El país de las maravillas

Para qué sirve una colonia "blindada"

La colonia donde vivimos mi familia y yo es de esas que les dicen blindadas.

Pero no se imagine usted un Oso a la entrada, como en el Campo Policial, ni centinelas estratégicamente ubicados. El blindaje se reduce a una caseta que aloja a un vigilante que simplemente se cerciora de que puedan entrar a la colonia los vecinos y el personal de servicios necesario: el camión de la basura, el del agua embotellada, jardineros, plomeros y demás gente por el estilo.

En el acceso a la colonia hay una pluma con un sensor electrónico de proximidad. Los vecinos que pagamos la vigilancia tenemos una tarjeta que al ser leída por el sensor levanta la pluma para entrar sin mayores problemas. En teoría, los vecinos morosos tienen que bajarse para oprimir el botón que levanta la pluma, bajo la cándida idea de que les dará pena y pagarán. No funciona así.

El caso es que este esquema, difícil de sostener en una colonia de 100 viviendas, no es realmente de mucha seguridad: nos libra de vendedores ambulantes, de curiosos en busca de algo robable, de misioneros tipo Testigos de Jehová (que antes nos caían los domingos con regularidad de fanático) y de unos cuantos problemas menores.

¿Nos garantiza seguridad? Hasta donde recuerdo, no. Uno de mis vecinos tenía una especie de gabinete médico básico en la cochera, y se metieron a robarle. Otro tenía algo así como una distribuidora de informática y un buen día alguien le birló un par de laptops.

Si un malandro tuviera en realidad una misión dentro de la colonia, no lo detendría la pluma ni el vigilante ni nada. El esquema es para que uno se sienta seguro, no para que uno esté seguro. Dice Carlota Vargas que cerrar el paso así es inconstitucional, y no lo dudo, pero la seguridad pública es responsabilidad municipal y ni modo de esperar a que los bueyes vuelen: algo tiene uno que hacer para procurarse la tranquilidad en vista de que la autoridad no quiere, no puede, no tiene con qué, y en general ha fracasado en brindarnos la seguridad a la que creemos tener derecho. Recuerdo el día en que arrojaron un cadáver en un parque situado apenas a media cuadra de la colonia.

Las calles estaban llenas de granaderas, ministeriales, policías, periodistas y curiosos, y en la caseta, el vigilante estaba que sudaba, no creo que por el calor.

Y es que los civiles, por más que hinchemos el pecho o nos creamos a salvo del mal, en realidad estamos mal preparados para enfrentar la desesperación o el cinismo de un asaltante, de un sicario, de un mozalbete enloquecido por las drogas o de un ladrón de ocasión.

No somos héroes, y por eso ponemos entre la maldad y nuestros hogares una pluma metálica y cara pero inservible a la hora de una emergencia; por eso pagamos para que un vigilante sude por nosotros. Sabemos que eso no nos garantiza la seguridad, pero confiamos cándidamente en la disuasión. Para eso sirven las colonias blindadas. Malo el hecho de que los alcaldes estén aceptándolas llenos de sonrisas que evidencian su ineptitud o incapacidad.