Crónicas urbanas

La Torre Latino estrenará vestido

El emblemático edificio, ubicado en la esquina de Eje Central Lázaro Cárdenas y Madero, catalogado como histórico, cumple 60 años y ya planean renovarlo. Los recuerdos pasan intramuros.

La Torre Latinoamericana, de 48 pisos y 182 metros de altura, se alza en una franja que forman la esquina de Eje Central Lázaro Cárdenas, antes llamado San Juan de Letrán, y la calle Madero, quizá el cruce peatonal más bullicioso de la Ciudad de México. Fue construida de febrero de 1948 al 30 de abril de 1956, año en que Rosa María Calderón Robles, quien vive en la colonia Avante, frisaba los seis; desde muy joven quedaría ligada al edificio.

Todo empezó cuando ella tenía 17 años y estudiaba "estética" en una academia. Un día su maestra le dijo que en el piso 37, despacho 01, del naciente edificio, había establecido un negocio y que la invitaba. La construcción, inspirada en el Empire State Building de Nueva York, estaba reluciente. Era un "rascacielos", como lo llamaron, el más grande de la ciudad, en cuyo derredor la circulación era calmosa y la atmósfera transparente.

Y llegó al edificio.

Encontró el Salón Cielo.

Hace 14 años reubicaron el salón de belleza al piso 16, despacho 01, donde ahora, con 49 años, casi medio siglo de trabajar aquí, Rosa María Calderón Robles, Rosita, rememora el día que su maestra Mercedes Carbonell, allá por 1959, la invitó a trabajar; años después, en 1967, su mentora y amiga decidió casarse y ella, Rosita, se asoció para quedarse con el negocio.

—Casi medio siglo.

—Sí —responde Rosita, de hablar pausado—, haga usted de cuenta que he vivido más en la torre que en mi casa; me siento adherida a sus muros, a sus ventanales.

—Y qué más recuerda.

Una sonrisa apenas perceptible y mira hacia arriba, como si hiciera esfuerzos por imaginar algún pasaje de los años que ha pasado en Salón Cielo, del que se divisa parte del norte de la ciudad, a veces nítida, a veces nebulosa, casi siempre grisácea.

—He vivido muchas experiencias: temblores, conatos de incendio, ulular de ambulancias, mucho ruido, ruido de las manifestaciones; pero a pesar de todo insisto en continuar aquí —dice, mientras se escuchan las notas de un organillo de la calle Madero.

—¿Y antes?

—El único ruido era el del tráfico aéreo. Era una belleza el centro, había tranquilidad; no había tanta contaminación; desde aquí podíamos ver los volcanes.

Durante mucho tiempo, hasta hace tres años, Rosita venía al trabajo en su auto, pero los problemas viales le impiden llegar a "La Torre", como también le dicen a este inmueble, declarado Patrimonio Monumental de México en 1997.

—Han resistido temblores.

—Sí, y 1985, a pesar de ser el edificio más grande, resistió; por eso estamos con tranquilidad.

Los clientes de Rosita han sido empleados de bancos y tiendas; hace mucho, recuerda, venían de Las Lomas y Polanco, pero ahora ella tiene que ir a sus casas, pues las señoras tienen entre 75, 80 y más años, lo que les impide trasladarse.

—He atendido a tres generaciones de clientes: abuelas, hijas y nietos, los he conservado por trabajo y amistad; tristemente perdí mucha clientela en el terremoto: de Súper Leche, Tlatelolco, la Roma y Centro Histórico. No —añade—, la Torre no fue cerrada más que tres días. Nada más le tomaron radiografías y la volvieron a abrir.

Y ahí están las fotografías de lo que dejó el temblor: la majestuosa Torre Latinoamericana parece emerger de la destrucción; también en el piso 38, donde está el museo, como una reliquia, es posible escuchar el audio con la voz del periodista Jacobo Zabludovsky, obsequiado por él mismo, donde narra lo que sucede en los alrededores.

—Y aquí seguirá.

—Sí, hasta que Dios lo permita —dice Rosita, con una sonrisa que denota nostalgia— aquí seguiré; porque llegar aquí era un verdadero placer. Lo he disfrutado desde el primer día.

