Crónicas urbanas

El Distrito Federal rural

la ciudad de México es el principal productor de romeritos y el segundo de cempasúchil y nopal del país; también de amaranto, producido e industrializado en el pueblo de Tulyehualco, en Xochimilco.

Están en la periferia del Distrito Federal y algunas franjas que lindan con otros estados; pero muchos chilangos desconocen estos sitios, la parte rural; otros lugares, en cambio, son más conocidos y visitados porque concentran el turismo local o internacional, como Xochimilco, declarado Patrimonio de la Humanidad.

Y habrá que ir más allá.

La capital del país tiene una superficie de 149 mil 800 hectáreas, de las cuales 41 por ciento es suelo urbano y 59 es considerado de conservación, donde se practica actividad agropecuaria y rural, de acuerdo con datos oficiales.

De alguna forma en las 16 delegaciones hay actividades relacionadas con el sector agropecuario, pero la mayor parte se concentra en Milpa Alta, Tláhuac, Tlalpan, Álvaro Obregón, Magdalena Contreras, Cuajimalpa y Xochimilco, donde también cosechan brócoli, lechuga, papa, geranio y amaranto.

"La Ciudad de México es eminentemente rural", comenta Rosa Icela Rodríguez, secretaria de Desarrollo Rural y Equidad para las Comunidades del Distrito Federal. "Los principales productos son romeritos, con 4 mil toneladas al año, y todo lo que tiene que ver con las hortalizas".

—Y el amaranto.

—Los productores de amaranto tienen ante sí un reto enorme de poder encontrar más formas para que se pueda comercializar —añade la funcionaria, entrevistada en su oficina—, porque no solamente son las galletas y las llamadas "alegrías de la vida", sino también han llegado a producir cerveza. Es una gran variedad. Además, es un producto nutritivo y recomendado para los adultos mayores.

Y del centro de la ciudad hay que trasladarse al pueblo de Tulyehualco, en Xochimilco, donde no solo producen, sino que industrializan el amaranto.

Del centro de la delegación habrá que enfilar hacia Tulyehualco, con Marco Antonio Molotla Jiménez y José Uriel Molotla Molotla, integrantes de una de las familias más grandes y antiguas de esta zona, también conocida por la elaboración de otros productos como las famosas nieves de sabor.

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Y ya en lo más alto de Tulyehualco, donde florece el amaranto y se divisa parte del Valle de México, Marco Antonio, con cerca de 40 años de productor, asegura formar parte de la quinta generación dedicada a ese tipo de cultivo.

"Desde mis bisabuelos, tatarabuelos, toda la familia ha tenido que ver con la producción del amaranto", resume este hombre, frente a manojos morados que se alzan de esta tierra de apariencia yerma, pero de la que también brotan plantas de olivo.

—¿Y cómo está cosechada?

—Por hectárea alrededor de mil 250 kilos. Producir el amaranto es muy costoso; más que nada el rendimiento o el plus que le damos es en la transformación. Lo utilizamos para el autoconsumo.

—¿Y qué hacen?

—Lo que hacemos es tostarlo, a veces en comales; ahorita ya hay reventadoras; ahí nos hacen el reventado, nos lo muelen en harina y lo transformamos en productos comestibles, ya sea para la sopa o en los licuados, los desayunos, en el pan. Lo transformamos de esa manera.

—¿Tulyehualco es el que más produce amaranto?

—Aquí tenemos alrededor de 250 hectáreas sembradas de amaranto. Estamos viendo que se haga con buenas prácticas agrícolas; que esté limpio de agroquímicos; que sea un producto inocuo —agrega Molotla Jiménez—, y que sea una esperanza de alimentación para nuestros niños y ancianos, y para combatir la obesidad.

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José Uriel Molotla Molotla comenzó desde niño a vender dulces de amaranto; con el tiempo, poco a poco, comercializó el producto a mayor escala, y ahora, con poco más de 50 años, adaptó y adquirió maquinaria para industrializarlo en diferentes formas, después de un minucioso proceso, que va del tostado y reventado del minúsculo grano, que salta como palomita de maíz.

"La convivencia con el amaranto ha sido ancestral, ha venido desde mis bisabuelos, abuelos, padres; realmente es un orgullo estar inmerso en esta actividad productiva", explica José Uriel en su fábrica.

"El amaranto tiene mucha historia, es un elemento maravilloso", añade Molotla, quien se apasiona con el tema, su tema, su producto. "Entonces eso nos da la pauta de decir de dónde viene, por su potencial como un producto vegetal y su potencial como semilla propia".

—¿En qué consiste la transformación?

—Desde hace 15 años le apostamos a la especialización; para nosotros significa hacer una pequeña actividad de todo el mundo del amaranto y en este caso iniciamos con la cuestión primaria.

—¿En qué consiste...?

—En reventar el amaranto y hacerlo cereal para suministrar la materia prima a todos los transformadores que se dedican a la fabricación de dulce, de palanquetas, de galletas; y ahorita, en este momento, lo más importante es la fabricación de concentrados, malteadas o atoles, que nos van a proporcionar la proteína ideal, principalmente para las comunidades o los estratos sociales más vulnerables. Estamos hablando de niños y personas de la tercera edad o adultos mayores.

"Nuestro inicio empieza con la captación de la semilla; de ahí la traemos a nuestra planta, la subimos a un segundo nivel, la cual acondicionamos con una prelimpieza, que consiste prácticamente en quitarle todas las impurezas que vienen del campo", dice, mientras camina y describe y señala con el índice las charolas, la banda sinfín que transporta, así como el cernidor y esas hileras de pequeños imanes para atrapar el mínimo de material ferroso que hay en la zona volcánica.

—¿Y luego?

—La homogeneizamos por medio de unas revolvedoras. El agua que le adicionamos penetra al interior de la semilla y provoca que se vuelva una especie de pequeña bomba porque aplicamos un calor súbito de 300 grados centígrados durante 15 segundos. Entonces esta semilla explota y es donde se exponen todos sus nutrientes —pormenoriza, mientras zambulle el índice y pulgar para mostrar las pepitas que pasaron del matiz dorado al níveo.

Es solo una parte de la zona rural de la ciudad. La franja de conservación, con siete delegaciones, formada por cerros y planicies. Es el generoso amaranto, del que se deriva un sinfín de comestibles, como la ancestral alegría.