Gajes del orificio

Chrissie Hynde y el síndrome de Estocolmo

El sello de Chrissie Hynde es tan definitivo que se mantiene claro y sin máculas.

En 1980, apareció el primer disco de un cuarteto inglés que apostaba por el entonces floreciente subgénero del new wave, con algunos tintes de punk y rock clásico. Su estilo era muy peculiar, gracias sobre todo a la característica voz de su cantante, una estadunidense de nombre Chrissie Hynde. La agrupación se llamaba The Pretenders y su álbum, homónimo, es hoy un clásico absoluto, con temas tan buenos como “Precious”, “The Phone Call”, “Brass in Pocket” y su versión de “Stop Your Sobbing” de los Kinks. Luego vendrían varios trabajos discográficos más, entre los cuales destaca el grandioso Learning to Crawl de 1984 (¿cómo olvidar “Middle of the Road”, “Thin Line Between Love and Hate” o “Back on the Chain Gang”?).

Tres décadas más tarde y a un sexenio de haber grabado el último álbum de los Pretenders (el muy aceptable Break Up the Concrete de 2008), Hynde acaba de dar a luz su primer opus como solista, una obra extraña y desconcertante, no por su vanguardismo o su afán por la experimentación, sino todo lo contrario: por su franca incursión en la música pop.

Stockholm (Caroline International, 2014) es el título de este plato, cuyo nombre se debe a que la cantante y compositora se puso en manos del productor sueco Björn Yttling, integrante del grupo de pop electrónico Peter Bjorn and John. No obstante esto, la fuerte presencia de Hynde dota de un extraño poder a este que es en definitiva su disco más light. Una contradicción casi dialéctica.

No se piense sin embargo que estamos frente a una música pop tipo Britney Spears o Katy Perry, ni siquiera se parece a la de Lady Gaga o a la de Madonna. El sello de Chrissie Hynde es tan definitivo y tan definitorio que, a pesar de los arreglos y acompañamientos, se mantiene claro y sin máculas.

Es cierto que no hay new wave, punk o rock en Stockholm, pero tampoco estamos frente a un acto de alta traición o una tentativa de comercialidad a ultranza. Más bien me parece un intento por hacer algo bueno y diferente y, ¿saben qué?, esta mujer de 63 años lo consigue.  

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