Crónicas urbanas

Hazañas del fotógrafo enmascarado

De niño quiso ser gladiador en la lucha libre, pero no pudo por culpa de un accidente; un amigo lo animó a volver, aunque ahora como espectador, así que se puso a retratar luchadores para estar más cerca de sus ídolos.

El fotógrafo enmascarado. En eso se convirtió. Lo hizo después de que un accidente le impidiera dedicarse a practicar la lucha libre. Quedó decepcionado. Fue un sueño que tuvo desde la niñez. Pero un amigo suyo lo convenció de regresar como espectador. Luego, para estar más cerca de sus ídolos, se convirtió en fotógrafo.

—Oye, estoy yendo a las luchas libres, vamos —le comentó un amigo, hace 16 años, cuando él frisaba los 20.

Y se animó.

—Y vuelves.

—Sí —responde Zao, en la azotea del edificio donde vive—, regreso y, pues, vuelve el enamoramiento por ese deporte espectáculo.

Enseguida diseñó dos páginas electrónicas, La web enmascarada y La cuarta caída y, provisto de una cámara, comenzó a fotografiar gladiadores que vuelan sobre los cuadriláteros. Desde los más tradicionales, hasta carnicerías donde se practica la llamada lucha extrema. Hasta allá llegó. Era el año 2000.

Fue el comienzo.

Y Zao es su alias.

Su pseudónimo tiene que ver con el nombre de su niña. Es un homenaje a ella. Incluso se tatuó una pequeña figura. La misma silueta puntiaguda delineó en su máscara, que se enjareta antes de iniciar su aventura por el mundo de los encordados, actividad que veían mal los luchadores.

La condición de los colaboradores, dice Zao, es que tenían que usar máscaras para tomar fotos, y hacer reseñas, un concepto que no solo molestaba a  luchadores, sino que ponían trabas para posar, más todavía si se trataba de un medio electrónico; otros, pocos, facilitaban su labor.

Era un concepto novedoso, único, sobre todo en esa época, 2001-2002, cuando en internet ni siquiera había un sitio especializado en lucha libre; sí, en cambio, proliferaban foros, por lo que se consideraría pionero en ese aspecto.  

Y dio el primer campanazo.

—Cuando yo empezaba —recuerda–  me tocó cubrir una función de máscara contra máscara, de Ángel Azteca contra Príncipe Maya, donde éste subió al ring  en muy malas condiciones etílicas; entonces lo denuncié, pero tuve amenazas de que por qué hacía eso, que no debía meterme donde no sabía.

—¿Cuál es tu principal curiosidad cuando tomas fotografías?

—En la lucha libre, como es un espectáculo, siempre te  asombras: los colores, las mallas, las máscaras, todo es muy llamativo; inclusive,  siempre he dicho que yo soy un aficionado; y aunque ya no pague boleto y esté en la fila cero, estando a ras de ring se me puede ir una foto por un movimiento que hicieron y me quedé así de… “aaahh, tiene años que no veía algo así, qué impresionante”.

—¿Cuál es tu foto favorita?

—La de un luchador llamado Halloween, que está mordiendo al Villano Tercero, un luchador de la vieja guardia que tiene la frente llena de cicatrices, impresionante, y Halloween lo está mordiendo. Él está en un rictus de fuerza, mordiendo a Villano, y Villano está con ese rictus de dolor. Esa imagen es una toma cerrada a las dos caras. Esa foto me ha dado fama mundial, puedo decirlo. He tenido exposiciones en Zaragoza, España; en la Casa George Eastman House, Estados Unidos, y recientemente en Japón.

—¿Cuál es la diferencia de la lucha libre actual con la de antes?

—La espectacularidad: antes era más el duelo de fuerza contra fuerza, a ver quién ganaba la llave y la contrallave: hablamos de luchadores clásicos de los años 30, 40, 50, como Cavernario Galindo, Santo, en algún momento; luego viene la época dorada de la lucha libre, los 60, 70, que son lo  máximo, con Santo, Huracán Ramírez, Blue Demon, Rayo de Jalisco, los grandes, cuando la lucha empieza a hacerse más movida, con la huracarrana y ciertos topes.

—¿Y ahora?

—Podría decir que ya es un 80 por ciento aérea, donde los lances es lo que más se ve; en una función, actualmente, ya no es tanto la llave y la contrallave a ras de lona, eso se ha perdido mucho  para dar paso a la espectacularidad, que son los vuelos.

—¿Y tus luchadores favoritos cuáles son?

—Huracán Ramírez siempre ha sido como mi favorito: el personaje, la máscara, el señor mismo que todavía tuve la oportunidad de conocer, don Daniel García, una persona impecable. Ese es mi luchador favorito.

—¿Tiene mucho de actuación la lucha libre?

—Tengo una página que se llama sípegandeadeveras.com, porque la clásica pregunta que recibo como fotógrafo, como periodista luchístico,  es: “¿Y sí se pegan de a de veras?” Lo que siempre contesto es que uno va a ver en la lucha lo que quiere ver; si uno quiere espectáculo, quiere divertirse y quiere desahogar todo, lo va a hacer; si uno quiere ver, ‘ay, se puso de acuerdo’, lo va a ver. La lucha libre le puede dar todo lo que usted busque en ella. He visto a los luchadores, digamos en vestidores, cuando se quitan el equipo, golpeados, moreteados; o sea, es un deporte de contacto, pero a la vez es un espectáculo…

Y este hombre, cuyo trabajo ya aparece en revistas extranjeras, algunas de estas japonesas, ahora enfoca más su cámara hacia escenarios donde los luchadores se dan con todo. Literal. Es la llamada lucha libre extrema, que en el Distrito Federal está prohibida; en otros estados, en cambio, hay cuadriláteros especiales.

—¿En qué consiste?

—Es lucha libre, pero a la vez se pueden golpear con lámparas, con alambres de púas, con fuego, sobre mesas, con nopales. Hay luchas en las cuales la gente lleva su artefacto, como videocaseteras, tostadores, y con eso se pegan, hay luchadores extremos que tienen la espalda llena de llagas, y para ellos es como trofeo. Es impresionante verlos. Esas luchas se pueden ver en arenas del Estado de México, como en Tlalnepantla, y en otras entidades.

Y son algunas fotos de ese tipo las que lo lanzaron “un poquito a la fama”, reconoce Zao, quien hace un símil:

“Siempre he pensado que es como lo que era el circo romano. Porque con un lamparazo en la frente, de lámparas de neón, y con engrapadoras, se engrapan la cabeza, y usan bates llenos de alambres. Tengo fotos donde el luchador está agachado y con una sierra le cortan. Y hay gente que todavía viendo eso cree que no es verdad.

—¿Y la gente aúlla?

—Sí, hay una catarsis de la gente; si de por sí cuando van a la Arena México… Incluso, la persona que entra de traje, muy recto, a la tercera lucha ya le está mentando madres a los luchadores; no le quiero contar lo que he visto en la lucha extrema: he visto niños que agarran sangre del ring y se la embarran; y uno entra a los vestidores a ver a los luchadores y huele como a rastro; me ha tocado ver cuando los curan, en charcos de sangre…