Crónicas urbanas

Infancia prostituida

Es la única mujer de 17 hermanos. En su niñez fue violada y vendida en Estados Unidos. Su padre, hondureño, dirigía una red de trata en aquel país; su madre, de Veracruz, su cómplice. En el DF fue esclavizada.

En 2011, después de ocho años de ser obligada a prostituirse en diversas partes de Estados Unidos,  Rebeca logró escapar de una red de trata, dirigida por su padre, y llegó a la Terminal de Autobuses del Norte, en el DF, donde un individuo salió a su encuentro para ofrecerle trabajo; segundos después, sería obligada a subir a una camioneta Van blanca, donde también había otras jóvenes de su edad.

Pronto fueron trasladadas a un hotel de La Merced, cuyos muros sirvieron para mantenerlas amarradas. Mucho tiempo estuvieron en esas condiciones, dice Rebeca, y recuerda que solo eran liberadas cuando llegaba un cliente; hasta que, tres años después, fueron rescatadas por un agente judicial, que a los tres días sería asesinado. Todo empezó en Tulancingo, Hidalgo. Rebeca tenía ocho años.

En la plaza de la Soledad, corazón de La Merced, Rebeca, de 22 años, tez morena, robusta, sonríe y saluda a conocidos suyos; entre ellos hay menesterosos y otros de pasos tambaleantes y palabras desordenadas, que cuchichean cerca de la muchacha carismática, quien también saluda a sus amigas prostitutas que aguardan sobre Anillo de Circunvalación y calles aledañas.

Ella sonríe, carcajea y echa relajo; pero pocos saben la historia de esta joven, que se enorgullece de estar sana y salva, además de no haber caído en las drogas, dice, mientras avanza y comenta que su entereza también se la debe a directivos de Brigada Callejera, una organización civil que defiende los derechos humanos de prostitutas y personas que viven en la indefensión.

***

 —¿Cómo fuiste de niña?

—Mi papá es hondureño y mi mamá es de Veracruz, somos 17 y se murió uno; soy la única mujer, la más chica, mis padres me decían que hubieran preferido tener otro niño y siempre viví con regaños. Entonces, mi padre se separa de mi madre y se junta con otra mujer; ella también se junta con otra persona, quien al año empieza a tratar de abusar de mi, hasta que una vez llegó tomado, le pegó a mi mamá y me empezó a tocar; lo hizo de los 6 a los 8 años. Mi mamá decía que todo eso me pasaba porque yo le había quitado el cariño de mi papá…

 —¿Y luego?

—Me voy a Estados Unidos con mi papá y mi mamá va y nos busca; mi papá vuelve a regresar con ella y se embaraza de mi hermano Jesús, el varón más chico, pero mi mamá nos deja con mi papá y él se vuelve a juntar con la otra señora. Yo tenía 10 años cuando empecé a cuidar a mi hermano. Mi mamá se viene para México y a los dos años busca a mi papá y vuelven a regresar, pero esta vez él nos prostituye.

—¿En qué parte de Estados Unidos?

—En Carolina del Sur. Mi mamá también trabajaba para mi papá, empezó con las dos; me decía que era porque pues yo ya le debía mucho y tenía  que pagarle todos los sacrificios que hacía por mí, y a mi mamá le decía que porque ya le había gustado andar de fácil, con uno y con otro, y entonces mi papá contactó a un compadre que él tiene, que desde joven ha sido padrote, y empieza a hacer contactos con él y a conseguir más mujeres. Yo tenía 10 años, iba para los 11.

—¿Y cuánto tiempo tardan así en EU?

—Cuando cumplo 12, mi papá nos vende con su compadre, con el que empezó en el negocio; me vende, si no me equivoco, por 135 mil dólares; a mi mamá, por 55 mil, y esta persona, llamada Orli, nos lleva a Tampa, Florida, y ahí nos empieza a vender; después, mi papá llega con otras dos mujeres, una colombiana y una puertorriqueña, para que también se prostituyan.

Y viene la segunda etapa, ya a los 17 años, cuando Rebeca logra liberarse, pero pronto le cortaron las alas.

Relata:

—Llego a la Ciudad de México, a la Central del Norte, y me agarran y me suben a una camioneta y me traen a un hotel, el hotel Liverpool,  que está aquí sobre Circunvalación, junto a la clínica 6, y me tienen tres años encerrada ahí.

—¿Cómo te liberan de ese hotel?

—Porque un judicial llegó como cliente y nos empezó a preguntar que si estábamos a la fuerza. Éramos como 14 las menores de edad. Estamos hablando de hace tres años. Él entró y me dijo que no me iba a hacer daño, que solo quería saber si estábamos ahí a la fuerza porque ya les habían dicho que habían menores de edad ahí; y sí, me tocó ver en el hotel, a la semana de que llegamos, porque nos amarraron de manos y pies a la cama, te digo, me tocó ver cómo mataban a dos, a una le dieron un balazo y a la otra a puros golpes porque no quería trabajar, éramos puras muchachitas, la que estaba al lado mío, era de Puebla, se llama Mónica. A los tres meses de que él estuvo yendo para ver cómo nos iba a sacar, hace el operativo y nos rescata. Él nos protegió. Se llamaba Ricardo. Fue demasiado lindo porque su señora, Martha, nos brindó su casa, nos dieron ropa, nos dieron comida…

—¿Y que pasó con él?

—Lo mataron a los tres días de que nosotros salimos de brindar nuestra declaración; nos avisan en la madrugada, bueno, le avisan a su señora que su marido estaba muerto. Fue en 2011.

—¿Y los explotadores fueron castigados?

—Supuestamente les dieron 14 años; pero por la buena conducta y varias cosas, y por el licenciado que metieron, les bajaron la sentencia.

—¿Como se llaman?

—La señora se llama Catalina, no me acuerdo de sus apellidos, y este señor se llama Alejandro; tenía otro muchacho al que le decían El Negro, era el que le ayudaba a la señora a darnos de comer y a cambiarnos y a bañarnos.

—¿Y ahí llegaban los clientes?

—Sí, has de cuenta que en la entrada los revisaban para ver si no traían un arma o algo por el estilo, pero si al cliente le gustaba pegarte o el cliente era violento, ellos no decían nada,  ellos nada más les decían: si les vas a pegar, es tanto.

—¿Nunca te entrevistaron los agentes para hacer una investigación más profunda sobre este caso?

—No, de hecho después de que metieron a estas personas a la cárcel, lo único que recibí, la ultima vez, fue una amenaza por parte de ellos, de que iba yo a regresar a lo mismo, ahora que salieran; apenas tiene un mes que vi al muchacho que les ayudaba y me dijo que no faltaba mucho para que salieran y que había mandado a decir, el que nos padroteaba, que en cuanto él saliera todas sus putas, así lo dijo, todas sus putas íbamos a regresar con él…

—¿Y tienes miedo?

—Pues miedo, no, porque ha pasado mucho tiempo; la otra, es que ya no estoy sola, ya no me siento sola; al contrario, me siento segura, porque han cambiado mucho las leyes y creo que no sería su conveniencia de ellos volver a hacer lo mismo, ¿no?, porque así como van las leyes, pues ahora sí que se haga algo.

Es la historia de Rebeca, una joven que, a pesar de todo lo que le sucedió, es desenfadada y risueña; y sin temor, dice, labora durante las noches en esta franja de la ciudad, donde sigue abierto el hotel donde ella estuvo secuestrada.