Cámara húngara

De secretarios de Gobernación y otras rulfianadas

"Vine a Bucareli porque me dijeron que acá despachaba el secretario de Gobernación, un tal… (ponga el lector el nombre que guste de los funcionarios que han ocupado ese cargo de 1868 a 2014)".

Valga la referencia rulfiana para decir que en México, hasta antes del año 2000, la figura del secretario de Gobernación era la de un personaje temible que solía infundir terror y a quien asociábamos con palabras como represión, control, censura, cárcel y otras linduras por el estilo. Nombres como los de Ernesto P. Uruchurtu, Gustavo Díaz Ordaz, Luis Echeverría Álvarez, Mario Moya Palencia, Manuel Bartlett Díaz o Fernando Gutiérrez Barrios ponían la carne de gallina y hacían que muchas cosas se dijeran en voz baja o de plano no se dijeran.

Claro que también habían ocupado ese puesto notables personajes, como Jesús Reyes Heroles o Jorge Carpizo, pero fueron la excepción que confirmaba la escalofriante y funesta regla. Eran las épocas de la llamada dictadura perfecta (Mario Vargas Llosa dixit) y nuestro ministerio del Interior provocaba más miedo que confianza, más resquemores que simpatías.

La docena tragicómica (es decir, los doce años panistas) quitó la etiqueta de malos (y buena parte de su poderío e influencia) a los encargados de ese despacho y mucho se llegó a especular acerca de si con el regreso del PRI a la Presidencia de la República, la figura del secretario de Gobernación recobraría sus antiguos y autoritarios fueros.

Por suerte, hoy son otros tiempos. El poder que todavía hace tres lustros ejercía el Ejecutivo ahora es compartido con el Legislativo y ello disminuye las tentaciones dictatoriales. Pero no solo eso. Como se vio el miércoles pasado, hoy el titular de la Segob sale a la calle a dialogar con un numeroso grupo de descontentos y lo hace con éxito. Al momento de escribir esto, desconozco cómo le fue ayer viernes, pero como sea hay una positiva señal de cambio que todos deberíamos saludar, aunque los agoreros de siempre lo vean con malos ojos.

Afortunadamente, ya no estamos en épocas de Pedro Páramo y hay posibilidades más civilizadas de apagar el llano en llamas.

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