Crónicas urbanas

Bandoleras en el Metrobús

No todos las víctimas de robo denuncian. A una que lo hizo le dijeron que hay bandas de mujeres en ese transporte. En 2013 el número de atracos ascendió a 181, mientras que de enero a febrero pasados fueron 28.

Los apretones son el momento propicio para que los rateros metan mano en los metrobuses, muchas veces con la complicidad de otros, como está comprobado, y entonces no solo roban teléfonos celulares y carteras, sino bolsas y computadoras, sobre todo a pasajeras, luego de que el carro cierra las puertas.

Es lo que le sucedió a Viridiana, una víctima más de atracos en ese sistema de transporte que, según estadísticas de la Procuraduría General de Justicia del DF, en 2013 sumaron 181, mientras que las denuncias de robo en taxis ascendieron a 79 y 751 en camiones, tren ligero y trolebuses. Entre enero y febrero van 28.

Pero no todos denuncian.

Viridiana sí lo hizo.

Y encontró sorpresas.

Eran las 14:00 horas. La hora pico. El Metrobús es la única ruta posible para llegar al trabajo; sin embargo, el pasado 18 de marzo, después del puente que celebra el natalicio de Benito Juárez, su hora pico se extendió por horas y se tornó lo que Viridiana llama “el tiempo del tormento”.

Cualquiera que utilice las líneas 1 y 2, ha observado Viridiana, la hora pico implica un retraso en los autobuses, la saturación de las vías de acceso, salida y circulación; pero si se lleva prisa, el factor estrés obliga a esquivar personas de la tercera edad que apenas pueden caminar, mujeres con “estorbosas” carreolas y adolescentes que salen de la secundaria y caminan como si estuvieran en un parque.

El martes llegó a la estación Amores de la Línea 2, en la colonia Del Valle, a las 14:15 horas. Cuando entró se percibía el retraso en los autobuses, ya que había muchas personas esperando; “tantas, que si uno pretendía caminar y tomar el Metrobús  rumbo a Tacubaya, sencillamente debía hacerlo pasando por encima de las personas”.

Y como pudo logró encontrar un hueco entre el acceso diferenciado que hay para hombres y mujeres, pero al ver el pequeño pasillo de espera saturado, no quiso hacer el intento de entrar en el primer carro que pasara; después de casi 10 minutos, sin embargo,  pasó uno y,  para su sorpresa, observó que no iba tan lleno: cabían perfectamente muchas de las mujeres que esperaban.

Entonces Viridiana colocó su bolsa de su lado izquierdo para que no le estorbara al subir, pero mientras forcejeaba para poder entrar sintió que alguien la empujaba hacia adentro, al mismo tiempo que su bolsa se atoraba en la puerta.

“Mi cuerpo intentaba hacer presión a las personas que estaban dentro del Metrobús, pero no pude avanzar más y me quedé en la entrada”, describe Viridiana. “Las puertas se cerraron y mi bolso se quedó atorado ante la mirada de las mujeres que no habían logrado entrar”.

Luego, describe, jaló el bolso y notó que el cierre estaba abierto. Por un momento creyó que había sido la fuerza de la puerta que al cerrarse había votado un poco el cierre. En ese momento no pudo meter la mano y constatar que todas sus pertenencias estuvieran, ya que no podía moverse.

—La necedad de meterme en ese carro —recuerda Viridiana— fue porque bajaba en Vértiz, dos estaciones después de Amores, y sabía que en Etiopía descendía mucha gente, así que me aventé.

Enseguida revisó el bolso y notó que estaba el celular, pero fue hasta que bajó en Vértiz que se percató de que la cartera había desaparecido.

—Casi histérica —se autodescribe—, le pedí al policía del Metrobús en Vértiz que me dejara pasar, le expliqué que en Amores me habían sacado mi cartera, él me dejó entrar y me dijo “Corre…”

Y corrió por pura inercia,  como ella dice, pero no sirvió porque la ruta hacia Tacubaya también estaba repleta. Casi en shock, pensando en cancelar las tarjetas bancarias y en que había perdido sus identificaciones, dinero, algunos papeles y datos, esperaba poder subir de nuevo al Metrobús.

Dos mujeres la vieron contrariada y notaron que se quejaba con el policía por el robo. Le comentaron que sucede todos los días y que hay una banda de mujeres que se dedica a asaltar en horas pico, sobre todo en la ruta de Insurgentes.

“Influenciada por ellas, recordé con exactitud lo que me había pasado y entonces me di cuenta de que una mujer me había empujado para entrar a fuerza al Metrobús, mientras otras dos me empujaban para afuera y me bloqueaban y estorbaban para que no pudiera jalar mi bolsa. Así fue como mi bolsa quedó fuera del Metrobús y yo adentro, y cuando la abrieron me robaron”.

***

Alejandro, compañero de Viridiana, reflexiona: “ya sabemos que el Metrobús es un excelente medio de transporte, pero para una ciudad de 4 millones de habitantes no frena el hacinamiento que vive Distrito Federal.

“Hay momentos, horas pico, en que es prácticamente imposible circular y se corren riesgos de accidente, pues a mí una vez una muchacha joven, en su urgencia por salir, me empujó al hueco entre el andén y la puerta, y una pierna se me fue por ahí. Quedé caído exactamente en la entrada, con las puertas ya a punto de cerrarse. Un caos.

“Acompañé a Viridiana a la estación Amores, donde la habían asaltado, para levantar la denuncia y averiguar si alguien pudo encontrar sus credenciales, sus identificaciones, etcétera.

“El policía nos dijo que no hay solo una banda de mujeres, sino varias, de hombres y mujeres que actúan sobre todo en la Línea 1. Empujan, estorban, jalonean, bloquean las puertas, y en el tumulto y los empujones roban carteras y bolsas, y se las pasan entre ellas para que nadie las agarre con algo en las manos.

“Nos dijo que se ha detenido ya a varias, pero que son muchas y a la hora pico no hay manera de controlar el tumulto. Incluso, nos dijo que las cámaras en las estaciones no son para videograbar a la gente, como en el Metro, sino a los metrobuses, por si hay algún choque, algún atropellado, algún accidente.

“Finalmente nos dijo que reportáramos el robo a los teléfonos del Metrobús (están en todas las estaciones) para saber si alguien había encontrado alguno de los documentos de Viridiana.

Nos recomendó tener cuidado y nos dijo que de verdad ellos no pueden hacer nada cuando el tumulto los rebasa a las horas pico y la gente encabronada y a empujones solo los maltrata.”

***

El caso de Viridiana es uno de tantos. Otra pasajera, en la estación Chilpancingo,  Línea 1, Indios Verdes-El Caminero, sufrió los mismos apretujones, pero a ella le robaron una computadora portátil.

La mujer logró salir a duras penas, como botada, y luego se percataría de lo que le había sucedido; y por un momento quedó ahí, impotente, mientras veía alejarse al monstruo rodante que reventaba de tantos pasajeros.

—¿Una lap top?

—Sí.

Aunque usted…no lo crea.