Cámara húngara

Sobre Fidel (carta a mí mismo)

Me escribo esta carta desde mi edad actual, me la escribo al que fui hace más de cuatro décadas, cuando tenía 18 o 19 años de edad y era un convencido de que el socialismo era algo históricamente inevitable y que el fin del imperialismo resultaba ineludible. Al que despertó a la conciencia política leyendo las historietas y los libros de Rius (Cuba para principiantes, entre ellos), para pasar de ahí a los textos de Marx, Engels, Lenin, Maurice Cornforth, C. Wright Mills y hasta Marta Harnecker. También El diario del che en Bolivia y Discursos de Fidel Castro. Al que abominó de Estados Unidos por la guerra de Vietnam y admiró solemne y dogmáticamente a la Unión Soviética y todo el bloque a su alrededor, incluida la China de Mao Tse-Tung. Lógicamente ese yo joven, rebelde, utopista, idealista, apasionado, abrazó la causa de la Revolución cubana que para entonces cumplía sus primeros 10 o 12 años y era un ejemplo para quienes queríamos liberar a México y a Iberoamérica del yugo del capitalismo yanqui.

¿Te acuerdas, yo joven, de la manera como discutías con tus amigos, tus primos, tus tíos y tus padres, quienes no comprendían que fueras un rojo, un subversivo, un socialista? Los considerabas unos reaccionarios ignorantes cuyas cortas ideas las abrevaban de la televisión y de revistas como Life y Selecciones del Readers Digest o diarios de derecha como Novedades o El Heraldo de México. Ellos no entendían la justa causa de Fidel Castro y los suyos, esos héroes libertarios que salvarían no solo su isla sino, con su ejemplo, al continente y al mundo todo.

Nunca hubieras pensado entonces que con el tiempo te desengañarías y descubrirías los horrores de Stalin, de Brézhnev, de Ceausescu, de Pol Pot, de los chinos, de los norcoreanos y, finalmente, de Fidel, el barbudo a quien tanta admirabas, al que tanto idolatrabas y quien resultó un implacable tirano represor de toda disidencia.

Hubieras lamentado su muerte entonces. Yo no la lamento hoy.

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