Crónicas urbanas

El Gaona, multifamiliar sin dueño

Es una de las primeras unidades habitacionales de la Ciudad de México. Fue construida en 1922 y es considerada monumento artístico, pero aumenta su deterioro y sigue en litigio.

La medianoche del pasado 28 de enero, pocos minutos antes de que las manecillas del vecino Reloj Chino marcaran el día siguiente, miércoles, decenas de personas, la mayoría jóvenes, ingresaron al edificio Gaona, marcado con el número 80 de la avenida Bucareli, dispuestas a desalojar inquilinos, por lo que se armó una gran trifulca, pues los vecinos respondieron el ataque y lograron someter a los invasores, quienes poco más tarde serían detenidos por piquetes de granaderos.

Esa madrugada también llegaron paramédicos de la Cruz Roja y bomberos, mientras los invasores, armados de barretas, palos y cadenas, entre otros utensilios, se enfrentaban con los moradores, quienes, no obstante la agresión, lograron organizarse y resistir la batida de los extraños, uno de los cuales blandía una pistola, según María del Carmen Hernández, que advertía con hacer explotar un cilindro de gas en caso de que el intruso cumpliera su amenaza de apretar el gatillo.

Los invasores intentaban desalojar el inmueble cuyo propietario, el torero Rodolfo Gaona, lo dejó intestado, según Hernández, ahijada del director de cine Juan Orol, quien vivió en ese edificio y por cuya instancia, en 1980, fue declarado monumento artístico nacional por la Comisión Nacional de Zonas y Monumentos Artísticos del Instituto Nacional de Bellas Artes.

Han pasado diez meses.

Pero días antes hubo otra incursión, ésta con un número mayor de intrusos, que intentaron amedrentarlos, pero no pasó nada y solo colocaron cámaras, acción que disgustó a vecinos, pues los mantenían monitoreados. Por eso, entre otras cosas, el recelo que se percibe, sobre todo porque una cámara de video, colocada en uno de los departamentos, apunta hacia la entrada principal.

Los problemas de litigio y deterioro, sin embargo, continúan; incertidumbre y desconfianza, asimismo, reinan en el edificio Gaona, ubicado sobre la avenida Bucareli y la calle Emilio Dondé, habitado por alrededor de 50 familias, mientras que la planta baja es ocupada por algunos comercios, la mayoría de autopartes.

De las fachadas cuelgan, después de aquella incursión nocturna, letreros en lonas plastificadas, donde se advierte: “No se deje sorprender. Este inmueble se encuentra en litigio y está custodiado por sus legítimos poseedores y a su vez protegido por algunas instituciones, como son INBA e INAH”, pero sin que nadie se ocupe de su rescate.

Los rótulos de gran tamaño están firmados por la SAEG, que significa Sociedad Activa del Edificio Gaona, integrada por vecinos, como María del Carmen, quien llegó a los tres años al edificio, junto con su mamá, Mariana, enfermera del director de cine Juan Orol, que apadrinó a la niña.

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Entre los años cincuenta y sesenta llegó Juan Orol a uno de los departamentos. “Era un personaje enojón, malhablado y muy noble”, define María del Carmen, cuya madre, Mariana, ahora de 82 años, frisaba los 20.

—¿Y cómo llegaron aquí?

—Bueno, mi madre era enfermera, es enfermera; se pone mal el señor Juan Orol, que vivía en la avenida Bucareli número 90, y lo auxilia; con el paso del tiempo nos quedamos aquí en este lugar; él nos deja un cuarto.

—Y el propietario original es el torero.

—Sí, el torero Rodolfo Gaona, que muere en la década de los treinta y deja intestado el inmueble, construido en una plaza de toros en 1912 y después, ya para 1922, se conforma como uno de los primeros multifamiliares de la Ciudad de México; años después, en los ochenta, a petición de los habitantes del inmueble, y sobre todo del señor Juan Orol, se nombra patrimonio cultural e histórico por el INBA y está catalogado también por el INAH.

—¿Y cuál es la situación jurídica?

—La situación jurídica del inmueble está en el limbo, porque no hay un dueño como tal, sino una asociación que se ostenta como dueña, pero no logran acreditarlo, y a raíz de eso la situación al interior ha sido muy complicada, muy difícil.

—Pero hay herederos del torero que se dicen dueños.

—No, no son herederos por vía sanguínea; sí, efectivamente, son nietos, pero no herederos. El hecho es que tienen una asociación que se llama Edificaciones, sociedad civil, por acciones, pero no como herederos.

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—Ustedes tuvieron un problema hace meses.

—Efectivamente —relata María del Carmen—, el 15 de diciembre tuvimos un problema, pues ingresaron alrededor de 100 personas, que irrumpieron en cuatro departamentos y sacaron cosas. Fue el primer aviso que tuvimos de que había gente que quería apropiarse del inmueble y amedrentar. La segunda fue el 28 de enero, a las 11 y media de la noche, cuando unos 300 sujetos, armados con palos, piedras, gases, irrumpen y hacen lo mismo, sacan cosas, violentan a las personas; se logra la detención de 73 sujetos. En este momento tenemos una demanda de posesión adquisitiva.

—¿Ustedes están en pláticas con algún representante del Gobierno del DF?

—Sí, y nos ha comentado que no hay un dueño del edificio. Nuestra situación es de resistencia y de aguantar. El problema es que las personas que se ostentan como dueños están amedrentando a los habitantes, y prueba de ello es que una servidora enfrenta una demanda por despojo y daños en propiedad ajena; no hemos acordado nada, pero esperamos que las autoridades coadyuven para tener una negociación…

María del Carmen, que se dedica a vender libros de viejo, entre otras actividades, muestra fotografías de su anciano padrino y de la esposa, Dinorah Orgay, de 23 años, “actriz y bailarina culta y talentosa”.

—¿Y qué más recuerda de Juan Orol?

—Que antes de ser cineasta fue torero y corredor de autos. Hay fotos donde está vestido de traje de luces —recuerda Maricarmen Hernández.

Su vecina María de los Ángeles Montiel, de 71 años, vive en un departamento desde los seis, con su madre que tiene más de nueve décadas.

—¿Qué recuerda de su niñez en estos edificios Gaona?

—Mi mamá llegó como inquilina de este edificio y al morir la persona —dice refiriéndose a Rodolfo Gaona—, el administrador le hizo contrato y luego buscaba la forma de que cuando veía que estaban arreglando techos, pisos y puertas, aumentaba la renta para que ya no arreglaran, y pues eso ha permitido el deterioro de las casas.

En el edificio Gaona —de tezontle su fachada y en su pasillo interior con efigies de virreyes y de Hernán Cortés — se fragua un litigio de futuro incierto y un pasado que, a pesar de todo, lo mantiene en pie y a sus habitantes  en guardia.

Y atrincherados.