Crónicas urbanas

Espartanos de parques públicos

Participan desde un vendedor de churros hasta agentes de publicidad, pasando por modelos, cocineros y estudiantes. Practican la llamada gimnasia callejera y moldean sus músculos en parques públicos.

En parques públicos moldean sus músculos. Llegan a esos lugares de colonias populares o de clase media; la finalidad: ejercitar sus cuerpos, cuya musculatura toma forma, como si se tratara de guerreros dispuestos para combatir; pero no, pues son estudiantes o empleados, algunos en puestos ejecutivos, como publicistas  y chefs, e incluso vendedores ambulantes, como ese que al término de su jornada, la canasta vacía de churros, llega con sus fornidos camaradas.

Uno de esos lugares en los que se concentran, sin otra intención que moldear sus músculos durante una o dos horas, está en avenida Chapultepec, entre las colonia Juárez y Roma, donde recalan de manera cotidiana, después del mediodía, poco antes de la comida, para después regresar bien tonificados a sus trabajos. Incluso están los que ya formaron agrupaciones. Es el caso de Los Espartanos, que desde hace dos años se reúnen en ese lugar donde se apiñaban drogadictos.

Es un hormiguero de gimnastas. De las barras metálicas se columpian o escalan tubos, hacen lagartijas, brincan y dan piruetas, ya sea con los torsos desnudos o en uniformes deportivos, o con una simple camiseta y pantalón de mezclilla.

La exhibición es diaria de estos deportistas, con edades que van entre los 14 y los 40 años, sin más premio que su gozo y las miradas y piropos, cuchicheos y sorpresa por parte de transeúntes, cuya curiosidad cruza la malla metálica.

Hasta hace poco se multiplicaban las miradas de recelo hacia estos lugares, en muchos de los cuales se reunían —en algunos aún—  consumidores de drogas y los llamados chineros, quienes asisten a moldear sus músculos.

Aquí, en cambio, la presencia de gimnastas los ahuyentó; otros, terminaron por integrarse y ahora hacen ejercicio; solo algunos, de vez en cuando, como se dice, se arriman “a quemarle las patas al diablo”. Es el caso de esa muchacha que, mientras chupa una bacha, mira las nubes pasar y a los muchachos entrenar.

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Fabián Gea, de 33 años, fundador de Spartan Streetworkout, acaba de ganar el segundo lugar en un torneo que se realizó en Monterrey, Nuevo León; es de los primeros que empezó a entrenar aquí. Trabaja en la colonia Roma.

Fabián, acompañado de otros espartanos, llega a moldear sus músculos desde hace año y medio. El grupo empezó con cinco integrantes; ahora suman más de 60, número que piensan incrementar.

—¿Cómo surge el grupo?

—Como alternativa, no como una necesidad, en un espacio libre, donde podemos ejercitarnos y tener mejores resultados que en un gimnasio, porque aquí cualquiera puede venir y no tiene ningún costo.

—Parece que se ha puesto de moda en los últimos años este tipo de ejercicios al aire libre.

—Esto ya existía hace mucho tiempo, nada más que estaba mal visto porque lo tienen como en un concepto de que la gente viene a drogarse o es puro delincuente; nosotros tratamos de cambiar ese concepto y aprovechamos nuestro horario de comida; yo, por ejemplo, trabajo en un agencia de publicidad, muy cerca de aquí,  y vengo a ejercitarme en mi horario de comida, que son dos horas.

—Parece que se está expandiendo este tipo de ejercicio en las zonas urbanas.

—A escala nacional hay muchos parques al aire libre donde los estamos ocupando para hacer este tipo de acrobacias o deporte extremo.

—¿Qué se necesita para que el gobierno apoye este tipo de ejercicio?

—Básicamente que volteen a vernos, que nos apoyen porque es un deporte igual que cualquier otro, donde implica mucha disciplina, buena alimentación y, pues como aquí pueden ver, un trabajo en equipo, mucha constancia, una buena alimentación y cero vicios.

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Muchos de los que acuden a este lugar, en la avenida Chapultepec, son empleados. Es el caso de Leonardo Morán, modelo, diseñador industrial  y chef de origen colombiano, con dos años en México, quien hace las veces de instructor.

“Siempre he practicado las barras o la calistenia en parques o en la calle”, comenta Morán, “y cuando llegué aquí a México di con la gran sorpresa de que tenían un nivel que no me imaginaba”.

—¿Qué recomiendas?

—Las barras. La calistenia es como una gimnasia callejera. La gente que sabe del tema de pronto se ha podido dar cuenta de que los mejores cuerpos son de los gimnastas; no estoy hablando mal de nadie, pero aquí es donde uno trabaja con la verdadera fuerza —dice este hombre, de 32 años, sin dejar de sonreír, quizá con el cuerpo mejor formado de todos los que se reúnen aquí.

—¿A los recién llegados tú los entrenas?

—Todos nos apoyamos. El que no sabe un truco, se lo enseñamos; y al que va llegando, lo acoplamos a la familia. Lo importante aquí es hacer deporte y divertirnos, que a eso venimos.

Morán, que practica durante 45 minutos,  también hace lagartijas con puños cerrados, por lo que debe colocarse unos guantes de tela; luego, sobre las barras, parece sostenerse en el aire y de ahí brincar.

—¿Por qué de Colombia a México?

—Quería un revolcón de vida.

—¿Qué significa?

—Como voltear la tortilla.

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Alejandro Nava, de 20 años, estudiante de ciencias forenses, entrena antes de partir a su domicilio, en San Juan de Aragón. Tras la camiseta negra resaltan sus bíceps.

—¿Has moldeado tu cuerpo aquí?

—Sí, con pura barra y una alimentación sana. El 80 por ciento de alimentación y el resto de ejercicio. Y dedicación. Llevo haciendo esto como dos años y medio; me inspiré por mi hermano.

—¿Todos ustedes, de alguna manera, marginaron a los chavos que se drogaban?

—Algunos vienen a hacer ejercicio; o sea, les motiva y dicen: “Ay, pues voy a hacer ejercicio”, como que los apartamos de la droga.

—¿Solo viéndolos a ustedes?

—Sí, viéndonos como que se motivan, se inspiran y lo intentan, y ya les empieza a gustar y a dejar poco a poco las drogas.

La calistenia callejera está de moda. Cualquier persona la puede practicar. Solo es cuestión de disciplina. Como lo hacen estos hombres, cuyos cuerpos moldean sin cesar en este parque donde reina la armonía.

De pronto, sin embargo, se percibe un ligero olor a mariguana y algunos buscan  el origen; discretos, ven a una muchacha que, allá en el fondo, succiona un carrujo, del que escapa una porción de humo que esparce el aire.

—Mira —comenta un espartano, como disculpándose—, y aunque no quisiéramos, todavía vienen; ya son menos y no se meten con nadie…

La fumadora, de tez blanca, ni en cuenta; ella, siempre en lo suyo, se ocupa de llevar el pitillo a la boca y aspira, lenta, mientras alza la cara y observa las nubes pasar y, a veces, a los muchachos ejercitar.

Luego se irá.

Sonriente.