Cámara húngara

Mexican House of Cards

A lo largo de los meses más recientes, parece ser que estamos descubriendo que tenemos una clase política de la peor ralea. Como si se tratara de un fenómeno tan nuevo como sorprendente, de pronto resulta que nuestros políticos todos son el súmmum de la corrupción, la ineficiencia y la desfachatez.

Con la carta blanca que nos da nuestro puritanismo, nos mostramos escandalizados y queremos llevar a la hoguera a esos malditos que no son como nosotros y que tienen al país hundido en la ignominia. Nos damos golpes de pecho para librarnos de toda culpa y mantener tranquila a esa (doble) moral que nos permite dormir tranquilos y sentirnos ajenos a esos monstruos.

Llevo un tiempo diciendo que quienes pretendan estudiar la política real y mundana no deben hacerlo en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, sino ver y analizar con atención la serie televisiva House of Cards. Ahí está lo que es verdaderamente la polaca cotidiana, con sus intrigas, sus negociaciones en lo oscurito (¿hay otra manera de hacerlas?), sus puntos finos, sus lealtades y sus traiciones. Porque esa es la real politik: ese tragar sapos y moverse en el lodo sin hacerle el feo. Lo demás son pasteurizadas teorías de salón de clases que nada tienen que ver con la realidad.

La clase política es así y así ha sido a lo largo de la historia, no solo en México, sino en cualquier otra parte del mundo. No se trata de disculparla o de querer lavarle la cara, sino de verla como es y no como quisiéramos que fuese. Si alguien cree que con la llegada de otro partido al poder las cosas van a cambiar, es mejor que no se ilusione. Ya se vio en la más reciente historia del país que no es así: dos sexenios panistas o 18 años de perredismo en la capital de la República sirven como perfecto ejemplo de que en la política todo cambia para seguir igual. Si llegan Morena o algún otro, tampoco variará la cosa.

Si no partimos de esa verdad, jamás llegaremos a cosa alguna. Desengañémonos: la política es como es y no va a cambiar. Pregúntenle a Frank Underwood.

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