Crónicas urbanas

Ahorradores al precipicio

Familias perdieron miles y millones de pesos invertidos en una  empresa. Los afectados, jubilados enfermos y gente que vendió sus casas, entre otros agraviados, se conocieron mientras protestaban.

El anuncio de que perdían sus ahorros los unió y tomaron las calles, donde conocieron otras historias de terror; y ahí andan, fraternales, como viejos conocidos, letreros de protesta y gritos que exigen la devolución de su dinero, miles, incluso millones de pesos que, en algunos casos, habían invertido en bancos que ofrecían una pizca de intereses y entonces decidieron cambiar de opción, pues escucharon, o alguien los convenció, de que existía una empresa que ofrecía más ganancias; y en este enganche participaron familiares de empleados bancarios; y otros se dejaron llevar por la atractiva publicidad radiofónica, en voz de populares conductores. 

Cada historia de estos hombres y mujeres, de clase media y baja, es parecida, pues tiene el mismo origen, pero con dramas de diferentes dimensiones, como a tres cuya ansiedad los llevó al infarto, o los ancianos que apostaron por vivir de sus pensiones invertidas y ahora, enfermos, arrastran su desgracia por las calles; y los hay aquellos que prefieren enclaustrarse, pues temen que sus familiares sepan que arriesgaron su capital, de modo que a las protestas callejeras envían a sus amistades para engrosar las filas del descontento y así presionar, pero resulta que solo 42 por ciento de los 6 mil 400 ahorradores recibirán el total de sus ahorros.     

Todos los datos oficiales son de la Comisión Nacional Bancaria y de Valores, CNBV, uno de los organismos que, junto con la Comisión Nacional para la Protección y Defensa de los Usuarios de Servicios Financieros,  Condusef, ha sido blanco de ataques por parte de la gente que, dolida, tuvo que recurrir a la protesta pública y ahora lanza sus lamentos. “Disculpen las molestias pero nos están robando”, dice uno de los letreros más conocidos en esa pancarta que cubre lo ancho de la avenida.

La mayoría de los afectados sabe que existe la posibilidad de cobrar un seguro de depósito por 131 mil pesos; pero eso no los consuela, pues lo que ellos quieren es la devolución total. Lo tiene muy presente José Pascual Rosales, de 54 años, de Iztapalapa, quien oía la publicidad del actor Alfredo Adame, en Radio Universal, sobre las ventajas que tenía ser parte de la Sociedad Popular Ficrea. “Taladró tanto la mente”,  recuerda, “que le dije a mi mamá que invirtiéramos, porque era 10 por ciento de rendimiento”.

Tenían el producto de dos seguros, cada uno de 180 mil pesos, que había dejado su padre, pero su madre, desconfiada, le dijo que solo invirtieran una de esas cantidades. Rosales investigó a la empresa, avalada por la CNBV y la Condusef, y decidieron sacar su dinero de Santander, donde les daban 173 pesos mensuales; una empleada les insistía que no lo hicieran, porque “se iba a poner bueno”, pero se salieron.

En Ficrea, en cambio, ofrecían 830 pesos mensuales,  les informó una promotora de nombre Aliny, de la sucursal Narvarte, y el 24 de septiembre hicieron la transferencia; el 19 de diciembre Rosales supo que habían intervenido a la empresa y trató de comunicarse con Alíny, pero nunca contestó el teléfono. “Ellos quisieron engordar el puerquito para quedarse con más lana”, deduce Rosales.

Algo parecido sucedió a Carlos Grajeda, de 70 años, enfermo de osteoporosis,  quien invirtió 200 mil pesos. “Eran parte de mis ahorros”, dice el hombre, que apenas puede moverse con la ayuda de un bastón. Lo acompaña Héctor Escárcega, de 49 años, cuya historia es muy diferente, pues en 2012  depositó un millón de pesos y, como dice, “me pagaban en tiempo y forma mis intereses”.

— ¿Y qué pasó?

