Crónicas urbanas

Fotógrafo de la lepra

Durante tres años, Arturo Bermúdez reunió 3 mil imágenes de personas que padecen esta enfermedad. Esta experiencia se convertirá en libro, que será editado por forma independiente.

Todo empezó con una orden de trabajo, pero más tarde se propuso extender la misma labor durante tres años, de 2011 a 2014, e imprimió 3 mil fotografías de 12 personas con lepra, la mayoría ancianos, con quienes convivió en un hospital especializado para tratar ese mal, y descubrió en ellas no solo el gozo por la vida, sino en algunos casos un corrosivo humor, como el de Lucio, de 83 años,  que daba gracias “a Dios nuestro señor”, a lo que Arturo Bermúdez, extrañado,  le preguntó:

—¿Por qué?

—Ay,  manito —respondió aquel hombre, su primer aliado durante las visitas semiclandestinas—, Dios me quiere mucho y quiere que yo sea ejemplo aquí en la Tierra: Él me está llevando al cielo en pedacitos.

—¿Qué viste en ellos? —se le pregunta al fotógrafo.

—Existía una fealdad exterior muy agresiva, pero una belleza interior que te enamoraba.

Eso y más descubrió Arturo Bermúdez, editor de fotografía de MILENIO Dominical, quien se propuso uno de los mayores retos en su vida profesional; el fruto fue ese cúmulo de imágenes, de las que solo publicará 64, en un libro de 72 páginas,  titulado El último leprosario, edición de autor, pues ninguna editorial quiso arriesgarse. Lo acompaña un prefacio suyo, donde describe lo que hizo en cada visita al lugar, situado en Zoquiapan, Estado de México:

“Me dediqué a realizar caminatas largas por las cerca de cuatro hectáreas del Hospital Dr. Pedro López, por sus pabellones, instalaciones deplorables y los pequeños refugios habitacionales que todavía albergaban a 12 ancianos sobrevivientes de una enfermedad que en la historia del hombre y su relación con la divinidad se ha considerado como el más severo de los castigos por los yerros cometidos”.

El primer día que llegó al hospital, recuerda, el director del mismo le dijo: “Vente para acá,  te voy a dar una hora para que puedas tomar fotos, no vas a tener problema de contagio, no tienes ningún riesgo; pero cuando llegues a la puerta, nunca digas que vienes como periodista, di que vienes de un patronato que cuida a los enfermos. Tienes una hora nada más y yo te voy a acompañar…”

Y dicho y hecho.

—Tuve nada más una hora para tomar fotos, unas imágenes demasiado rápidas —recuerda—, con las que tuve que trabajar, y hasta ahí.

Eso fue en 2010.

Después, vino el resto.

***

—¿Y cuál fue tu primera impresión?

—Demasiado impactante, porque siempre había escuchado de la lepra como una enfermedad bíblica, asociada con algún tipo de castigo divino, y la impresión de conocer a muchos de ellos, la mayoría ancianos, ya personas muy grandes, y ver sus rostros deformados, las manos carcomidas, la piel con manchones blanquecinos enormes, pues es muy fuerte para cualquier persona.

—¿Llegaste a conversar con ellos?

—Hubo dos personajes muy singulares para mí ese primer día, Lucio González y Cirilo, los más afectados por esta enfermedad. Lucio, demasiado alegre, muy presto para algunas imágenes;  Cirilo, más reservado, pues es ciego y sordo. Lo poco que hablaba era en voz muy alta.  Le decía a Lucio que quién era yo y Lucio le decía, “es un fotógrafo, nos está tomando fotos”. Esa primera vez Lucio me dijo: ¿“Verdad, manito, que vas a regresar?”

—¿Y qué le dijiste?

—Sí, voy a regresar, no sé cuándo pero voy a regresar.

—¿Se podría decir que fue un trabajo clandestino?

—Fue un trabajo semiclandestino,  porque no tenía permiso de las autoridades del hospital para tomar las fotos; no había manera, pues me negaron muchas veces los permisos para entrar. Esa primera vez también conocí al señor Alberto. El señor Alberto, un ex policía, me explicaba que a manera de expiar sus culpas de muchos años de violencia se dedicó a atender a Lucio y a otro personaje bastante singular que se llamaba Humberto; para él eran sus niños.

El paciente de más edad, Lucio, había ingresado a los 15; le seguía Humberto, de 48, internado a los 20. Fueron los primeros con los que el fotógrafo mostró apego y fue ahí donde se planteó el proyecto para documentar la  suma de surcos que deja esa enfermedad en cada uno de los huéspedes.

En blanco y negro.

—¿Por qué?

—Es por gusto y homenaje a los grandes documentales fotográficos de los maestros de la fotografía. El blanco y negro te borra los distractores del color y te hace más dramático los detalles y a los personajes.

***

Lucio le sugirió:

—Tú di que eres del patronato y que me vienes a ayudar; las veces que vengas trae rollos de papel, jabones, alimento, porque hace mucha falta…

Y así lo hizo.

Era 2011.

—Volví después de casi un año y retomé el trabajo de una manera mucho más profesional. Pasaba por una crisis en cuanto al desarrollo de mi carrera fotográfica y tenía la intención de plantearme un tema para desarrollarlo de manera mucho más amplia y con la intención de publicar un libro. Había muchos temas en boga y de moda, pero el leprosario era para mí una de esas historias que tenía que ser contada.

—¿Y sus parientes?

—La mayoría de los leprosos carece de parientes, o nunca los reconocieron como tal. Es gente que ha muerto sola, rodeada de personajes del mismo leprosario, donde hay un cementerio.

—¿Qué sientes al tratar con ellos?

—Al principio trabajé a una distancia de casi un metro, aunque el mismo director del hospital me dijo que yo no corría ningún peligro, dado que mi sistema inmunológico era bastante fuerte, pero debido a la impresión que te da verlos la primera vez, pues te acercas con mucha precaución, incluso miedo. En esa ocasión, cuando Cirilo masticaba y comía, me salpicaba. Lo único que llevaba era una toallita sanitizante y me limpiaba donde me había caído la saliva, pero  no me preocupaba tanto.

Había una mujer, recuerda Bermúdez, que deambulaba alrededor del hospital con seis perritos, a los que protegía como sus hijos. Era hosca (su padre y un hermano habían muerto a raíz de la misma enfermedad). Lucio, en cambio, a pesar de su avanzado deterioro, era festivo y daba gracias por vivir.

—¿Por qué?

—Todo el tiempo da gracias a Dios nuestro señor porque dice que lo mantiene de esa manera; incluso ya le han ido cortando algunos miembros de su cuerpo, principalmente las piernas, y es sorprendente cuando él, con buen humor, te dice: “Ay, manito, Dios me quiere mucho y quiere que sea ejemplo aquí en la Tierra porque me está llevando al cielo en pedacitos”.

En la colonia Miravalle, donde tiene su archivo digital, Arturo Bermúdez reflexiona sobre el mundo que retrató y que pronto se verá en un libro, en el que también estarán los setentones Fernando y Taurino, ya difuntos, marcados por esos surcos imposibles de borrar.