Crónicas urbanas

La otra 'Lore'

El jefe de los tres agentes de Investigación informó al fiscal que ese día, 20 de septiembre, acataban la orden de indagar el paradero y presentación de La Lore, de 20 años, por lo que indagaron las zonas que frecuentaba quien, junto con parientes, había participado en una serie de secuestros, delito considerado dentro de los cinco más violentos y cuyas denuncias, hasta el pasado agosto, sumaron 35 en el DF, sin tomar en cuenta lo que estudiosos y organizaciones civiles denominan las cifras negras.

El delito cometido por La Lore y sus tíos, también conocido como “privación ilegal de la libertad”, se convertirá en un número más en las cifras de septiembre, como sucede en todos los recuentos oficiales al Sistema Nacional de Seguridad Pública, que de enero a agosto, en todo el país, fue de mil 67 casos, según un resumen entregado por procuradurías estatales; aunque no todas estas dependencias cumplen con esa obligación, ya sea porque no hubo denuncias o porque los datos fueron parciales.

Un documento del organismo México Evalúa, denominado Índice de víctimas visibles e invisibles (IVVI), de delitos graves, El daño que no se conoce, entre los que están homicidio, secuestro, extorsión y robo con violencia, incluido el de auto, señala que “es la violencia la que debe estar en el centro de atención de la autoridad y es en este tipo de delitos en los que deben estar volcados los recursos institucionales, materiales y humanos del Estado mexicano”. Pero no es así.

El Índice se construye con información oficial disponible, pero ésta “refleja sus limitaciones”—precisa el documento, localizado en internet—, pues “no ha sido auditada y, como sabemos, solo refleja delitos que han sido denunciados: 20 por ciento del total, según se estima a partir de encuestas victimológicas”. Y a pesar de todo, reconoce, la información tiene sus ventajas, ya que desde 1997 se actualiza cada mes.

Y sin embargo, acota ese organismo en la introducción de su estudio, las denuncias no corresponden completamente ni al número de delitos, ni al de víctimas. “En otras palabras, no reflejan fielmente ni la incidencia ni la prevalencia delictiva. En específico no se contemplan los delitos no denunciados, la llamada cifra negra”.

Los daños que los delitos violentos generan son profundos. “Quizá podamos contabilizar los costos materiales que imponen, porque los que quitan esperanzas, los que dejan huellas indelebles en las emociones y en las expectativas, esos difícilmente se pueden dimensionar y mucho menos reparar”, finaliza el texto escrito por Edna Jaime Treviño, directora general de México Evalúa.

Pero de esos daños, ni las consecuencias ni el sopeso de sus actos están en la mente de los delincuentes, como La Lore, una mujer que vivía con su familia, sin que nadie de sus vecinos sospechara que ella y sus tíos formaran un grupo dedicado al secuestro y la distribución de drogas. Ella, según la información recabada, era la encargada de vigilar los lugares donde estaban las víctimas.

La presunta culpable se movía con cierta calma entre Cuajimalpa y Huixquilucan, además de viajar algunas temporadas a Tabasco, donde se quedaba en casa de unos parientes. Hay personas que cometen algún delito y piensan que el tiempo borrará todo, pero es probable que un día aprehendan a sus cómplices y éstos desembuchen sus correrías en el mundo del crimen. Es lo que sucedió con La Lore.

Los agentes de la Fiscalía Antisecuestro fueron precavidos, a pesar del perfil de una muchacha que aparentaba ingenuidad en su empaque de niña coqueta: ojos grandes y pestañas rizadas, el pelo echado hacia atrás, ceñido con una diadema blanca cuyas puntas bajaban detrás de sus orejas, adornadas con dos perlitas.

Traían la orden de “búsqueda, localización y presentación de la probable responsable”, como rezaba el documento, de modo que se trasladaron a la zona en diferentes días y horarios, hasta que encontraron el domicilio de La Lore, alrededor del cual establecieron una vigilancia discreta, tanto a pie como en patrullas.

Ésa era una de las zonas en que podía ser localizada La Lore; la otra, según la indagatoria, en el municipio de Huixquilucan, donde vive una de sus tías, por lo que también hacia allá se trasladaron, en diferentes días, sin poder localizar ningún rastro de ella. Por eso es que decidieron abocarse más a Cuajimalpa.

Y aguardaron.

Y fue ese día, 20 de septiembre, a las 20:30, cuando aquel hombre y sus agentes, entre ellos una mujer, se apersonaron frente a La Lore, quien caminaba por calles de esa delegación, y practicaron lo que ya forma parte del protocolo en la Policía de Investigación: le dijeron que tenía derecho a ser asistida por un abogado.

De ahí la condujeron a la Agencia Especial de Investigación para Secuestros, de la Procuraduría General de Justicia del DF, y relató que ella sabía que sus tíos apodados El Bebé, El Frijol y El Joyas, junto con El Nano, se dedicaban a “levantar y asesinar” personas en Cuajimalpa y Huixquilucan, donde se reunían para comer y planear.

En restaurantes de esos lugares tramaron el secuestro y asesinato de El Jeras o El Matón, así como de un joven apodado El Chato, hijo de El Chona, un distribuidor de drogas, también liquidado, junto con El Pechugas, en venganza contra el penúltimo, al que un tío de La Lore señalaba como culpable de que lo hubiesen metido al reclusorio.

La Lore era ojos y oídos de la banda. Por esa labor de espía y soplona le pagaban entre 100 y 200 pesos. Ella les informaba de lo que decía la gente y los movimientos de policías, tanto preventivos como de investigación. Ella sabía que sus tíos también habían asesinado a El Burguer y Los Mecánicos.

Dos de los lugares donde la mandaron a vigilar fue en una joyería de Cuajimalpa y otro lugar ubicado en la carretera Toluca-Naucalpan. “Asimismo refiere que todo lo hacían por el control de la venta de droga y por dinero —señala el informe policiaco—, para lo cual se hacían pasar por policías, utilizando unos troqueles que les ‘habían bajado’ a unos ‘judiciales’”.

El novio de La Lore, apodado El Gargajo, era el que se encargaba de manejar un taxi pirata, de la marca Chevy, a bordo del cual “trasladaban a las personas al monte, donde las privaban de la vida y las enterraban”.