Crónicas urbanas

Diplomado en albur

En tepito, Distrito Federal, el doble sentido es tan cotidiano como respirar. La reina de ese “arte” se llama Lourdes Ruiz, quien imparte cátedra a quien se ponga flojito y coopere... incluidas mujeres.

El taller, en una más de sus ediciones, es ofrecido en la galería José María Velasco, situada sobre la calle de Peralvillo, colonia Morelos, y lleva el nombre de “Diplomado de albures finos”, donde los alumnos afilan su lengua con la asesoría de Lourdes Ruiz, La reina del albur, también conocida como La verdolaga enmascarada, oriunda del barrio de Tepito, donde creció entre el tráfago de mercancías y una labia multicolor.

Ella, que empezó a conducir talleres hace 17 años, se propuso guiar a hombres y mujeres con el bastón de mando, mismo que la mantiene invicta, para que ninguno de sus alumnos sea agarrado desprovisto. Dice que cada vez más aumenta la presencia de mujeres, quienes en este caso desean aprender a descifrar el verbo de doble sentido, que ha sido monopolio de varones, sobre todo más allá de los barrios populares, como Tepito, donde nadie le ha podido arrebatar el cetro.

Todo inició en 1997, cuando ganó un concurso denominado “Trompos contra perinolas”, en el Museo de la Ciudad de México, y desde entonces nadie ha logrado desbancarla de su reinado, por lo que se propuso compartir sus experiencias entre alumnos de diversos estratos sociales, como profesionistas, que cada vez se acercan más a sus cátedras; entre éstos, por ejemplo, psicoanalistas y estudiosos de universidades, por citar dos, de Guadalajara y Puebla.

Hoy es día de entrega de “reconocimientos”, avalados por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes y el Instituto Nacional de Bellas Artes, a través de la galería José María Velasco y el Centro de Estudios Tepiteños (CET), dirigido por Alfonso Hernández, quien junto con Lourdes “imparten la introducción del encabezado temático y el desarrollo de este diplomado, en el que algunos participantes, dependiendo de su aprovechamiento, pueden resultar sobresaltados o sobrecogidos en su intimidad, pues alburear con la boca es más sano que con la mano…”.

Los sinodales son, entre otros, según la lista difundida por el CET, Pilar Godoy, Aquiles Castro, Alma Madero, Rosa Celeste, Susana Oria, Alan Brito Delgado y José Luis Lamata. “El albur fino —agrega el comunicado— desentraña y hace visible lo que no es visible debido a los complejos y miedos aprisionados; por lo que, si en este diplomado no se desinhiben ni se liberan, les devolvemos sus complejos y nos regresan los resortes que les hicieron reír”.

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Los alumnos leen sus textos de fin de curso. Miguel Ángel Dávila Espinosa habla de su experiencia: “Había decidido venir a Tepito cansado de que me agarraran de bajada en eso del albur; por internet había leído de una maestra que, según el texto al que hago referencia, era la más grande y picuda en este arte… Ya en la galería esperaba a La reina del albur, que sin recato recibió a sus alumnos con un ‘no se apenen y siéntense’; la clase transcurrió entre risas, anécdotas del barrio y discutiendo diversos temas, entre ellos el culinario con platillos…”.

Y mientras ríen los presentes entra al quite Estefany Pedraza Morón, quien antes de narrar su periplo a bordo de un camión, desde el que observa los anuncios —“Alambres, clavos, varillas, de gran tamaño aquí puede usted encontrar”—, lee la introducción: “El albur me parecía impenetrable, costaba trabajo cacharlo y jugar con él… Pero sucede que decidí asistir a este diplomado y algo se ha abierto, las palabras se resbalan, se yerguen felizmente…”.

Arturo Ayala inicia su relato: “El albur es como un radar: hay que estar alerta y buscar una respuesta, con suma atención”.

