito vehicular y peatonal, que parece no tener fin.

En ese lugar hay una cruz y una cajita metálica blanca y flores de plástico, con manuscritos de fechas y signos sobre la base de cemento.

"Te amo". "Okaso". "TQM". "Abue". "Vicky". "Te amo. Maité". "SAM". "TE AMO". "Gracias". "TQM". La figura de un corazón pequeño adorna el cenotafio.

Muy cerca de ahí, en la banqueta de la calle Doroteo Arango, colonia Francisco Villa, cayó infartado Pablo Ramos, profesor de la secundaria número 143.

Hay una cruz blanca de mármol, rosas rojas, una placa y una inscripción: "C cariño para el maestro, para el amigo, para el compañero".

Y a la vuelta, sobre Parque Vía, colocaron dos pequeñas cruces al pie de un árbol, donde murió el joven Israel Silva, cuya motocicleta de pista se estampó contra el poste que sostiene una videocámara de seguridad y luego cayó sobre la banqueta.

Ese mismo mes y año, octubre de 2011, del otro lado de la avenida falleció Francisco Alberto, de 26 años, quien había salido de una calle en una bicicleta y se metió en sentido contrario.

Sobre el camellón hay dos cruces, negra y blanca, y adornos que penden
de árboles y algunas frases: "Recuerdo de
tu familia. Te amamos carnalito".

A pocos metros de ahí está el negocio de Antonio Velázquez, testigo de varios accidentes. "La gente no se fija —comenta— o se confía mucho en que puede caminar muy rápido, y se pasa".

—¿Como cada cuando hay accidentes?

—Como dos accidentes cada fin de semana. Eso es en el día. Sin contar los que pasan en la madrugada. Uno en particular que se me quedó grabado: se atravesó un taxi el cruce de Puente de Guerra y un Chevi lo volteó con todo y pasajeros. Luego otro del chavo que venía en sentido contrario en la bicicleta, al parecer drogado, y lo atropellaron y ahí quedó.

—¿Y motociclistas?

—...Todos vienen con exceso de velocidad. Hubo uno casi frente al CCH, que por querer lucirse, dicen, chocó contra el camelloncito de en medio y se empezó a desbaratar de la velocidad que había tomado.

Todo ocurre en una de las ciudades más grandes del mundo, donde el luto ornamenta el asfalto.