El país de las maravillas

Mi perro y el valor de la verdad

Dicen que aquel filósofo griego que vivía en un tonel, Diógenes, fue el primero que dijo: “Más conozco a los hombres, más quiero a mi perro”. Y esta frase que bien podría decir cualquier dueño de un perro se aplica sobre todo a la clase política. Grrrr.

Cuando yo entré a la escuela primaria, hace muchísimos años, en la familia teníamos al Terry. No era fino ni especial, pero como mis hermanos y yo éramos pequeños y cariñosos, el perrito se convirtió en nuestra adoración. Pero un día el Terry desapareció, y la versión oficial fue que tal vez se lo robaron los trabajadores que recogían la basura. Así que nos quedamos sin perro, o al menos sin ese perro, y con cierta inquina hacia los trabajadores de Limpia.

Muchos años después, cuando yo ya me rasuraba el bigote, mi padre publicó un libro de cuentos, y uno de ellos empezaba así: “Tuve una vez un perro…”. Cuando leí el cuento, la memoria me llevó de regreso al Terry, pues la descripción se ajustaba.

Pero el cuento me dejó frío. Con su prosa campirana, tosca pero cálida, mi padre describió el último día del Terry. Por la razón que fuera, de seguro en lo más ardiente del verano regio, el perro contrajo la rabia. Los vecinos se dieron cuenta y, armados de piedras y palos, escenificaron un episodio triste, acorralando al infortunado can hasta que ya no se pudo replegar, para luego matarlo a pedradas. Muerto el perro se acabó la rabia.

No quise preguntarle a mi padre si el Terry del cuento era el mismo de mi niñez. Estaba seguro de que sí, y me sentí defraudado por la mentira implicada en aquel episodio. ¿Qué había ocurrido? De seguro mis padres no quisieron que viviéramos el horror de pensar que los vecinos, con cuyos hijos jugábamos en el terregal buscando camaleones, hubieran lapidado a nuestro perro. Así que nos contaron una mentira blanca, una mentira protectora.

Así es el Gobierno paternalista que muchos mexicanos piden. Es un Gobierno que ve las realidades, pero le cuenta al pueblo mentiras blancas para protegerlo, una tras otra, tantas, que ya ni el propio Gobierno sabe dónde está el límite entre la verdad y la mentira. Y así vivimos ahogados por mentiras contadas para protegernos.

Pero algo está empezando a quedar claro. Aunque todavía muchos mexicanos quieren un Gobierno protector que cuente mentiras blancas, somos cada vez más los que renegamos de esas mentiras y estamos dispuestos a afrontar la verdad, por dolorosa que sea.

Si nuestros padres no nos hubieran querido proteger inventando una historia sobre el destino del Terry; si nos hubieran dicho la verdad, hubiéramos llorado a mares, pero habríamos aprendido a respetar la verdad. Con la mentira de cualquier forma lloramos, pero no maduramos. Igual pasa con el pueblo. Tal vez se trague todavía muchas de las mentiras que cuenta el Gobierno, pero sigue sin madurar. Es hora de que las mentiras se vayan a la basura, ¿verdad que sí? Hasta el Terry estaría de acuerdo.

horacio.salazar@milenio.com