Cámara húngara

De imbéciles y semejantes

Nadie acepta ser un imbécil. El imbécil siempre será el que piensa distinto a nosotros, el que no comparte nuestras opiniones o nuestra visión del mundo, el contrario, el rival, el otro, los otros.

Dice Yuval Noah Harari, en su estupendo, provocador y controvertido libro De animales a dioses. Breve historia de la humanidad (Debate, 2014): "Existen algunas pruebas de que el tamaño del cerebro del Homo sapiens medio se ha reducido desde la época de los cazadores-recolectores. En aquella época, la supervivencia requería capacidades mentales soberbias de todos. Cuando aparecieron la agricultura y la industria, la gente pudo basarse cada vez más en las habilidades de los demás para sobrevivir y se abrieron nuevos nichos para imbéciles. Uno podía sobrevivir y transmitir sus genes nada especiales a la siguiente generación, trabajando como aguador o como obrero de una cadena de montaje". Según Harari, la imbecilidad se ha hecho creciente entre los Homo sapiens, es decir, entre nosotros, y las pruebas se pueden constatar a diario y no solo, digamos, en la televisión abierta nacional, sino también entre las élites económicas, políticas y hasta culturales que dominan al mundo.

Ahí está el caso de Donald Trump, a quien en un reciente artículo ("El éxito de la antipatía", El País, enero 2, 2016) Javier Marías describe de la siguiente manera: "Si se mira a Trump con un mínimo de desapasionamiento, no hay por dónde cogerlo. Su aspecto es grotesco, con su pelo inverosímil y unos ojos que denotan todo menos inteligencia, ni siquiera capacidad de entender. Su sonrisa es inexistente y si la ensaya, le sale una mueca de mala leche caballar (ay, esos incisivos inferiores). Sus maneras son displicentes sin más motivo que el de su dinero, pues no resulta ni distinguido ni culto ni 'aristocrático', sino hortera y tosco hasta asustar". Un imbécil, pues. Como imbéciles son tantos políticos mexicanos de todos los partidos y basta con leer las noticias diarias para constatarlo. El problema es que no se dan cuenta o no quieren hacerlo.

Porque nadie —y menos un egocéntrico— acepta ser un imbécil. Aunque lo sea.


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