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Había una vez un satélite

Érase una vez una familia de pocos miembros que añoraba la llegada de un nuevo integrante, pues su linaje se estaba acabando.

El padre procuraba a la madre con esmero, pues con apenas tres descendientes esperaban que el nuevo hijito preservara el linaje MexSat. Muchas personas vigilaban al pequeño, pues otras familias amenazaban con apoderarse del reino de esta aminorada casta. Finalmente el muchacho nació y creció, pero con la fragilidad de una estirpe en decadencia.

Su nombre era el mismo que el del abuelo, pero como nació a inicios de siglo le llamaban Centenario. Las esperanzas de la familia estaban puestas en él para unificar al pueblo y llevarlo a una nueva era de progreso. El satélite creció y se desarrolló, pero en muchas ocasiones se dudaba de su sobrevivencia, pues no encontraban un remedio a sus males. La madre, preocupada por la salud de Centenario, encargó su atención y cuidado a un curandero tipo Rasputín, pero apodado Felipuchín. Este hombre decía tener la cura para el joven; sin embargo, su vida disipada y bohemia le hacía descuidar la salud del heredero.

Aiga sido como aiga sido, Felipuchínse ganó la confianza de la familia y de toda su corte, por lo que nadie le discutía lo que decía. Cierto día Centenario tuvo una recaída y Felipuchín, basado en una visión, recomendó llevarlo a las lejanas tierras de Kazajistán y sanarlo. Decía que era lo mejor para salvar la vida del satélite y que incluso lo elevarían hasta los cielos.

Desde entonces y hasta hoy varios cortesanos desconfiaron de la idea de llevarse el satélite hasta esas tierras cuando tenían otros remedios. Varios consideran que Centenario habría tenido un mejor destino recurriendo al método francés llamado Kourou. También veían la alternativa americana de curarlo con cañas; es decir, utilizando un Cañaveral.

Era el año 12 del nuevo siglo cuando Felipuchín decidió usar una cura extraña para el heredero de la familia MexSat. El curandero nunca sanó al endeble joven y hasta hoy se desconoce el motivo para sugerir una alternativa tan rara. ¿Habrá sido una visión, una punzada, un moche, una oferta, una propaganda, una promoción? Solo ellos lo saben.

El satélite Centenario llegó con vida al año 15, pero nadie pudo rescatarlo y murió una mañana rusa en las frías tierras siberianas.

Moraleja: Felipuchín nos debe una lana o por lo menos una explicación, creo.

hugo.gonzalez@milenio.com

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