Tras bambalinas

'Billy Elliot'

Cuando Billy Elliot llegó a México, que debió haber sido el mismo año 2000 que se estrenó en Londres, me gustó tanto que vi la película al menos cinco o seis veces y llevé a verla a familiares y amigos. Siempre con el mismo resultado: a todos nos encantaba.

Luego, la gran noticia. Se haría un musical. Moría por verlo; sin embargo, por x o z razones no pude viajar ni a Londres ni a Nueva York, y perdí la oportunidad de verlo. Pero todas las personas que sí lo vieron (entre ellos dos de mis queridos sobrinos) quedaron extasiados. Si te gustó la película, el musical te da a enloquecer, me decían.

Tuve entonces que conformarme con ver fragmentos de las puestas en escena una y otra vez en YouTube, y sí, me emocionaba enormemente. Hace unos cuantos meses vi en dvd la versión completa del montaje londinense y me quedé sin aliento. M-a-r-a-v-i-l-l-o-s-a.

Hago este largo preámbulo, porque hace unas cuantas semanas por fin pude ver el musical Billy Elliot en México, y quizá por todo este historial que he enlistado, no terminé la función con la misma sensación de plenitud de hasta ahora había tenido frente a esta conmovedora historia. Mis expectativas eran altísimas.

Sin embargo, sí me gustó, y por ello aplaudo, primero el enorme esfuerzo que sé, supuso, y supone, tener un montaje de estas magnitudes, la cantidad de elenco, técnicos, cambios escenográficos y de vestuario, lo hace de unas dimensiones enormes.

Aplaudo también el trabajo de la compañía, muchos de sus integrantes, no solo en el escenario, sino en todas las áreas, “viejos lobos de mar” en el mundo de los musicales que se las saben de todas todas y que dejan el alma en cada función.

Un aplauso más para el trabajo de adaptación, no solo del texto y los diálogos, sino del montaje mismo, pues escenografía, vestuario, iluminación, audio… fueron diseñados exprofeso para esta puesta en escena.

Pero, sobre todo, un aplauso, ovación de hecho, para los cinco niños que alternan el muy difícil personaje protagónico. Su preparación, profesionalismo, talento y dedicación son pilares para el teatro de este país. A mí me tocó ver a Aarón Márquez, y no dudo que Mauricio Arriaga, Ian González, Jesús Trocino y Demián Ferráez estén igual de bien. Sin duda debo ver al menos una vez más Billy Elliot, no solo porque me gusta mucho la historia, sino porque ahora que ya conozco esta propuesta, seguramente podré apreciarla más.

hugohernandez@mejorteatro.com