El país de las maravillas

Un sueño guajiro

Han pasado tres días desde que estamos en 2014 y no le veo nada de nuevo al año. Todavía no termina el maratón Lupe-Reyes y ya cayeron sobre los ciudadanos inermes un montón de calamidades cuyos efectos todavía no se ven claros, pero que sin duda harán del actual un año complicado. Y en el ancho mundo de la política local, las cosas han cambiado para también seguir iguales.

Caso en cuestión: el gobernador Rodrigo Medina usó su derecho de veto para frenar una decena de reformas que aprobó la mayoría panista en el Congreso para transparentar algunas cosas y poner coto a otras.

Y la respuesta no se hizo esperar. El líder estatal del PRI, Eduardo Bailey, defendió el veto señalando que el Partido Acción Nacional lo que quería con esas reformas era maniatar al Poder Ejecutivo. A su vez, el PAN salió con la fresca de que el mandatario sólo respeta al Congreso cuando le conviene o cuando no se afectan sus intereses particulares.

Curioso asunto, porque esta reacción del PAN criticando el proceder del gobernador se da el mismo día en que la primera panista de Monterrey sale con la novedad de que estudia asignar en directo, sin licitación, un proyectillo de 170 millones de pesos, que como suele ocurrir saldrá tal vez en 250 millones.

O sea: detrás de las decisiones tomadas por alcaldías, gubernatura y demás capas del servicio público está siempre oculta la mano de los partidos.

Y yo digo, plantado en mi necesidad de buscar ángulos nuevos al empezar periodos nuevos: ¿Qué no estamos ya todos convencidos de que tan malo es el pinto como el colorado? Llámese PAN, PRI, PRD, PT, Panal o lo que sea el partido en el poder, a la hora de la hora se busca el bien del partido más que el del votante.

El ciudadano de a pie, la persona normal como usted o como yo, es un monigote que vota y ya. Cada mono plantado en un cargo público trabaja no para nosotros los ciudadanos, como nos dicen a voz en cuello, sino para tal o cual partido, como si en realidad hubiera diferencias entre ellos.

Tienen distintos colores, distintas plataformas, distintos discursos y hasta distintos ropajes, pero en el fondo todos hacen lo mismo, mienten igual, prometen igual e incumplen igual.

¿Y qué podemos hacer? Nada, porque la ley dice que nuestra democracia es una democracia de partidos, y por supuesto los partidos se las arreglan para pelearse en la tribuna, pero a fin de cuentas sólo sacan iniciativas que dejan inerme al ciudadano y afianzan el poder de los partidos.

He aquí pues mi sueño guajiro. En vez de pelearse en la tribuna y hacer como que son democráticos, los políticos deben hacer leyes que castiguen el partidismo en el ejercicio público. Deben definir cómo se expresa este partidismo y cómo castigarlo. Deben ponerse a trabajar todos juntos por los ciudadanos que los mantenemos y los elegimos. Si se pelean, que sea contra la corrupción, la ignorancia, la torpeza burocrática, la estupidez.

No soy John Lennon, pero quisiera imaginarme un Nuevo León en el que todos los funcionarios públicos en verdad trabajaran juntos durante su estancia en el poder, dejando atrás las disputas partidistas para servirnos como dice la ley. Sí, un sueño guajiro, pero de los que valdrían la pena.

horacio.salazar@milenio.com