Cámara húngara

Nuestros inevitables políticos

A menudo veo, leo y escucho quejas acerca de nuestra clase política. Sobre todo en las redes sociales, son constantes los reclamos contra los politicastros que nos tocaron en suerte. La gente se enoja mucho por esa causa. Yo mismo caí en ello alguna vez, aunque hace tiempo que preferí cambiar mi manera de ver el asunto y contemplarlo de manera más realista y, digamos, más filosóficamente cínica.

Con lo anterior quiero decir que he llegado
a la conclusión de que todo lo que asociamos con la política real (no la ideal que nos enseñaban en las clases de civismo, cuando había clases de civismo), es decir, corruptelas, traiciones, intrigas, manipulación, deshonestidad, hipocresía y un largo etcétera; todo eso es y ha sido, a lo largo de dos siglos, parte sustancial e intrínseca de los hombres que hacen política en nuestro país.

Aceptémoslo: el zoon politikon mexicanus se ha comportado de ese modo desde el siglo XIX, sin importar su pertenencia a las facciones liberales o conservadoras. Congresistas y funcionarios de aquellas épocas eran igualitos a los del siglo XX y lo que va del XXI. ¿Suena conformista decirlo? Yo lo llamaría realista. Tan sencillo como que el poder corrompe por necesidad. Aquí y en todo el mundo, hoy y en todo tiempo (recomiendo de nuevo ver la serie House of Cards, de Netflix, una implacable lección crítica pero verdadera sobre lo que es la política en la práctica y no en la dorada teoría de los libros de texto en las universidades).

No seamos ingenuos. Los políticos jamás van a cambiar. Sean del partido que sean. ¿Ha desaparecido la corrupción en el DF desde que lo gobierna el PRD? ¿Cambió el país para bien durante los 12 años que lo gobernó el PAN? La respuesta es obvia. Quien entra a la política se contamina de ella, porque ingresa a un mundo lleno de complicidades, compromisos y componendas. Así fue, así es y así será.

¿Qué hacer entonces? ¿Una revolución? ¿Para que lleguen nuevos políticos igual de corruptos y manipuladores? Yo recomendaría observar las cosas con cierta dosis de sentido del humor, a fin de no hacer corajes inútiles, de no amargarse. Pero sé que soy un cínico.

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