Y Joel Perkes, El Chilangringou, de Austin, Texas, quien tiene más de siete años viajando por todo el país, con residencia de 20 meses en el DF, dice que de él se han burlado con frases de doble sentido, por lo que ahora optará por decir que es vegetariano, pues le hacen comentarios en los que siempre relacionan la palabra carne con sexo; por eso elaborará dos playeras. “La primera va a decir: ‘Soy güero, pero no me encuero’. La segunda, ‘Gringo, pero no pendejo’”.

Entre los alumnos está Silvia Artasánchez Franco, quien inicia su lectura: “Nos han pedido escribir un ensayo en el cual expliquemos qué es el albur. Y a mí cuando me piden explicaciones, me gusta darlas, así que me voy a ocupar en introducirles esto, que espero acojan con interés y, sobre todo, gusto. Para intentar escribir algo sobre este tema apasionante, jalaré un poco de aquí, sacaré otro poco de allá, y dado que practico el psicoanálisis, también de ahí cogeré algunas cosas. Se me ocurre, por ejemplo, que cuando el señor Freud trabajaba sobre las modalidades de funcionamiento psíquico, se encontró con que el chiste le veía bien para explicarlas”.

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Y aquí está Lourdes Ruiz, cuya fama ya trascendió fronteras, pues acaba de recibir una invitación para viajar a las favelas de Río de Janeiro, donde platicará sobre “este rollo”, como ella dice.

—¿Qué hay de nuevo en los albures?

—No hay nada —responde—, siempre han estado igual; aquí no vienes a aprender albures nuevos; vienes a ejercitar tu mente, a despertar los dos hemisferios del cerebro, a quitarte todos los complejos para tener más reflejos.

—Y salen con la mente más despierta.

—Tienen otra perspectiva, hasta de la propia vida. Cuando más gente nos ha tocado han sido 65, 66; y cuando menos, nos han tocado 15 o 20.

—¿Hay un lugar más alburero que otro?

—Tepito es una de las cunas, nada más; luego siguen los demás barrios.

—Y tú estás rodeada de albures.

—El puro nombre del barrio.

Y ha sido tanto el éxito de los diplomados, que se ha incrementado la presencia de quienes practican el psicoanálisis, como Silvia Artasánchez, que viene de la colonia Del Valle.

—¿Por qué asistir a un diplomado de albures finos?

—En principio porque es extremadamente divertido. La idea, simplemente al escuchar el nombre del diplomado, me parece maravillosa, y en mi caso, junto con otros colegas que practicamos el psicoanálisis, decidimos venir acá porque los albures tienen que ver, aunque a algunos les parezca extraño, con el psicoanálisis.

—¿Por qué?

—Freud hablaba del chiste y su relación con el inconsciente, que explica parte del funcionamiento síquico, entonces los albures, en esta cuestión del sinsentido, del doble, triple, cuádruple sentido de las palabras, la polisemia del lenguaje, se presta perfectamente para poder entender algunas cosas que tiene que ver con el psicoanálisis.

—¿Qué fue lo que aprendiste aquí?

—Aprendí o reafirmé que para esto del albur, así como para el psicoanálisis, se trata de estar libre de prejuicios; de escuchar, con una total entrega, dejándose someter a lo que venga del lenguaje, captarlo, ya sea en su literalidad o en su sinsentido. O sea, estar libre de complejos, como lo planteaba La reina del abur.

—¿Sales con muchos filos?

—Pues… a menos de que no estés albureando… Jajajajá. Salgo con muchas preguntas, con muchas ganas de seguir entendiendo más del albur y captando muchas más cosas de esto, porque en verdad ayuda a afinar el oído, el ingenio, la habilidad mental…

Y ahí, en la galería José María Velasco, La reina del albur, también conocida como La verdolaga enmascarada, mantiene a sus alumnos con los ojos bien abiertos y los sentidos afinados, para que nunca en la vida nadie los agarre de bajada.