Algo similar ocurre con la vida de Pedro Fossas Alcocer, con la diferencia de que él es director de Inmobiliaria Torre Latinoamericana, quien informa que los grupos Carso y Latino se reparten la propiedad de este edificio.

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Desde su oficina del piso 16, Fossas Alcocer escucha el sonido del carrillón, ese aparato de bulbos, instalado en el piso 38, que cada 15 minutos emite sonidos de campanas a través de ocho bocinas. "Esas campanadas me recuerdan mi infancia", dice.

—¿Por qué?

—Porque las oía desde la casa de mi abuelita paterna, Guadalupe Requena, que vivía en la calle de Santa Veracruz número 43, colonia Guerrero. Era una casa de estilo art noveau, de 1700, pero terminó derrumbándose con el terremoto del 85.

Y aquí viene la liga:

—El papá de mi abuelita, José Luis Requena, fue cofundador de Latinoamericana Seguros en 1906, y presidente del consejo hasta 1942.

Es el mismo hombre que ahora está a cargo de promover la remodelación de la Torre Latinoamericana, ese ícono de la Ciudad de México, dice, en desventaja con edificios que se alzan sobre Paseo de la Reforma, donde la renta por metro cuadrado oscila entre los 30 y 42 dólares; en el Centro Histórico, en cambio, es de 80 a 240 pesos.

—El motor de estos elevadores —comenta Fossas— es de hace 60 años y está en perfecto estado; viajan a una velocidad de cuatro metros por segundo. Tenemos el mirador, con 500 mil visitas al año; 20 por ciento extranjeros y 40 de provincia; el resto, de la Ciudad de México y la zona metropolitana. Hace 10 días salió un billete conmemorativo, un boleto del Metro y un timbre postal.

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—Y está en sus 60 años.

—El 30 de abril los cumplió esto edificio que representó un ícono desde que nació, punto de referencia, emblema de la ciudad. La Torre Latino, junto con el Ángel de la Independencia y el Palacio de Bellas Artes, son de los monumentos más conocidos.

—¿Y qué significa que sea catalogado como monumento?

—Entre otras cosas, que no podemos hacer modificaciones que cambien su fisonomía. De alguna manera tiene que seguir teniendo la misma apariencia física desde su origen. Estamos en pláticas, principalmente con las autoridades locales y federales, para ver de qué manera podemos concretar estos proyectos y ponerle vestido nuevo a este edificio.

—¿En qué consistiría?

—Cambiar los elementos de la fachada, sin afectar la fisonomía. Lo haremos con materiales nuevos, tecnología de punta; no solo renovar o recapturar la belleza, sino para que en el interior haya beneficios.

La renovación de este edificio, "puerta de entrada al Centro Histórico", según Fossas, costaría de 200 y 250 millones de pesos. "Ahorita la Torre rompe con la armonía del entorno, entonces sería ideal renovarla lo antes posible".

Los trabajos, calcula, "no tardarían más de tres años, pues una vez trascurrida la curva de aprendizaje, nos iríamos bastante rápido. Y culminaríamos con una iluminación arquitectónica. También quiero poner un faro de láser allá arriba, que esté girando 360 grados, y tenemos la intención de hacer un Scaibot..."

—¿Qué es eso?

—Un andador en el vacío, donde tú puedas caminar dándole la vuelta al edificio en 360 grados, a través de un tubo que va arriba, una línea de vida que te va a asegurar no caer. Hay varios en el mundo. El que quiero copiar es uno que está en Nueva Zelanda, en Auckland.

En el proyecto de inversión para sostener económicamente el edificio también establecerán publicidad de vanguardia.

Explica:

"Parte de lo que estamos hablando con las autoridades es poner unas pantallas de Led en el piso 49, 41, para, entre otras cosas, dar la hora, el clima, contaminación, ahorita que está tan de moda con el No circula y todo eso. Idealmente nuestro objetivo es publicidad, que nos daría fondos para la renovación del edificio".

Este edificio de 44 pisos, símbolo de la capital del país, fue construido de febrero de 1948 al 30 de abril de 1956; y será modernizado, aseguran, sin que pierda la esencia de su diseño, concebido por el arquitecto mexicano Augusto H. Álvarez.