Cámara húngara

Contra los fanatismos

El salvaje atentado de un comando armado del radicalismo musulmán en contra de una docena de caricaturistas franceses, en pleno centro de París, así como sus secuelas, nos lleva a horrorizarnos y a mostrarnos escandalizados por la extrema violencia a la que son capaces de llegar este tipo de terroristas. Sin embargo, la matanza en las oficinas del semanario Charlie Hebdo y en el supermercado kosher va más allá y debe movernos a reflexionar sobre el fanatismo y los desbordados límites a los que es capaz de llegar la gente que se ciega por una causa política, ideológica o religiosa (y a veces hasta deportiva).

El mundo vive momentos de polarización cada vez más marcados y México, por desgracia, no escapa de este mal. El dogmatismo de quienes se sienten dueños de la verdad absoluta y tratan de imponerla por todos los medios es un signo de estos tiempos. En plena segunda década del siglo XXI, se vive una especie de retorno a la Edad Media en el que se olvida la razón y se señala como enemigos a quienes no piensan de determinada manera. Esto puede llegar a niveles de enorme dimensión, como en el caso de grupos fundamentalistas tipo Al Qaeda y el Estado Islámico en Medio Oriente o Boko Haram en Nigeria. Pero también puede darse con una relativa menor intensidad, tal como lo hemos experimentado en nuestro país, sobre todo a partir de 2006.

Se dirá que son cuestiones que no pueden compararse, que la barbarie de aquellas agrupaciones no tiene paralelo con lo que sucede en México, pero el fondo de todo es el mismo: la intolerancia, la desconfianza, el insulto, el odio y la violencia, ya sea verbal o física.

Dice el viejo refrán que cuando veas las barbas de tu vecino cortar pongas las tuyas a remojar y eso es lo que los mexicanos deberíamos hacer antes de que las cosas lleguen más lejos. El rencor sigue vivo, el encono y el afán revanchista también. Buscar el diálogo para dirimir diferencias tendría que ser una finalidad de todos, una finalidad democrática, y creo que para la mayoría lo es. El problema está en quienes apuestan por lo contrario. Son integristas, a su modo.

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