Crónicas urbanas

Colgó los guantes y se volvió maestro

Fue pugilista profesional y ahora maneja un taxi en Ciudad Nezahualcóyotl, donde enseña lo que durante años bien aprendió, pero lo hace debajo de un puente.

Camellones de avenidas han servido para realizar ciertos deportes, pero pocas veces se había visto ejercitar el boxeo,  como ahora pasa bajo un puente, cerca de la estación Río de los Remedios,  Línea B del Metro, colonia Impulsora, sin importar el bullicio de la Avenida Central ni del Periférico, en el municipio de Ciudad Nezahualcóyotl, no muy lejos de Ecatepec y próximo al DF, donde el pugilista Isaac Bejarano, de 26 años, divide su tiempo entre la conducción de un taxi y entrenar a quienes deseen aprender técnicas avanzadas en la defensa a puño limpio.

Entre sus alumnos están los que pertenecen al gremio de taxistas, y no porque todos pretendan saltar al pugilismo profesional, sino porque algunos de ellos ansían una preparación con la idea de protegerse de atracadores en esa franja lindante con Gustavo A. Madero, tercera demarcación que acumula más delitos en el DF, más las zonas mexiquenses, donde se forma una especie de telaraña delincuencial.

—¿Por eso?

—Por eso —confirma un alumno.

Isaac Bejarano tenía 17 años cuando empezó a practicar boxeo en el Centro Comunitario de San Juan de Aragón, Distrito Federal, a tiro de piedra de su domicilio, en la colonia Campestre Guadalupana, municipio de Neza, pero se le atravesó el casorio y procreó dos hijos, de modo que hizo una pausa y volvió a entrenar, ahora en el gimnasio de Pancho Rosales, ubicado en la colonia Tránsito, y a la edad de 22 debutó como profesional. “Traía las pilas bien puestas”, recuerda.

Era peso ligero, con 61.2 kilogramos, y peleaba a cuatro rounds, hasta que llegó a los diez. Entre 2004 y 2005 ganó cinco peleas y perdió una; dos años después obtuvo el campeonato centroamericano, avalado por el Consejo Mundial de Boxeo, en Tlalnepantla, Estado de México, donde ganó por nocaut en el segundo round. Eran los primeros pasos para entrar a las grandes ligas, siempre apoyado por su tío Felipe, pero algo sucedió en el camino.

—¿Qué pasó?

—La edad —responde.

—¿Eso influye?

—Es un factor importante, pero ahora tengo la mente puesta como manager —dice Bejarano, mientras instala su equipo.

Y empieza a colgar costales y peras, que amarra de cuerdas atadas a muros, hasta quedar tirantes, en ese lugar adonde llega luego de abrirse un espacio de 120 minutos entre sus 10 horas diarias de andar tras el volante, más dos que hace desde Zumpango del Río, municipio mexiquense en el que radica.

***

“Soy un ex boxeador y tengo año y medio retirado; me inicié a la edad de 17 años, relativamente tarde para quien quiere hacer una carrera y lograr objetivos altos, pero nunca me rendí —se autodefine Isaac Bejarano—, porque gané 33 peleas y contando; debuté a los 22 años, con dos hijos, pero el boxeo aficionado no remunera y tuve que buscar el profesionalismo lo más pronto posible, pero como boxeador no puedes vivir y mantener una familia con el sueldo que ganamos en México”.

—¿Es lo que pasó con Isaac?

—Incursionar en las grandes ligas del boxeo nacional y México, potencia del boxeo mundial, cuesta mucho trabajo; yo llegué, me puse la meta de ser peleador; primero profesional, después estelarista de 10 rounds, ganar un campeonato y, obvio, siempre con la mira de llegar a ser campeón mundial; tristemente, entre más arriba vas llegando, cuesta más trabajo y la competencia cada vez es más dura, te encuentras rivales muy complicados.

—¿Y hoy?

—El día de hoy, en esta faceta que comienzo en mi vida de manager, de entrenador de jóvenes en el boxeo, busco orientarlos y enfocarlos en eso.

—Y surge la idea de enseñar en la calle, pero además tienes un taxi.

—Cuando decidí colgar los guantes ya tenía un tiempo que trabajaba un taxi en el Metro Impulsora; entonces, a la par de mi carrera, ya iba de salida, yo trabajo el taxi, ajá, ya no me enfocaba al cien por ciento al boxeo, y surge la posibilidad de dar clases orillado por los compañeros que sabían de mi trayectoria, pues me vieron en alguna pelea por televisión, y comentaron: “Oye, por qué no aquí en el camellón, nos organizamos y acomodamos”, y vine a dar a este lugar, y es ahora que pienso acoplarme con la ayuda del puente vehicular, colgar los aparatos y empezar aquí, al alcance de todos, más cerca de la gente.

—¿Esto podría ser un semillero?

—Esperemos, claro, que al enfocar toda mi atención en entrenar a chavos pueda llevarlos a una buena carrera amateur, nunca cerrarles las puertas, porque yo no les pongo límite de edad: desde ocho años hasta 90, el límite se lo pone cada quien.

—Incluso tenías la idea de que viniera también gente para que dejara las drogas.

—La idea es estar al alcance de la gente, en un lugar que no es del todo establecido, que no te van a cobrar inscripción, que es nada más una cuota de recuperación —60 pesos semanales—, que es ahí donde cualquier persona puede llegar, y la mira también está puesta en esa gente que de repente está en el ocio, la vagancia o que se puede estar acercando a las drogas, ajá, que vean esto como una forma de salir adelante, de apartarse de la drogadicción y enfocarse a hacer deporte, y que de ahí pongan sus miras en cambiar la vida por completo…

—¿De aquí saldrá algún campeón?

—Por supuesto, y de aquí en adelante lo que Dios disponga, donde él diga “le paramos, le paramos”, mientras las cualidades físicas nos lo den, adelante y por qué no, que crezca hasta donde las facultades y los medios nos lo permitan.

***

Y ahí están, diestros, los guantes bien puestos, entre ellos Carlos Martín Garcés, quien acaba de terminar la carrera de ingeniería industrial.

“Al principio —comenta Garcés— lo tomaba como un pasatiempo, pero conforme han pasado los días le fui agarrando amor y cariño y ahora quiero llegar a ser un peleador profesional”.

El taxista Diego Bautista, de 19 años, dice que su papá lo llevó bajo el puente para que entrenara “porque me asaltaban seguido en la secundaria”. Ha tenido seis peleas en el gimnasio Eduardo Molina; solo ha perdido una.

Y ahí está el manager Isaac Bejarano, quien ordena y mueve su espigada figura frente a sus pupilos, algunos de los cuales practican el boxeo como pasatiempo, otros para protegerse de atracadores y aquellos que aspiran trascender el puente.