Crónicas urbanas

Indígenas, drogas y violencia

Hace tiempo circuló la idea de que indígenas radicados en Ciudad de México vivían al margen de adicciones; pero el mito se derrumbó cuando las evidencias mostraron lo contrario entre algunos descendientes de aquellos que hace años emigraron a la capital. Lo supo el profesor Jorge Morales, quien fue llamado para que interviniera en el asunto, ya que presentó un proyecto basado en sus experiencias.

La más reciente intervención de Morales, quien había participado en programas exitosos, fue después de que la Secretaría de Desarrollo Rural y Equidad para las Comunidades (Sederec) recibió una alerta de que en un predio de la etnia triqui se presentaban casos de violencia, delincuencia y drogadicción, por lo que “solicitaban acciones alternativas para dar solución al problema”.

El problema apuntaba hacia la delegación Gustavo A. Madero. El profesor sabía, sabe, que la práctica de un deporte, apoyado por instancias oficiales, puede inhibir el uso de sustancias tóxicas y amainar la violencia. De modo que armó una estrategia. El taller en el que participó fue “Promoción de factores sociales de protección en el tema de adicciones en jóvenes indígenas de CdMx”.

La infancia de Morales empezó en la colonia Ajusco, delegación Coyoacán —ahí nació en 1963—,  donde disfrutaba esconderse entre grietas y cuevas, o persiguiendo conejos, lagartijas, víboras, tejones y otros animales silvestres que habitaban en ese lugar antes de que se formara una colonia. Las carencias de su familia lo estimularon a fantasear con emprender viajes por el mundo.

Toda esa libertad de que gozaba lo hizo agresivo y rebelde, según sus palabras, y buscó el menor pretexto para pelear, incluso llegar a batallas campales entre bandas rivales de la colonia y otras de áreas vecinas. Él pertenecía a La Banda del Billar, la más temida del rumbo, de acuerdo con su bosquejo autobiográfico, pero el estudio y el deporte le cambiarían el panorama. Entonces acabó la indisciplina.

Entró a la Facultad de Ingeniería de la UNAM, pero quedó trunca la carrera, y se dio cuenta que ése no era su destino, de modo que la inquietud lo llevó a conocer la mayoría de los estados de la República mexicana, acompañado de un amigo, y lo hizo como los jóvenes de su época: “Con aventones”. 

En una de sus tantas aventuras se cruzó en su camino el profesor Jerzy Hausleber, conocido como “El padre de la marcha en México”, quien lo acogió y le dio trabajo en 1993, año en que “mi sueño se hizo realidad”, pues conoció parte de Sudamérica, Australia y España, entre otros países.

Para Morales, la enseñanza más grande del entrenador polaco —1 de agosto de 1930, Polonia; 13 de marzo de 2014, Ciudad de México— “fue dar y servir sin pedir nada a cambio, porque disfrutaba platicar con él, intercambiar ideas o debatir sobre temas relacionados con los avances deportivos o científicos”.

Lo había acogido el entrenador que hizo triunfar a medallistas del tamaño de José El Sargento Pedraza, Ernesto Canto, Raúl González, Bernardo Segura y Daniel Bautista, entre otros. Un hombre enamorado de México, como se le conocía, que en 1993 fue condecorado con el Águila Azteca, la más alta distinción a un extranjero.

El pasado miércoles terminó el taller  ofrecido por Morales y otros profesionales. Participaron de 45 a 50 niñas, niños y adolescentes de comunidades otomí, triqui, mazahua y náhuatl, informa la Sederec.

“Derivado de ello, 15 niños y adolescentes triquis participan en un equipo de futbol”, agrega un reporte de la dependencia. “Antes, ellos consumían algún tipo de droga y desde que inició la actividad no lo han hecho…”.

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El profesor Jorge Morales tuvo que renunciar a la Comisión Nacional del Deporte, donde trabajó durante años, pues en 2002 nació su primera hija y quería verla crecer, “y para calmar las ansias de viajar”, aceptó ser tutor voluntario en un programa del Gobierno de Ciudad de México llamado “Jóvenes en riesgo”.

El programa consistía en seguir y acompañar a jóvenes que tenían “una enfermedad adictiva”. La respuesta final es que “se lograron rescatar a varios; unos, hoy en día, son profesionistas; otros, padres de familia muy responsables; uno de tantos, por ejemplo, fue Manuel Ortega Luévano, joven en situación de calle, adicto al alcohol y a la mariguana, que a través del deporte
se rehabilitó”.

Más tarde fue invitado a colaborar en el Instituto del Deporte de la capital, donde rescató espacios públicos. La Comuna fue uno de ellos, en las colonias Olivar del Conde, Golondrinas y Barrio Norte, delegación Álvaro Obregón, “una zona considerada de alta peligrosidad por los asaltos, violaciones y la venta de sustancias adictivas. Hoy el deportivo está al cuidado de la comunidad”.

—¿Y ahora? 

—Otra vez el viento me trae a reconstruir el tejido de las comunidades indígenas; gracias a la Sederec, comparto mis experiencias con niños, jóvenes y adultos, quienes viven en un estado marginal muy grande y carecen de afecto, y muchos de ellos están sumergidos en la adicción o en la venta de sustancias. No es fácil, pues el paso del tiempo desgasta, el manual falla y hoy la estrategia es ser uno de ellos; que me han adoptado y me permiten trabajar con 20 personas, logrando que jóvenes dejen de consumir sustancias adictivas… —dice Morales, en breve recuento.

—¿Qué significa el deporte para usted?

—Es mi pasión, mi guía… Un día mi esposa me dijo: “Quieres más al deporte que a mí”. Yo le contesté: “Es que primero conocí el deporte”.

Y esboza una sonrisa.

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Es la clausura de los talleres en los que conviven niños, adolescentes y adultos de diferentes etnias. Están en la azotea del edificio de la Sederec —roof garden, le dicen—, donde se lleva a cabo un festejo.

Todos forman parte del “proyecto de intervención, que consiste en llevar los diversos servicios que tiene el Gobierno de CdMx”, informa Evangelina Hernández, directora general de Equidad para los Pueblos y Comunidades.

En la primera jornada participaron pocos jóvenes; después, aumentó el número, pues hubo varios talleres. “Con este taller e intervención social”, agrega, “se logró la integración intercultural y  el trabajo en equipo, además de poder convivir y compartir con los demás su experiencia con las adicciones”.

La funcionaria dice que antes no convivían; al contrario, se peleaban entre ellos y con otras personas del entorno. Hoy, en cambio, “tienen un fin común: lograr que su equipo gane”.

Y este año, por primera vez, participaron en el Encuentro Nacional Indígena, organizado por la Comisión Nacional del Deporte en Michoacán.

Las actividades continuarán.

Hubo 32 talleres, resume el profesor Morales, quien concursó con el proyecto Buscar alternativas y estrategias que permitan prevenir, rehabilitar y restaurar la célula social de la familia. 

Y ahora van con mazahuas.