Cámara húngara

Vigencia de don Perpetuo

Quienes la leyeron en su momento o en sus múltiples reediciones a lo largo de los años posteriores deben recordar con agrado la historieta Los Supermachos, de Eduardo del Río, Rius, una especie de decano y tótem de los caricaturistas mexicanos actuales (debo confesar que aunque hoy ya no comulgo con la esquemática visión política del gran humorista michoacano, durante buena parte de mi vida fue mi principal ideólogo y lo leía con absoluta devoción, tanto en la referida historieta como en Los Agachados y en sus numerosos libros —Marx para principiantes y La panza es primero eran para mí como una Biblia).

Pues bien, en Los Supermachos había un personaje torvo, astuto, corrupto y maquiavélico que era el presidente municipal del pueblo de San Garabato y que respondía al nombre de don Perpetuo del Rosal. De botas y sombrero de ala ancha, de eternos lentes oscuros y bigotazo ranchero, miembro fiel del RIP (eran épocas en que la censura no hubiese permitido usar el nombre del PRI), don Perpetuo hacía y deshacía a su antojo, con todo el autoritarismo, el cinismo y el populismo de tantos políticos mexicanos de ayer, hoy y mañana.

¿Qué tan vigente sigue siendo don Perpetuo en pleno siglo XXI, qué tan vigente lo sigue siendo en este México tan lleno de trabas, muchas de ellas mentales, que no le permiten dar el gran paso a la modernidad y el desarrollo?

Basta echar un ojo a nuestros políticos de esta década, para darnos cuenta de que el espíritu del referido alcalde caricaturizado por Rius se encuentra absolutamente presente, con la variante de que ya no solo representa a los priistas, sino también a perredistas, panistas, morenistas, petistas, verdes y demás fauna polaca. Ahí están las mismas mañas, las mismas transas, las mismas mentiras, las mismas promesas sin cumplir, la misma demagogia y hasta el mismo mesianismo iluminado.

Don Perpetuo del Rosal debería ser considerado héroe y patriarca de los políticos mexicanos y su nombre tendría que estar inscrito, con letras de oro, en el Palacio Legislativo.

Ya que la nuestra es una política de historieta, honor a quien honor merece.

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