El país de las maravillas

Un pueblerino en la FIL


Gracias a la benevolencia de mis jefes llevo una semana alojado en un cómodo hotel situado a tiro de piedra de la Expo Guadalajara, sede imponente de la Feria Internacional del Libro, que está cumpliendo 30 años desde su fundación.

Muchas de mis andanzas implican ver el comportamiento de la gente, y aunque sé bien que los visitantes de la #FILGuadalajara30 no son representativos de la población de México, he podido distinguir una diversidad faunística de lo más interesante.

También he aprovechado mi presencia aquí para dos propósitos igual de básicos: ver a mis pocos pero sensacionales amigos que se cuentan entre los autores publicados, y ver el desempeño de una rama de la celebración que se llama, con pleno optimismo, #LaFILtambiénEsCiencia.

A dos temas soy, como neófito en la feria, totalmente ajeno. Al diario pachanguear en el que tan bien se desempeña mi querida Verónica Maza (lean sus deliciosas crónicas cada día en nuestro suplemento FILias, por favor), y a la persecución implacable de luminarias masivas. Apenas mis compañeros que tienen contactos. Por ejemplo, aunque llegué a abrigar la peregrina idea de poder acercarme a George R. R. Martin, a quien debemos la saga de Game of Thrones, desde el día en que llegué me enteré de que el cupo estaba lleno y de que la asignación de lugares para prensa estaba a-go-ta-da. Pero cómo disfruté el discurso de Miguel León-Portilla.

Me la he pasado, pues, viendo a la gente, escuchando sus diálogos, recorriendo los pasillos y esquivando en estos dos últimos días a las hordas de estudiantes que elevaron en 40 decibelios el nivel sonoro del recinto, y que se mueven con la gracia de un mastodonte y el desdén de un patricio. Qué sensacional. Es una lectura distinta, pero lo mismo me he encontrado a niños bostezando que a jóvenes bien enterados de las novedades, a booktubers que todavía usan pantalones cortos y a estrellas literarias de gesto contenido mientras firman libros para sus fans.

Veo muchos mirones y no tantos compradores. Pero sí es hermoso ver a una familia con niños en la que el padre porta con estoicismo bolsas bastante repletas. O personas en sillas de ruedas que aprovechan su regazo como repositorio de compras. A una jovencita que con yeso en una pierna deambulaba feliz entre los anaqueles. O a las chavas y chavos que, sonrisa plena, se decían dispuestos a repartir abrazos gratis, ¡la mejor oferta de la FIL!

 horacio.salazar@milenio.com