Gajes del orificio

Jaime López en el 61

Dos leyendas de la música mexicana contemporánea relacionada con el blues, el folk y el rock. El gran Jaime López y ese entrañable lugar llamado el 61.

Por un lado, un gran intérprete y hacedor de canciones (no hace mucho platicaba con Jaime acerca del feo y equívoco término cantautor, y me decía que es difícil hallar un buen equivalente en español a la palabra inglesa songwriter. Cierto: ¿cancionero, cancionista? Dejémoslo pues en hacedor de canciones... ¡y qué canciones! Siempre he dicho que López es el mejor letrista del rock, que no rockcito en su caso, nacional y lo sostengo).

Por otro lado, el legendario bar 61 (antes Ruta 61) que ha vuelto por sus fueros en otra ubicación más céntrica (Fray Servando casi esquina con 5 de Febrero) y con mucho mayor cupo y espacio, pero sin perder su vieja mística negra, abierta hoy a otras expresiones musicales como el jazz, el funk y el rock.

Gran noche la del pasado sábado 29 de julio, con un 61 lleno a reventar y un Jaime López a solas en el escenario, con no más acompañantes que su guitarra electroacústica de 12 cuerdas, su armónica, su voz y una botella de vino rojo. Casi tres horas de actuación en un verdadero tour de force que jamás decayó y en el que el público, su público, no dejó de cantar las ¿veintitantas, treintaitantas? canciones que ofreció sin darse un momento de reposo. Nada de intermedios. Para parafrasear a Norman Mailer: los tipos duros no hacen pausas.

Temas de todas sus épocas, más de 30 años compilados en canciones a las que el músico quiso imbuir de un mood bluesero y cachondo, con esa voz rasposa que sube y baja de manera asombrosa y esas letras tan llenas de juegos de palabras e intencionada ironía.

Jaime López y el 61. Grata y perfecta conjunción en una noche en la que asomaron las narices Lou Reed y Muddy Waters, Howlin’ Wolf y Chuck Berry, pero también Mike Laure y el autor anónimo de “La llorona”.

¡Sácalo!

Twitter: @hualgami