Gajes del orificio

Diciembristas en enero

"What a Terrible World, What a Beautiful World" es un magnífico disco de rock.

El problema de clasificar o de etiquetar a la música es que tiene como resultado una atomización que, muchas veces, termina por significar nada. ¿Cómo denominar a cierto subgénero como indie-pop, cuando ni siquiera queda claro qué es eso que se denomina indie?

The Decemberists es una de las agrupaciones más interesantes del rock actual, si entendemos al rock como un universo que abraza una gran cantidad de géneros que van del folk al metal y del punk al progresivo, etcétera. Antes, uno escuchaba a Buffalo Springfield o a Black Sabbath y aunque sus estilos eran radicalmente distintos, se les consideraba básicamente como grupos de rock. Hoy hay que meter a cada propuesta musical en un sub-sub-sub-subgénero específico, en un ejercicio tan discutible como inútil.

Volvamos con los Decemberists, el quinteto de Portland, Oregon, encabezado por el talentoso compositor, guitarrista y cantante Colin Meloy, quienes desde 2001 han venido deleitándonos con un rock que abreva del folk y que hereda lo mejor de gente como Neil Young, David Crosby, James Taylor, It’s a Beautiful Day o The Byrds, por mencionar algunas de sus más remotas raíces (aunque la mercadotecnia actual los sitúe como intérpretes de indie pop, solo por su notable facilidad armónica y melóadica).

What a Terrible World, What a Beautiful World (Capitol, 2014) es el nombre de su flamante nuevo álbum, el séptimo en su discografía, que aparece precisamente el día de hoy y que vuelve a ofrecernos su muy característico sonido por medio de 14 composiciones espléndidas, llenas de una gran belleza musical y poética. Temas como “Lake Song”, “Till the Water Is All Long Gone”, “The Singer Adresses His Audience”, “The Wrong Year”, “Cavalry Capain”, “Anti-Summersong” o “Philomena” poseen una sofisticación y una finura que apelan tanto a la emoción estética como a la inteligencia del escucha.

Un disco a la altura de las mejores obras del grupo, como los grandiosos Picaresque (2005) o The Hazards of Love (2009). Un magnífico disco de rock.

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