—De repente la Comisión Nacional Bancaria interviene a Ficrea, diciendo que era lavado de dinero, pero no lo pudieron comprobar. Lo que pasa es que dicen que Ficrea ya se iba a convertir en banco.

Junto a él, sobre la misma calle de Bucareli, cerca de la Secretaría de Gobernación, está José Hernández, quien con cuatro familiares hicieron lo que denominan un pool e invirtieron algunos millones. “Y ni a quién pedirle dinero”, suspira y añade: “en Ficrea captaron gente de la tercera edad que estaban en cajas de ahorro; 60 por ciento son de la tercera edad”.

Y surgen más casos.

Un ingeniero tenía planeado construir un edificio e  invirtió  su capital, pues con los intereses obtenidos pensaba pagar insumos. Una señora que iba a vender su casa, para comprarse otra mejor, recibió parte del anticipo y lo invirtió. El médico Rodolfo Consuegra, con una “juventud acumulada de 83 años”, como él bromea, estremece con una frase: “yo no me arredro, pero esto me partió en canal”.

—¿Qué le parece todo?

—FICREA estuvo supervisada por la CNBV y ahora detectan que hubo anomalías; ha habido bancos que han estado inodados en lavado de dinero y en otras anomalías y siguen funcionando…

El médico, jubilado del IMSS, no para de hablar, armado de un discurso coherente, mientras contiene su rabia, pues prefiere describir la realidad con hechos, más que con palabrería, y por eso ejemplifica:

“Habemos mucha gente de la tercera edad y varios son diabéticos, hipertensos o tienen cardiopatías u otras enfermedades; algunos, le digo, ni siquiera pueden asistir a las marchas. Me enteré que acaban de fallecer tres ahorradores. Hay un ahorrador, que mientras operaba una herramienta de trabajo, sufrió la amputación de dos dedos; con esto quiero decir que detrás de un ahorrador, hay un drama”.

—¿Y qué sugiere?

—Que el gobierno federal se aboque a resarcir esta ignominia –dice, mientras lo secunda otros indignado, Gerardo Amaro Martínez, de 57 años, quien invirtió el monto de su jubilación y parte del capital de su madre.

Lorena Vallejo, de 45 años, tiembla mientras sintetiza su problema. “Mis papás tenían sus contratos y yo el mío”, dice. “Mi papá tiene cáncer en la vejiga, efisema pulmonar, diabetes y demencia senil. Todo lo puede comprobar con los doctores de papá. Y mi mamá es hipertensa”.

—¿Y usted?

—Los ahorros de toda la vida de mis papás y el producto de la venta de mi casa, están ahí. Yo estudiaba en el Instituto Superior para Intérpretes y Traductores para poder tener una carrera, y ahora pregunto: ¿quién me va a dar trabajo? Yo no le pido limosna a nadie, pero ¿cómo voy a seguir pagando los seguros de gastos médicos mayores? 

La escucha Maribel Ivonne Jiménez. “Toda mi familia está en este problema”, relata Ivonne. “Mi abuela Magda tiene 75 años y está enferma del corazón; mi mamá, de 52, es hipertensa”. Una joven y su novio tenían una inversión, pagaban sus colegiaturas en el Tec de Monterrey y pensaban casarse.

Y Aby, de 74 años, medio rostro envuelto en una pañoleta, dice: “Me da mucha tristeza, porque me había ido bien en dos años. Por la edad quería dejar de trabajar y vendí el negocio y entré a FICREA; a un mes de mi segunda inversión, me dicen lo que pasó, pero no estoy dispuesta a perder 54 años de trabajo”.  

Las hermanas Clara y Fabiola Torres metieron sus ahorros en octubre, incluido el monto de una liquidación laboral, y ahora esperan, como todos los demás, entre la indignación y la esperanza, incluyendo a un hombre de 97 años, quien “toda su vida desconfió de estas cosas, pero fue convencido”, relata un vecino de Naucalpan, Estado de México, donde los miembros de una asociación de colonos, en paquete, entraron con una cifra millonaria.