El país de las maravillas

En recuerdo de mi bicicleta

Cuando fui niño cronológico (pues algunos dicen que padezco el síndrome de Peter Pan y me niego a crecer), en casa tuvimos algunas bicicletas, pero como efecto de las condiciones familiares, los dichosos vehículos fueron siempre propiedad colectiva.

Recuerdo una banana que no nos duró nada: uno de mis hermanos trepó en ella las escarpadas laderas de un cerro de cascajo y, aunque suene en verso, se vino abajo con tan mala pata que la banana perdió un cuerno y todos tuvimos ocasión de ver el interior carnoso de la rodilla de mi brother. ¡Ouch!

Mi auténtica bicicleta me llegó cuando ya era grande, muy grande, adulto. Rondaba la treintena. Y como tendía (y tiendo) a acumular michelines en donde sabemos, acometí el proyecto de usar la bici para expulsar a las malvadas calorías y hacer un intento por recuperar la homeostasis.

En aquellos tiempos que mis amigos grandes recordarán, pero mis amigos pequeños no, en el lecho del Santa Catarina había una ciclopista. Era una larga vereda de asfalto hecha para ciclistas, para peatones y para el ocasional asaltante crepuscular.

Vivía por aquel entonces en los Condominios Constitución, así que hacer deporte significaba atravesar Constitución, bajar las escalinatas hasta la ciclopista y empezar a pedalear. Dale que dale, suda que suda, empecé a encontrarle el gusto al asunto.

Tomaba primero hacia el oriente y recorría el tramo que iba de los Condominios hasta la avenida Revolución. Luego daba la vuelta y me encaminaba hacia el poniente, largo, largo, hasta llegar a Santa Bárbara. Ahí volvía a dar la vuelta y regresaba a casa. No era para hacerme Raúl Alcalá o Rolando Arreola, pero sí empezó a hacer mella en las michelines. Recuperé mi aliento, mi buen humor y el resorte en mi andar.

Pero todo lo bueno termina y no siempre de manera positiva. En esta ciudad poco hecha para los ciclistas, un día monté mi bicicleta y me dirigí a casa de un familiar al otro lado del Santa Catarina, por los rumbos de la Nuevo Repueblo. Casi pasaba el puente de Félix U. Gómez cuando una señora que traía un vehículo algo más grande, una pickup, tuvo un segundo de distracción o qué se yo y me arrimó la lámina con tal enjundia que dio con mis huesos en el pavimento. Andaba yo, como luego decíamos, con ropa de vestir, que quedó en malas condiciones: agujeros en los codos y las rodillas, polvo por todas partes. Yo me llevé uno que otro tallón en el pellejo.

La señora se portó decente. En vez de tomar las de Villadiego, se detuvo asustada y se bajó a ver qué me había ocurrido. Como la bicicleta había quedado hecha chicharrón, no había modo de proseguir mi camino, así que subí a la caja de la pickup y llegué a mi destino con la bici en la mano.

Ahí cesaron mis afanes de ciclista. Los vehículos estáticos en los que se practica el spinning no son precisamente mi idea de diversión, y me he dado cuenta de que, por más que queramos, aunque sí vivimos en un rancho grande, éste no es un pueblo bicicletero, sino una ciudad insensible de gente desaforada y escasa de educación. Y como no pude contra los conductores, me uní a ellos y ahora soy parte de esa bola apurada y malencarada. ¡Abran paso!

horacio.salazar@milenio.com