Crónicas urbanas

“La Ciudad de México, capital de mi pintura”

Desde su infancia, Daniel Lezama visitó el Centro y entonces se formó el artista que, según Carlos Monsiváis, pinta “desnudos femeninos desde el asombro que profetiza la destrucción”.

Era un niño cuando empezó a recorrer el Centro Histórico de la capital, siempre acompañado de su padre, quien pasaba parte de su vida en esa zona, y entonces decidió estudiar pintura en la Academia de San Carlos, a tiro de piedra de sus pasos, apegado al tráfago comercial y andares entre edificios antiguos, hasta convertirse en uno de los pintores mexicanos más importantes, cuyos trazos parecen escarbar en las entrañas de la nación y plasmar rostros que emergen de la tierra.

Y Daniel Lezama, el joven que había nacido durante el convulso año de 1968, optó por instalar su estudio en el piso de un vetusto edificio construido en 1904, en la calle de Luis Moya, rodeado de gatos que se deslizan por escaleras, pasillos y ventanas, donde germina su obra, la cual ha viajado allende las fronteras y que forma parte de colecciones públicas y privadas, como El Museo del Barrio, en Nueva York, y la Murderme Collection, en Londres; en México, en el Museo de Arte Moderno.

—¿Tu relación con el Centro?

—Desde niño vine al Centro como espectador; mi padre tenía el hábito de venir para todo; como ahora se va a los centros comerciales, antes se iba al Centro a ver los amigos, al trabajo, las relaciones sociales, compras, ir a comer, todo, todo se concentraba en el Centro y, finalmente, a los veintitantos años me enrolé en la Academia de San Carlos.

—¿Hay una relación de amor muy especial con esta parte de la Ciudad de México?

—De niño era de amor-odio y luego fue de amor. Para un niño es muy pesado recorrer el Centro, pero ya como adulto es fascinante, es el comercio antiguo, es la historia, las capas de la civilización visible, la sensación de un centro místico.

—¿Y tus pinturas con esta parte de la ciudad?

—Mi obra tiene una conexión con el Centro, en parte porque se ha realizado en mi estudio, que es muy especial para mi trabajo; y porque estudié a unas cuadras del Zócalo, básicamente sobre las ruinas, sobre el Templo Mayor, en edificios que están hechos sobre cimientos de piedras talladas prehispánicas, como el Museo de la Ciudad de México, el edificio de los Condes de Calimaya, una historia visible a flor de piel en el recorrido de la gente; me crié ahí y también mi pintura, en ese hervidero que es la Academia de San Carlos.

—¿Esa obra que tienes que se llama el Astabandera, hay una idea muy especial por haberla concebido de esa forma? —se le pregunta sobre la imagen de una mujer en llamas que emerge del Zócalo.

—El Astabandera es una representación de la ciudad como mujer; la ciudad como mujer, ardiente pero inconsciente de sí misma; esa visión es la que manifiesto en el Astabandera, la historia de la Ciudad de México ardiendo.

—¿Ese concepto que tienes de la ciudad, de alguna manera tiene relación con toda tu pintura?

—Siento que he ligado el tema de la Ciudad de México en muchas pinturas; no necesariamente es mi gran tema, pero siempre me ronda y ha inspirado. La Ciudad de México es la capital de mi pintura…

—Y tu estudio está aquí.

—Aparte de la suerte, es que me llevó a retomar este espacio que mi padre había conocido en los años 80, me lo presta un amigo muy querido de mi padre, y hay una razón práctica: el espacio para la altura de mis cuadros es muy importante, necesito este aire para trabajar.

—Decías que tenías un amor-odio, ¿ahora es puro amor?

—Por el corazón de la ciudad, por su esencia, por su espíritu hay mucho amor; por sus realidades cambiantes y destructivas, no tengo amor, creo que le han pasado cosas a la ciudad con las que no estoy de acuerdo y, pues, lo siento, es el paso del tiempo, del progreso, si quiere verse así…

Es aquí, en este espacio de techos altos, muros viejos y lienzos en reposo, donde Daniel Lezama concibe, como escribe Carlos Monsiváis, “mujeres como naturalezas muertas, desnudos femeninos desde el asombro que profetiza la destrucción”.

Es el mismo Lezama sobre quien un condiscípulo y amigo suyo, Bulmaro Osornio, realizó un documental, La nación interior, donde narra la vida y obra del pintor, una alegoría con guiños al México profundo.

***

De la obra de Lezama, quien ha participado en más de 60 colectivas en México y en el extranjero, incluyendo la Bienal de Pekín e Imperium en Leipzig, un crítico de su generación y amigo, Érik Castillo, también egresado de San Carlos, escribe:

“He hablado antes del protagonismo que adjudican las pinturas de Lezama al tema subterráneo del retorno de la vida del cuerpo a las fuerzas de la tierra. Añado también que se manifiesta en ellas una inclinación al canto de la ociosidad tropical y al ofrecimiento sexualizado de los habitantes de su ficción…”

El cronista Carlos Monsiváis, por su parte, escribió: “En los cuadros negados a la anécdota, Lezama evidencia su proyecto: obtener, a través de la pintura, las respuestas de vida y de arte que no se detengan en la literatura, pero que usen de la literatura para interpretar las reacciones del que contempla. Esta, creo, es una de las claves: los relatos son el método para volver a la pintura, para captar la melancolía, la tristeza, e irla pasando que el irse muriendo”.

***

El documental La nación interior, del cineasta Bulmaro Osornio, concebido en 2003, fue enfocado sobre el Centro Histórico, donde Daniel Lezama sería uno de los personajes, pero en 2011 dio un viraje y decidió que girara alrededor del pintor.

Ya había imágenes grabadas en 2008, durante la magna exposición en el Museo de la Ciudad de México, denominada La madre pródiga, que es el nombre de uno de los cuadros del artista plástico.

El coguionista, Érik Castillo, también compañero, propuso tres temas para desarrollar: mexicanismo y desmexicanización, relato de la parentela y multitemporalidad, cuenta Osornio, quien detalla que se trata de un acercamiento al  tema de lo mexicano desde el punto de vista subjetivo.

Es una visión sobre cómo Lezama ve a México: el acercamiento a los lugares sentimentales de la nación, como el Centro; sus sitios míticos: los volcanes, las vecindades, los suburbios de la periferia. “Siempre sesgado por sus sensibilidades”, dice Osornio. “Con La madre pródiga empieza el documental; ahí está todo”.

Bulmaro Osornio y Daniel Lezama se conocen desde hace 20 años, solo que el primero también estudió en el Centro de Capacitación Cinematográfica.

Ha hecho documentales y cortometrajes. Estudió en España. Obtuvo Mención Honorífica en el Premio Nacional de Documental. Su carta de presentación es vasta.

Y comenzó la aventura.

El proyecto se concreta entre 2012 y 2013, pues participa en una convocatoria lanzada por el Fondo Doctv Latinoamericana, donde concursan 50 documentales de 16 países. Osornio fue uno de los 16 escogidos. De ahí nació La nación interior. Y será exhibido por el Canal 22 el próximo 11 de noviembre.

—¿Por qué La nación interior?

—Porque es una región enteramente subjetiva. Es su visión personal. Érik Castillo dice que es “un ensayo confesional”. Fue un proceso de depuración y quedó el personaje de esa mujer misteriosa que se ve en muchos de sus cuadros.

—¿Quién es?

—Es la nación. Es la madre Tierra. Daniel dice una frase que a mi me caló mucho: “Los dioses están caminando en Chimalhuacán”. Y de ahí fue como empecé, cómo llegar con una película a esa conclusión.