El país de las maravillas

La relatividad de la edad

Ayer fue para mí un día de reflexión, como ocurre cada vez que cumplo años. Llegué a los 57, lo que bien vista la cosa, es todavía una edad rozagante, aunque ya cargo en mi esqueleto achaques de septuagenario por la herencia y el descuido y la dejadez.

Pero no debo ni quiero quejarme. Más bien quiero decir, a quienes todavía no lo sienten, que el peso de los años no es un eufemismo o una figura retórica, sino una realidad, aunque no faltará quien me diga que no me pesan los años, sino los kilos, y en eso tienen algo de razón.

Alguien me dijo que me veo más joven que mis 57 años, lo que me arrancó una sonrisa y el clásico: “¿¡Qué te tomas!?”, y sin modestias falsas, si no me sobraran tantos kilos, si tuviera pelo, si no tuviera ojeras, si caminara erguido, si hiciera ejercicio más seguido, si no fuera tan goloso, todavía podría presumir de una juventud presente más que pretérita.

¿Entonces? Estoy en esa edad en la que ya te ves ridículo si haces desfiguros, pero en la que todavía no te pasan que quieras trato de afiliado del Insen. Ya hay primaveras que no volverán, pero todavía arde el fuego en la vieja (que no correteada) caldera.

Cada vez que me olvido de un nombre, me entra el pánico de la disolución que ofrece el Alzheimer, hasta que recuerdo que siempre he sido muy malo para recordar nombres. De hecho, ya entrado en plena confesión, siempre he sido muy malo para reconocer el valor de los demás, y eso no se lo puedo atribuir más que a una jactancia de la que en verdad siempre procuro librarme, con éxitos ocasionales y parciales.

Tengo muchas ideas para escribir libros; tengo incluso algunos montoncitos de referencias sobre algunos de mis temas favoritos: Sor Juana, Athanasius Kircher, el periodismo de ciencia, la historia de Monterrey y de Nuevo León, el nacimiento de la ciencia moderna, el bioma humano, la tecnología como multiplicador de capacidades, la educación... Ni aunque viviera cien años más me alcanzaría el tiempo para hacerlo, pero se vale soñar.

Recuerdo que en Los viajes de Gulliver, el protagonista llega a un lugar donde lo recibe un montón de pellejos huesudos: los inmortales. Eran seres en plena ataraxia, lasos, tirados, bultos. Yo entiendo que el deterioro físico pueda limitar la acción, pero no que estorbe a la curiosidad, y es infinita la cantidad de cosas por descubrir, más allá del insomnio y de las agruras y de los calambres.

Si quisiera resumir mis primeros 57 años, tendría que decir que soy un viejo joven y al mismo tiempo un joven viejo, pero sólo porque a veces los achaques no me dejan, y porque yo mismo me meto en un régimen de descuido. Cada vez que vuelvo al ejercicio, me refresco y renace mi entusiasmo. Así que puedo decir que a lo mejor el cascarón está un poco resquebrajado, y lo amenaza el deterioro, pero la médula sigue electrizada, maravillada ante la vida y ganosa de seguir viviendo y haciendo.

La jornada de ayer me trajo muchos saludos electrónicos. Me hace muy feliz constatar que la inmensa mayoría de esos saludos vienen de amistades anteriores a Facebook. Cada contacto en mi muro es una cadena de recuerdos y una historia por contar. ¡Gracias!

horacio.salazar@milenio.com